Todos sabemos que cuando conversamos con otros, la comunicación no está limitada a las palabras habladas. Comunicamos mucho más de manera no verbal. Nuestro tono de voz, nuestras expresiones faciales, el contacto visual, incluso la postura, todo le da profundidad a las palabras. Estas cosas dicen mucho sobre nuestra sinceridad y nuestros sentimientos acerca de cualquier tema que sea, y expresan aún más sobre la calidad de la relación que existe entre los dos interlocutores.

Un padre vuelve a casa del trabajo y verifica los mensajes en su teléfono mientras saluda a sus hijos. Uno de los hijos viene de la escuela ansioso por contarle a su madre que alguien hirió sus sentimientos durante el recreo, encuentra a alguien que dice todas las cosas correctas, pero que no puede sacar la vista de la computadora. Las palabras pueden sonar a “me importa”, pero las acciones comunican algo diferente. Y aunque esto dista de ser lo que los padres tienen en mente, el mensaje de “no me interesa demasiado” es claro y se recibe sin confusión.

Ahora imagina la misma escena con una diferencia significativa. Cuando los padres y los hijos se encuentran, los hijos ven que su padre apaga su teléfono, o su madre los mira a los ojos, esta vez con el mensaje claro e inequívoco “realmente me importa, eres muy importante para mí”.

En cualquier interacción social existe un mensaje abierto y uno encubierto – lo que es expresado en palabras y lo que se transmite de forma más sutil. Esta comunicación no verbal son los subtítulos de nuestros diálogos.

Poner atención a todos los mensajes que enviamos cuando estamos conversando es especialmente importante.

Poner atención a todos los mensajes que enviamos cuando estamos conversando es especialmente importante. Nuestros botones emocionales son presionados. Podemos sentirnos dolidos, a la defensiva, enfadados, injuriados o dejados de lado, sólo por nombrar algunas de las intensas emociones provocadas. Es un espacio muy frágil. Y si el conflicto es con alguien que queremos, las emociones son mucho más intensas, y el riesgo de dañar y de ser dañado es mucho más grande.

Un chico de 16 años me contó una vez que hace muchos años atrás, en el medio de una confrontación terrible, su padre le dijo, “lamento que te hayamos tenido. Desearía que no te hubiésemos tenido”. Cuando le pregunté a su padre sobre esas palabras, contestó que no recordaba haberlas dicho, pero que seguro era posible porque “cuando estoy enojado... cuídate”. Pareció sorprendido de que eso había afectado a su hijo. “¿Acaso él no sabe que lo dije cuando estaba enojado? Por supuesto que no quise decir eso”. Sin embargo, el chico vivió con esa frase cada día desde que fue dicha.

Ciertamente podemos tener una confrontación con nuestro cónyuge o con nuestros hijos, expresando las emociones enérgicamente, en la que cada lado defiende su posición apasionadamente. Pero, paradójicamente, cuando concluye, debe existir una cercanía mayor en la relación. Esto también es acerca de los subtítulos. Cuando discuto con mi esposa o con mi hijo, incluso enérgicamente, pero soy cuidadoso con las palabras que utilizo, y soy cuidadoso de no intimidar física o verbalmente, y soy cuidadoso de no humillar con mi tono de voz o con mis gestos, y también soy cuidadoso de recordar la visión global, la importancia de la relación para mí, entonces, una traducción completamente diferente puede ser leída en los subtítulos.

Con esa interacción estoy diciendo “te quiero y te respeto, y sin importar cuánto quiera ganar esta discusión, tus sentimientos son más importantes para mí. Tu dignidad es sagrada para mí”.

El secreto de las relaciones está en los subtítulos. Mira más de cerca cómo los estás escribiendo.