Uno de los recuerdos más poderosos de mi infancia es ser abrazado por mi padre, de bendita memoria. Cuando cierro mis ojos puedo sentir sus brazos fuertes abrazándome, y su áspero mentón sin afeitar sobre mi cara de cuatro años, un recuerdo táctil que, 48 años después, aún evoca una sensación de seguridad. La noción interna de amor, calidez, conexión, cercanía y aprobación. Papi me está abrazando, todo está bien. Y yo estoy bien también.

La Torá nos dice que Moisés llevó al pueblo judío como una nodriza lleva a un niño. Y los rabinos nos dicen que Dios nos sostuvo en el desierto durante 40 años, y continúa sosteniéndonos aún, como una madre sostiene a su hijo. Solamente tenemos que abrirnos para sentir Su “abrazo”. Tenemos que seguir Su ejemplo.

Sabemos que parte de ser padres, quizás la parte más importante, es la tarea de crear un “ambiente de contención” en nuestro hogar, un lugar donde cada niño es abrazado y se siente contenido durante toda su vida. Antes que nada, un ambiente de contención es un ambiente seguro. Cada niño debe sentirse seguro, seguro en el sentido de que nadie le hará daño intencionalmente, y seguro de saber que él es querido, y que forma parte de algo más grande que él mismo. Él pertenece y es aceptado.

Cada niño debe sentirse seguro, seguro de saber que él es querido, y que forma parte de algo más grande que él mismo.

“Abrazamos” a nuestros hijos cuando somos cuidadosos con sus sentimientos. “Abrazamos” a nuestros hijos cuando les prestamos atención, cuando les dedicamos tiempo y realmente escuchamos cuando nos hablan. “Abrazamos” a nuestros hijos con nuestras sonrisas, palabras amorosas, y palabras de estimulo. “Abrazamos” a nuestros hijos cuando somos un roca con la que pueden contar, un hombro para llorar, un corazón comprensivo - felices por ellos en sus alegrías y empáticos en su dolor.

También “abrazamos” a nuestros hijos cuando los hacemos responsables por sus acciones, cuando les exigimos realizar las tareas que les corresponden, cuando asertivamente les pedimos que se disculpen cuando nos han herido a nosotros o a otras personas. Y cuando los reprochamos por su conducta, no podemos perder de vista el hecho de que aún los estamos “abrazando”, y el mensaje debe ser, “Te quiero y me importas y espero más de ti”.

Seguimos “abrazando” a nuestros hijos durante la adultez. Yo sigo sintiéndome abrazado por mi madre cuando veo su alegría y najas (satisfacción) que ella tan elocuentemente comunica con sus ojos. “Abrazamos” a nuestros hijos cuando los llevamos a la Jupá, y también, cuando “abrazamos” a sus hijos.