Vivimos en tiempos estresantes. Están los problemas grandes y los pequeños. En la primera categoría pueden estar: la pérdida de un ser querido, una enfermedad en la familia, cesantía, temas económicos, un desacuerdo matrimonial, divorcio, infertilidad y desafíos con los hijos, sólo por nombrar algunos. El segundo grupo incluye nuestra vida diaria, lo normal de una vida agitada: el transporte escolar, las tareas, las comidas, la familia, establecer e implementar reglas, tiempo de calidad en el matrimonio, etc. – todo esto puede acumularse sobre padres que se sienten abrumados, nerviosos e irritables.

Mientras más estrés y preocupación, más tensión en el aire. Y, por supuesto, los hijos reaccionan a la tensión, a menudo de formas que aumentan el estrés, haciendo que crear la atmósfera hogareña que los padres saben que es tan importante para el desarrollo saludable de la familia – una atmósfera de calma, seguridad, estabilidad y felicidad – resulte aún más difícil de lograr.

¿Cómo actúa mamá cuando el auto se rompe? ¿Qué hace papá cuando me muevo demasiado lento?

Los hijos aprenden sobre la calma en el mismo lugar en que aprenden todo lo demás: observando a sus padres. ¿Cómo actúa mamá cuando se rompe el auto, o cuando mi cuarto es un lío? ¿Qué hace papá cuando me muevo demasiado lento o cuando escucha malas noticias? Nuestras reacciones ante los altibajos de la vida son observadas, absorbidas e internalizadas.

Hace muchos años una joven pareja vino a verme para discutir el comportamiento de su hijo de seis años, que decían que tenía problemas para controlar el enojo. Lo ilustraron describiendo un incidente que ocurrió en un restaurante: Madre e hijo estaban comiendo juntos, y cuando la comida terminó y ella expresó su deseo de salir e ir a casa, él se negó. Se paró en la mesa y dijo: “No voy a ningún lado contigo…” y utilizó al final una palabra muy inapropiada.

Los padres terminaron de contarme su historia y se detuvieron para ver mi reacción. Respondí diciéndoles que un niño de seis años no conoce esa palabra, y que ciertamente tampoco saben utilizarla de esa forma. Me quedé en silencio, esperando.

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Finalmente, el padre un poco avergonzado dijo que a menudo discutía con su esposa y que es posible que su hijo haya escuchado esa expresión durante una de sus peleas. El problema del chico estaba en sus modelos. Él era un buen chico, y estaba aprendiendo bien de sus padres.

Los padres pueden enseñarles a los hijos a reaccionar con calma ante la vida. Es importante preguntarse a uno mismo: ¿Cómo reacciono ante las desilusiones? ¿Cómo me comporto cuando estoy manejando y alguien se me adelanta, o si hay mucho tráfico y estoy llegando tarde? ¿Qué hago cuando las cosas no salen como yo quiero? ¿Y qué si, Dios no lo permita, estoy pasando por un problema de primera categoría que es estresante y causa dolor, miedo y ansiedad, doy el ejemplo tranquilizándome a mí mismo para apaciguar mis propios miedos? ¿Incorporo a Dios dentro la ecuación? ¿Recuerdo lo que nos enseña la tradición, que debo hacer mi parte pero recordar que Dios maneja el mundo? Y, ¿recuerdo que necesito confiar en Él, y que puedo confiar en Él para arrojar mis cargas y preocupaciones, para sentir la calma que proviene de sentir Su amor?

Al igual que un niño cuando llora le decimos: “Shh, todo estará bien, estoy aquí”, necesitamos decirnos lo mismo, mirar adentro y decir “Shh, está bien, puedo manejar esto. No estoy solo”. Y escuchar a Dios decir: “Estoy aquí, te quiero”.

Hay una expresión muy reconfortante que es utilizada por programas como el de Alcohólicos Anónimos: “Déjalo de una vez, déjaselo a Dios”. Tengo que dejar ir mis miedos, mi enojo, mis desilusiones y mi dolor. Y dejar que Dios entre para reconfortarme, tranquilizarme, sostenerme y llenar mi interior de quietud y de calma.

Si podemos traer calma a nuestras propias vidas, le estaremos mostrando a nuestros hijos cómo traerla a sus vidas también.