Yo tenía 24 años cuando conocí a mi esposo. Una serie única de eventos me llevaron hasta su puerta (literalmente), y cuando me sonrió por primera vez, sentí como si mi corazón estuviera latiendo por primera vez. Supimos casi inmediatamente que estábamos destinados a estar juntos para siempre.

Una noche al principio de nuestro noviazgo, me dijo que me sentara porque había algo que yo debía saber. “Soy divorciado”, me dijo.

Ok, pensé. No es algo para romper.

“Y tengo dos hijas”

Uy.

No es que no me gusten los niños; en ese momento, me ganaba la vida trabajando como profesora de educación básica. Pero de acuerdo a lo planeado en mi mente, yo no tendría mis propios hijos hasta un tiempo más. Casarme con un hombre con dos hijas sería una llave inglesa a mis planes bien estipulados.

“¿Tienes una foto de ellas?”, pregunté.

Él sacó de su billetera una foto instantánea de dos niñas pequeñas usando el mismo vestido, una de tres y la otra de cuatro, sonriendo brillantemente a la cámara. La mayor tenía el pelo oscuro y un dulce rostro esquimal con grandes mejillas. La más pequeña tenía el pelo más claro, todavía tenía cara de bebé, pero tenía la misma sonrisa que su hermana.

Ellas eran adorables.

Mi limitada experiencia me había mostrado que para estar con alguien que amas, a veces tienes que hacer concesiones. Aprendes a dejar de lado las cosas pequeñas – la mejor amiga chismosa, la obsesión por la pesca – y a aceptar las cosas mayores. Así es como mis propios padres, uno observante y el otro firmemente no, han vivido juntos, mayormente felices, por tres décadas. Si yo quería casarme con este hombre, eso significaba sacrificar mi plan y sumergirme en la paternidad inmediatamente.

Miré los pequeños rostros en la fotografía y luego lo miré a él, y supe que ya había tomado mi decisión. Nos casamos unos meses después.

No era lo que yo esperaba

De acuerdo a la tradición judía, el primer año de matrimonio es un tiempo muy rico para las parejas, que les permite decidir los detalles para formar un hogar en conjunto, mientras crecen en la intimidad y en la conexión al pasar este tiempo a solas. Con Naomi y Arielle como parte de la ecuación, nuestro primer año no encajó exactamente en el molde. Cuando las niñas venían a quedarse con nosotros, estábamos en el cargo de padres totalmente, dedicando la mayoría de nuestra energía y atención a ellas. Cualquier tiempo libre que teníamos era ocupado en su cuidado, en vestirlas, acostarlas y llevarlas de su casa a la nuestra una y otra vez. Nuestra vida social era estrecha, nuestros planes estaban en peligro y nuestro tiempo libre a solas era muy poco. La realidad de la paternidad política, disipó rápidamente la romántica neblina con la fuerza de un huracán.

La realidad de la paternidad política, disipó rápidamente la romántica neblina con la fuerza de un huracán.

Incluso cuando las niñas no estaban con nosotros, teníamos que tomar decisiones con ellas en consideración. Mudarnos a Israel después de nuestra boda, no era ni siquiera una pregunta. Teníamos que buscar un lugar para vivir a una distancia cercana de Nueva York, donde vivían las niñas. Explorar las comunidades judías de la costa o del sur simplemente no era una opción para nosotros. Acostumbrada a volar adonde el viento me llevará en mis días de soltería, el estar firmemente enraizada era como una sentencia en la prisión.

Después estaba el dinero. Me gustara o no, una buena parte de lo que mi esposo ganaba iba para las niñas. Intelectualmente, sabía que eso era lo justo para ellas, pero no podía evitar pensar cuanto más fácil habría sido para nosotros, si mantener a las niñas no fuera parte de la película.

Un par de meses después de nuestra boda, me encontré a mi misma en la mitad de la noche fregando el baño de rodillas, después de que una de las niñas había tenido un episodio físico desafiante en el baño. Mientras mi esposo le cambiaba rápidamente el pijama en la pieza del lado, mire la esponja en mi mano y pensé, definitivamente esto no es lo que yo quería.

Nunca había considerado a otros cuando tomaba alguna decisión antes de casarme, tampoco había hecho ningún sacrificio serio por nadie y mucho menos por niños que ni siquiera eran míos. Así como un ladrón, el resentimiento me envolvió. No quería compartir a mi marido, su atención, su tiempo, o su dinero. No me gustaba tener que comprometer mis propios planes y deseos. Ser una madrastra era una linda idea en teoría, pero en la práctica, era un estorbo.

Me puse irritable y brusca cada vez que las niñas venían a la casa, y en mi corazón me distancie de ellas.

Pero lo que me sorprendió fue que las niñas no parecieron notarlo. Desde el principio ellas me abrieron su corazón despreocupadamente, sin rastro de celos porque yo acaparara la atención de su padre; yo era solamente alguien más que las quería. Ellas se acurrucaban conmigo como gatitos cuando leíamos juntas, y me traían proyectos y dibujos que hacían para mí en la escuela. Incluso cuando perdía la paciencia y me enojaba, ellas silenciosamente me daban mi espacio hasta que me calmaba; después me preguntaban si me podían ayudar a preparar la cena. Algunas veces yo era más dócil, pero por lo general era terca, ignorando deliberadamente que cuando se trataba de nuestra mezclada familia, yo era más niña que ellas.

Luego quedé embarazada.

Como la mayoría de las madres primerizas, estaba llena de miedos y expectaciones, excitada por traer una nueva vida al mundo. Las niñas estaban emocionadas. Durante el embarazo, me tocaban la panza y le hablaban al bebé. Vinieron con listas de posibles nombres (mi sugerencia de “monstruo de galletas” fue unánimemente desechada) y la excitación por tener un hermano crecía cada vez más.

¿Cómo podían entregarse tan fácilmente? ¿Acaso no lo veían como una amenaza?

El día después de que mi hijo nació, las niñas vinieron al hospital a verlo. Empezaron a acercarse con sorpresa e inquietud, tocándolo despacio y sonriéndole. Lo sostuvieron con un cuidado extremo y se reían con los ruidos que hacía. Instantáneamente se enamoraron.

¿Cómo podían entregarse tan fácilmente? ¿Cómo podían aceptar a este bebé en sus vidas? ¿Acaso no lo veían como una amenaza, una competencia por la atención? ¿Como podían no ver lo que estaban perdiendo?

Yo por mientras, sentí la urgencia de construir las barreras de “mi” familia. A mis ojos, la presencia de las niñas era como una sombra sobre lo que debería haber sido un momento especial de unión entre mi marido, nuestro nuevo hijo, y yo.

El amor de mi madre

Un par de meses después, mi madre falleció. Yo estaba devastada, y sentí como si de repente se hubiera abierto un hoyo en mi espíritu. A parte de mis hermanos, ¿quien más podría entender realmente lo que significaba perder tal amor incondicional? Se me rompió el corazón al pensar que mis hijos nunca la conocerían a ella o a las increíbles cosas que hizo por su familia.

Las niñas sintieron la pérdida intensamente. Desde el momento que entraron en mi vida, ellas consideraron a mi madre como una abuela de carne propia. Mi madre, a cambio, las amo completamente y aprovechó cada oportunidad para hacer que la vida fuera una aventura para ellas. Ella forraba la mesa con papel plástico, agitaba una botella de mezcla para panqueques y transformaba la cocina en “la fiesta de panqueques de Dora la exploradora”. Ella las llevó al circo y a su primer paseo submarino. Ella organizó una visita tan emocionante a la tienda American Girl que todos nos olvidamos del frío penetrante mientras caminábamos por las calles de Manhattan. Ella se aseguró de que las niñas supieran cuanto las quería, diciéndoles constantemente y entregándoles cariño. Mientras yo la veía queriendo a mis hijastras, podía ver como ella introducía magia en sus memorias, la misma magia que yo recuerdo de mi niñez.

La siguiente primavera nació mi segundo hijo. Entre planear su brit, y la locura, la transición de tener un nuevo bebé en casa, no registré que el día de la madre estaba por llegar. Me habría olvidado por completo si Naomi no se me hubiera acercado con una tarjeta.

“Yo sé que tú no eres mi verdadera mamá” decía la tarjeta, “pero te quiero como si lo fueras”.

Yo quedé perpleja.

Estas niñas habían vivido tanta confusión, tanta pérdida, y aún así tenían la fuerza de mantener sus corazones abiertos. Yo había actuado, en mis peores momentos realmente como una madrastra malvada, en mis mejores, como una niñera petulante, pero mis hijastras me amaban de todas maneras.

Después de convertirme en una madrastra, estaba demasiado ocupada enfocándome en lo que había perdido, que no me di cuenta cuanto había ganado.

De repente, recordé una conversación que tuve con mi madre ese último año, cuando ella y mi padre habían llevado a las niñas para un paseo nocturno a la tienda de juguetes. Mamá estaba bajo quimioterapia y estaba casi postrada, pero quería comprarles a las niñas regalos de Januca.

“Gracias”, le dije a ella una vez que volvieron a casa.

“¿Por qué?”, preguntó. “Estas son mis nietas”.

Era tan simple como eso. Ella amó a las niñas porque le fueron entregadas para amarlas. Ella no las vio como un inconveniente o como una baja en su cuenta bancaria; ella las vio como una oportunidad.

Yo fui tan ciega. Después de convertirme en una madrastra, estaba demasiado ocupada enfocándome en lo que había perdido, que no me di cuenta cuanto había ganado. Mis hijastras fueron un regalo directamente entregado por Dios para mí. Me di cuenta de que tengo suerte de tenerlas; no sólo que son dulces, buenas niñas, sino que me han dado la mejor educación con respecto a lo que significa amar.

La misma oportunidad que mi madre reconoció, puede ser mía, si la tomo antes de que sea demasiado tarde.

Desde entonces, mi resentimiento ha sido remplazado por alegría, gratitud e incluso humor. Las niñas no son mis hijas realmente, pero las quiero como si lo fueran. Finalmente, somos una verdadera familia.

Y además, no tengo que preocuparme de que mis bebés no sabrán las cosas que mi madre hacía; ellos tienes dos hermanas mayores que estarán felices de contarles absolutamente todo.