Recientemente, mi familia hizo un viaje y yo recordé muchas lecciones que he aprendido sobre viajar con mis hijos. Aquí están las tres mejores:

1. No olvides tus modales en la puerta.

Perdemos la mitad de nuestras vidas enseñándole a nuestros hijos a ser amables. “Cariño, di por favor”. “Querido, asegúrate de decir gracias”. Pero las palabras que utilizamos cuando tratamos con los demás son mucho más poderosas que cualquier instrucción. Nuestros hijos prestan atención con ojos observadores y oídos atentos.

Habrá ocasiones en que los cuartos que reservamos no estarán listos a nuestra llegada, el cuarto contiguo en realidad estará al otro lado del pasillo, el hotel no satisfará nuestras expectativas, y las cunas o los catres serán difíciles de conseguir.

¿Hacemos mucho alboroto cuando ocurre la desilusión inevitable?

¿Qué hacemos? ¿Hacemos un gran alboroto y gritamos? ¿Tenemos una rabieta y perdemos el temperamento con el personal del hotel? ¿Cómo manejamos las frustraciones?

Una vez, mientras estábamos esperando para registrarnos, le fue informada a una familia que estaba en frente nuestro que los cuartos frente al océano que habían reservado no estarían disponibles. En lugar de eso, tendrían una vista hacia el estacionamiento. No es una vista muy linda, lo admito. Pero no vas a creer el enfado y el lenguaje grosero con el que se expresaron.

A medida que la discusión subía de tono, aumentaba el sentimiento de superioridad que estos padres exhibían.

El sentimiento que atravesó a todo el que escuchó la conversación fue claro: ¡Cómo te atreves a no tener lo que queremos! ¿Cómo puede ser que ordenamos algo y no está? ¡Lo queremos, y lo queremos ya!

Piensa en la arrogancia que esos niños poseen ahora después de absorber las actitudes y las palabras de sus padres. Todas las discusiones que puedan haber tenido con ellos por sus modales, por pedir las cosas ‘por favor’ y por decir ‘gracias’ no significan nada.

Imagina la escena cuando esos niños regresan a casa de la escuela y la cena no está lista o no les gusta:

“¿A qué te refieres con que la comida no está lista? ¡Me estoy muriendo de hambre!”.

“¿Qué hay de cenar? ¿Pollo con salsa? ¡Puaj! ¡Tú sabes que odio el pollo con salsa!”.

¿Por qué estas tan desconcertado con la actitud de tus hijos? Mantengamos el sentido de auto-respeto y dignidad cuando nos enfrentamos con desilusiones. Mantengamos la calma, en nuestras actitudes y en el tono, así nuestros hijos aprenderán de nosotros. Especialmente cuando estamos en el medio de la tormenta, luchando con nuestras frustraciones.

2. Mantén tus estándares de disciplina

Se supone que las vacaciones deben ser divertidas. Queremos relajarnos, reír mucho y pasar un buen momento juntos. Nos levantamos tarde y tal vez permanecemos despiertos pasada la hora de ir a la cama. Es muy fácil perder el control cuando tratamos con tanto esmero de hacer felices a nuestros hijos (y a nosotros mismos). Junto con dejar de lado nuestra rutina diaria, tal vez nuestros patrones de disciplina también se pierden en el camino.

El propósito de la disciplina es enseñar límites a nuestros hijos. Ellos aprenden qué comportamientos son aceptados y cuáles no son permitidos. La disciplina nos ayuda a mantener el control para que la situación no se salga de nuestras manos frustrantemente.

Muchos padres creen erradamente que el tiempo de vacaciones es una suspensión de la disciplina. Todo deja de tener vigencia hasta que volvamos a casa. De eso se trata la diversión, ¿no?

Si bien adoro la diversión y los buenos momentos tanto como cualquier madre, ciertas reglas no deben ser transgredidas, incluso durante las vacaciones. Los niños que reciben señales confusas no entienden si sus padres son serios respecto a los límites. También terminamos disciplinando por enojo y frustración cuando los botones son pulsados al límite. A menudo cuando estamos tan exasperados, hablamos sin controlar las emociones y los pensamientos.

Estaba sentada en una pileta para bebés con mi pequeña nieta. Ella estaba bajando por la escalera de la pileta cuando un niño pequeño decidió salpicarla.

“¡Detente!”, dijo su madre.

El niño se rió. La salpicó aún más fuerte y echó una mirada a su madre. Después de mirarlo seriamente ella continuó leyendo su revista.

Splash. Ahora otros niños empezaron a llorar.

“¡Lo digo en serio! ¡Acaba ya! Lo haces de nuevo y volvemos al cuarto”.

Amenazas vacías y consecuencias que nunca ocurren conducen a la desobediencia.

El niño deja de salpicar. Tan pronto como su madre vuelve a estar enfrascada en su revista, arroja nuevamente agua a todos los niños. Finalmente, después de veinte minutos de “si no te detienes volveremos al cuarto”, salpicones y más amenazas, el niño deja la pileta. Pero él no se fue por disciplina, él se fue porque el almuerzo estaba siendo servido. Este niño aprendió que está bien cruzar la línea, especialmente cuando mamá no es firme con sus castigos.

Si decimos algo, debemos decirlo en serio. Amenazas vacías y consecuencias que nunca ocurren conducen a la desobediencia. Los comportamientos que son inaceptables en casa deben ser inaceptables en las vacaciones también.

Golpear, dejar envoltorios tirados y latas de gaseosas, destrozar los cuartos y gritar por los pasillos no puede ser tolerado en nombre de la diversión. También se puede pasar un buen rato manteniendo la compostura y actuando como personas educadas.

3. Levántate con actitud de agradecimiento

El primer día todo parece nuevo y excitante. Exploras el lugar, desempacas tus pertenencias, averiguas sobre los lugares de interés cercanos y esperas disfrutar de una comida deliciosa. Aprecias el panorama y la novedad de todo. Pero, ¿qué ocurre cuando dejas de prestarle atención al maravilloso atardecer? ¿Qué ocurre cuando tu familia se sienta a comer y se siente como un ‘aquí vamos de nuevo’?

Cierta vez estábamos en un viaje familiar y mientras estábamos cenando en el primer día, vimos colores deslumbrantes llenando el cielo nocturno. Se escuchaban explosiones mientras estallaban deslumbrantes fuegos artificiales. Destellos de oro y plata caían hasta el piso. La gente saltó de sus mesas para contemplar el espectáculo. A la noche siguiente, el mismo despliegue hizo que la gente aplaudiera de pie. Escuchabas ‘ooohs’ y ‘aaahs’ con cada resplandor. En la tercera noche, nadie se movió. Todos lo dimos por sentado. ¿Otro despliegue de fuegos artificiales? Gran cosa.

La familia es una de las mayores bendiciones que tenemos. Si tenemos la suerte de viajar y pasar tiempo juntos, asegurémonos de apreciar la dicha y nunca lo demos por sentado.

¡Buen viaje!