Hace varios años, cuando mi padre murió a la edad de 92, yo me encontraba atravesando por un divorcio que involucraba una disputa por la custodia de mis hijas. Como muchos padres en esta situación, yo temía perder la hermosa relación que nos unía. En un divorcio, o aun en la ausencia de este, es normal que el padre sea relegado al rol de proveedor de dinero y alguna otra cosa más. Yo ya había observado que cuando los hijos solo reciben dinero de su padre, suelen tener un fuerte resentimiento contra él.

Mi padre no fue rico en términos financieros, y yo no extrañaba nada material que él me comprara. Desearía haber pasado más tiempo conversando con él y aprendiendo de su propia vida. Me di cuenta que lo que más extrañaba de mi padre era lo que yo quería darles a mis propias hijas.

Mi padre perdió al suyo cuando tenía 12 años, durante la epidemia de gripe del año 1919, y cuando tenía 16, su madre también falleció. A la edad de 22, viajó solo a Canadá, un mes antes que la Gran Depresión golpeara en el año 1929. Él trabajó duro, empezó un pequeño negocio y así mantenía a mi madre y a cuatro hijos. Desearía haberle preguntado cómo pudo sobrellevar todos los desafíos que se le fueron apareciendo en el camino. Desearía que me hubiese enseñado más de la sabiduría que él adquirió con sus vivencias.

 

Mientras más compartía mis enseñanzas de vida con mis hijas, más me empujaba a crecer como padre

 

Empecé a compartir historias y experiencias con mis hijas acerca de mi propia vida. Les conté sobre mis sueños, como algunos se transformaron en logros, y algunos todavía están en progreso, y como otros se olvidaron y fueron reemplazados con necesidades inmediatas. Les enseñé algunas lecciones que todavía estoy aprendiendo, obligadamente mientras me acerco a la mediana edad, lecciones acerca de tomar responsabilidades, de no esperar que la vida siempre será cómoda, porque raramente lo es, y también acerca de enseñarse a uno mismo a ver los retos como oportunidades. Espero que les dé un buen comienzo en sus propios estudios acerca de la vida.

Al comienzo me preguntaba si en realidad ellas estarían interesadas en escucharme. Pero una vez que empezamos, ellas disfrutaron al escuchar estas historias. Ellas querían saber sobre mí, tal como yo hubiera querido saber sobre mi padre.

Un resultado inesperado ocurrió: mientras más compartía mis enseñanzas de vida con mis hijas, más me empujaba a crecer como padre. Tenía que ser un modelo de lo que estaba tratando enseñar.

Estas conversaciones nos unieron. Mis hijas empezaron a contarme acerca de los sucesos en sus vidas y empezaron a pedirme consejos. Estuve conmovido cuando mi pequeña hija, ahora una adolescente, me dijo que había empezado una nueva sección en su cuaderno llamada "Enseñanzas de Papá". Pensé en mi propio padre, ¡que orgulloso hubiera estado!

Ya seas un padre casado o soltero, puedes cultivar una relación más cercana con tus hijos al contarles las experiencias que moldearon tu vida. Si eres madre, anima a tu esposo a hacerlo. Y si deseas que tu padre te hubiera hablado más sobre sus propias experiencias de vida, y todavía se encuentra con vida, pregúntale y escucha sus palabras.

Las cosas que compras para tus hijos pueden durar unos cuentos meses o quizás años. Lo que les enseñas puede durarles toda una vida.