No es difícil comprender a los escépticos que dudaron sobre la habilidad de Avrohom Mordejai Alter, todavía un adolescente en ese entonces, de suceder a su padre como el líder de los Jasidim de Ger, posiblemente la comunidad de Torá más influyente en Polonia a fines del siglo 19. Pero el joven erudito, quien crecería para ser un gran rabino y el autor del Imrei Emes, respondió a sus críticos con la siguiente parábola.

Un pequeño pueblo en una tierra aislada yacía a los pies de una gran montaña, una cima tan alta y empinada que todas las personas razonables la consideraban inconquistable. De vez en cuando, sin embargo, algún impetuoso joven se ponía en camino a escalar la montaña. Algunos de ellos regresaban admitiendo la derrota. Del resto no se volvía a escuchar.

A pesar de las advertencias y profecías de la perdición, cierto joven decidió desafiar a la montaña. Muchas veces estuvo a punto de volver, y muchas veces estuvo por ver su fin, pero a través de una gran persistencia finalmente alcanzó la cima. Pero él no estaba para nada preparado para lo que encontró ahí.

Una próspera ciudad de gente vivía sobre una gran meseta en la cima de la montaña. Habían casas y granjas – una comunidad completa viviendo donde todos creían que nadie había siquiera pisado.

Los habitantes de la cumbre de la montaña se rieron de él cuando expreso su asombro. "¿Crees que eres el primero en escalar la montaña?", dijeron. "Nosotros también llegamos a la cima, y habiéndolo hecho, decidimos construir este pueblo y hacer nuestras vidas aquí".

Sin haberse recuperado de su consternación, el joven notó a un pequeño niño, de sólo seis o siete años. Esto era más de lo que podía creer. "¡¿Tú también escalaste hasta aquí?!", exclamó el joven.

"No", respondió el niño. "Yo nací aquí".

El joven rabino explicó a sus seguidores que él, de hecho, era joven. Pero que había nacido en una dinastía de grandes líderes de Torá, había sido criado y enseñado por los más grandes sabios de su generación, que a su vez habían sido enseñados y criados por los más grandes sabios de su generación. Verdaderamente era joven; pero había nacido en una montaña, y desde su lugar sobre los hombros de los gigantes espirituales que lo precedían él construiría sobre su grandeza. De esta manera triunfaría como líder de su gente.

Y así lo hizo.

Escalando la Montaña

En el sexto día del mes judío de Siván, los judíos alrededor del mundo celebrarán la revelación en el Sinai, que aconteció hace más de 3.300 años, cuando el Todopoderoso nos dio la Torá. Fue la Torá la que proporcionó las bases morales y legales que han permitido al Pueblo Judío construir una nación fiel a ideales espirituales, una nación que perduró aproximadamente 1.500 años en su tierra y cerca de 2.000 años dispersa por el planeta. Fue la Torá la que introdujo los conceptos de paz, caridad, justicia y de responsabilidad colectiva a un mundo que no conocía ningún valor además de "la fuerza tiene la razón". Fue la Torá la que formó la base del cristianismo y del islam, expandiendo el monoteísmo a lo largo del mundo y dando forma a las posturas del progresismo moderno.

Todo comenzó en aquel monte llamado Sinai, y desde ese momento en adelante el Pueblo Judío ha trabajado para escalar el monte de la moralidad y la virtud, algunas veces triunfando, algunas fallando, algunas veces preguntándonos si es que nuestros esfuerzos valen la pena, pero siempre perseverando en nuestra misión de alcanzar la cima de la perfección moral y espiritual.

Si nuestra misión hubiese exigido ser completada en una sola generación, nunca hubiésemos tenido esperanzas de triunfar. Pero cada generación trepa un poco más alto, construyendo en los logros de sus padres y abuelos, peleando por cada lugar de apoyo, ocasionalmente retrocediendo pero nunca rindiéndose.

La misión que nos define como pueblo comenzó hace 33 siglos; hoy continúa al recomprometernos con el estudio y observancia de la Torá, y al celebrarlo en el sagrado día de Shavuot.

Dos semanas después de este Shavuot, celebraré de una manera que sucede solamente una vez en la vida, con el bar mitzvá de mi hijo mayor. En sus primeros 13 años de vida he hecho todo lo posible para enseñarle que él nació en la montaña, que tiene los logros de muchas generaciones bajo sus pies para sostenerlo, y que las futuras generaciones dependerán de él para sostenerse justo como el depende de aquellos antes de él.

Y así es con cada niño judío. Cada uno tiene su propia contribución para hacer en la eterna misión de nuestro pueblo eterno. Es la Torá la que nos define, la que nos guía, la que nos sostiene, y la que finamente nos llevará al cumplimiento de las metas espirituales para las cuales el Todopoderoso nos creó.

Trepa, hijo mío. Trepa y sigue trepando hacia la cima de la montaña.