1. Hay un Dios.

Esta idea es la base de todas las demás. Sin esta idea, el mundo es duro, frío y aleatorio. Con ella, hay esperanza, sentido y propósito. Hay amor, entrega y preocupación. Es la fuente para que puedan reconocer que hay decisiones morales que tomar y que tengan claridad sobre cómo tomarlas. Éste es el fundamento más esencial que puedo darles. Es una idea que requiere refuerzo constante en la sociedad actual y que necesita ser reflejada en nuestras elecciones y actitudes.

2. Cada uno de nosotros tiene la oportunidad de tener una relación personal con Dios.

Cada noche, cuando mis hijos eran pequeños, decíamos el Shemá (“Escucha O Israel, Hashem es tu Dios, Hashem es uno”) con ellos. Esto siempre era seguido por una larga lista de personas que los aman, culminando en "y más que nadie, Dios te ama". Este profundo y arraigado sentimiento de ser amados por el Creador del mundo debiera ayudarlos a través de los desafíos de la vida.

Siempre me conmueven las historias que he escuchado sobre el poder del Shemá, sobre gente que lo reconoce y recita en el lecho de muerte. Pero probablemente mi historia favorita es la de Rav Silver, la cual ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial. Había muchísimos niños judíos escondidos en conventos sin papeles para probar sus orígenes. Por lo tanto, Rav Silver caminaba frente a estas almas perdidas recitando el Shemá. Cuando veía un destello de reconocimiento en los ojos de algún niño, lo marcaba como judío y lo llevaba a casa.

3. Todos necesitamos algo más importante que nuestras vidas por lo que vivir.

Si no tenemos algo más grande que nosotros mismos, terminaremos como seres humanos egoístas y egocéntricos. Y muy infelices. Estar involucrados en algo trascendente nos eleva de nuestras preocupaciones insignificantes. Nuestra historia está repleta de cuentos sobre hombres, mujeres y niños que sacrificaron sus vidas con tal de no renunciar a la Torá o la circuncisión, en vez de convertirse o traicionar a los demás judíos. Nuestros ancestros sabían que la vida no se trataba sobre ellos y sus preocupaciones individuales, sino sobre el pueblo judío.

Rezamos para no ser probados en esta forma, pero el mundo aún demanda de nosotros que nos levantemos por el pueblo judío y por la tierra de Israel, y quiero que mis hijos estén comprometidos con la lucha – de cualquier forma que refleje sus fortalezas y talentos individuales. Nosotros estábamos pasando un año sabático en Israel cuando Irak invadió Kuwait. Nos quedamos durante toda la Guerra del Golfo, no porque fuésemos héroes (no tomamos armas en nuestras manos ni trabajamos los campos abandonados), sino porque quería que mi familia se sintiera parte de un pueblo y que supieran que no abandonamos a nuestros hermanos y hermanas cuando los tiempos son difíciles.

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4. Es mejor dar que recibir.

El viejo cliché puede parecer trillado, pero es verdad. Espero que mis hijos lo reconozcan. Creo que los momentos de entrega que ellos experimenten profundizarán e interiorizaran este reconocimiento. Incluso si algunas veces pueden resentirse, sé que al final ellos apreciarán que han crecido y se han beneficiado de cada acto de entrega y de compartir (¡Incluso con sus molestosos hermanos menores!). Quiero que ellos aprendan que un día invertido en dar a otros o trabajando por la comunidad, da un mayor sentido de alegría que un día pasado en el spa (aunque de vez en cuando, ¡el spa también es bueno!).

Cuando enviamos a nuestros hijos a la escuela por la mañana, siempre les decimos que "tengan un buen día. Recuerden que Dios los ama (punto 2). Aprendan Torá (punto 3). Hagan jesed – actos de bondad – (punto 4) y sean felices". Ser feliz está conectado con dar. Así es como ellos experimentarán verdadera alegría. Espero proveerles suficientes oportunidades apropiadas para entregar, de forma que lleguen a apreciar esta idea y que quieran consecuentemente buscar más oportunidades por sí mismos.

5. Sé un mensch.

La Mishná dice, "si no hay derej eretz – decencia humana y consideración básicas – no hay Torá". Quiero que mis hijos sean corteses (lo cual en la sociedad actual no es un logro menor), pero no quiero que sea solamente la apariencia de ser civilizado, ¡que es algo que es solamente externo y que desaparece cuando no estoy mirando o reprendiendo! Quiero que ellos tengan un sentido profundo e interiorizado de respeto y cortesía por otros. Creo que es un aspecto crucial de lo que significa ser un mensch. Y pienso que ser un mensch es una meta o logro no menor.

El Rav que ofició en nuestra boda, Rav Moshe Aharon Stern, de bendita memoria, solía aconsejar a los padres que buscaban potenciales parejas para sus hijos diciendo: "Solamente busca un mensch". Él sabía que un mensch no era fácil de encontrar, pero también sabía que eso era todo lo que realmente importaba.

Inculcando Valores

Estos son pensamientos lindos y profundos, pero, ¿cómo podemos inculcar estas ideas en nuestros hijos? Les contamos historias, estudiamos con ellos y les mostramos instancias en las que se ve la mano de Dios en nuestras vidas. Les presentamos mentores y los exponemos a modelos a seguir. Escogemos escuelas que representen estos valores y los ponemos en comunidades con pares cuyos padres comparten dichas metas.

Pero las dos acciones más importantes que podemos realizar no pueden ser delegadas a nadie más. Más allá de lo que le digamos a nuestros hijos, me siento obligada a citar otro cliché más: "nuestras acciones dicen más que mil palabras". Nuestra conducta, nuestras actitudes y nuestras metas tendrán el mayor impacto de todos en nuestra familia. Si éstos son valores que queremos transmitir, debemos entonces hacer nuestro mayor esfuerzo por encarnarlas, por realmente sentirlas y por tomar las (a veces difíciles) decisiones que las reflejen.

Y finalmente, tenemos que rezar sinceramente para que nuestros hijos se den cuenta de estas metas. Dado que Dios comparte estas metas, Él ciertamente nos ayudará a tener éxito si realmente lo intentamos.