En una cultura en la cual las faltas de respeto son algo común, ¿es posible que les enseñemos a nuestros hijos a hablar y actuar con reverencia y consideración?

La Torá y nuestros sabios nos ofrecen algunas herramientas que nos pueden ayudar a inculcar este sentido de honor y respeto en nuestros hijos, las cuales nos fortalecen y nos permiten crear un ambiente en nuestro hogar imbuido con un estándar de vida espiritual.

He aquí algunas directivas de cómo hacerlo:

1. Los niños no deben llamar a los padres (y abuelos) por sus nombres de pila. Esto incluye a los niños pequeños, quienes suenan adorables cuando lo hacen, pero que con gran facilidad pueden terminar cruzando la línea de lo que consideramos aceptable. Cuando nos reímos fomentamos esta conducta, lo cual a su vez hará que sea más difícil inculcarles nuevas reglas cuando crezcan y ya no nos parezca tan adorable su conducta.

2. Los niños debieran pedir permiso antes de sentarse en el asiento designado de alguno de sus padres. Por ejemplo, no pueden utilizar el asiento fijo de la cocina o del comedor que tiene el padre o la madre sin antes pedir permiso. Si el hijo está sentado en la computadora y alguno de sus padres está parado mientras trabajan o miran juntos una página de Internet, deberían enseñarle al niño a ofrecer la silla o a traer otra para que el padre pueda sentarse.

3. Los niños debieran aprender a pedir con respeto. Por ejemplo, si tu hijo está jugando y le dices que es hora de bañarse, no establezcas un patrón en donde un niño grita “¡NO!” y entonces negocias cada noche. En lugar de eso, enséñale que cuando es hora de pasar a la siguiente actividad —ya sea ducha, cena o tareas—, y él está en medio de algo, tú considerarás su petición de unos cuantos minutos más sólo si lo pide en un tono agradable y respetuoso. Esto no significa que sus deseos serán satisfechos todas las veces; además, él debiera entender que cuando dices “no”, no puede responder golpeando el suelo con el pie, cerrando la puerta de golpe, gritando o simplemente ignorándote. Hacerlo sería una falta de respeto y una actitud inaceptable. Si no puede pedirlo de forma respetuosa, entonces claramente no hay forma alguna de que consideres su petición. Dale a tu hijo ejemplos de cómo esperarías que te hable. A menudo nos enojamos sin darnos cuenta que no les hemos enseñado una conducta alternativa.

4. No está bien que los niños se metan en las billeteras o carteras de sus padres y que asuman que está bien sacar dinero cuando lo necesitan. Ponerse la ropa de mamá o el suéter de papá sin permiso también es una muestra de falta de consideración y reverencia.

5. Alienta a tus hijos a hacer cosas por ti y a pensar en ti cuando estén haciendo algo por ellos mismos. Cuando un niño llena un vaso con agua, debiera pensar en preguntarte si quieres algo para tomar. Cuando un joven aprende a manejar y sale a comprar pizza o helado, enséñale a ser considerado y respetuoso y averiguar si a sus padres (y a otros miembros de la familia) también les gustaría comer. Podemos enseñarles a nuestros hijos a ser más sensibles y reverentes.

¿Es realista todo esto?

Algunos de ustedes probablemente se preguntarán si todo esto es realmente posible. ¿Pueden los niños de hoy en día vivir realmente a la altura de nuestras expectativas y enseñanzas?

Sí, es posible, si realmente esperas que así sea.

Permítanme compartir con ustedes un emotivo encuentro que tuve recientemente con una niña.

Era jueves por la noche y me encontraba en el supermercado local por tercera vez ese día; el número de invitados a mi mesa de Shabat seguía creciendo y necesitaba comprar algunas cosas adicionales. La tienda estaba repleta y no vi ningún carro desocupado. Equilibré muchas cosas una arriba de la otra y recé por que los pesados frascos de vidrio no se cayeran.

Adelante mío en la fila, había una niña con su madre. La niña se volteó y se dio cuenta de cuán difícil me era balancear todo. Me preguntó por qué no usé un carrito y le dije que no había ninguno disponible.

“Mami”, la escuché decir, “Me siento tan mal por esta señora con todas esas cosas pesadas. Voy a tratar de encontrarle una canasta”. Cuando se fue a buscarla, le dije a su madre que tenía una niña muy especial.

“Ni siquiera sabes la mitad de la historia”, respondió ella. “Mi hija tuvo un accidente este año. Acaba de empezar a caminar hace poco y no le es fácil hacerlo”.

Mientras este pequeño ángel volvía cargando una canasta, noté los aparatos en sus piernas.

“Eres la niña más dulce del mundo”, le dije a ella y a su madre. “Los padres sueñan con tener hijos como tú. Que Dios te bendiga y te cuide siempre”.

En el camino de regreso a casa, sequé mis lágrimas con un pañuelo.

Los niños son un regalo del cielo. Enseñarles bondad y compasión junto con honor y respeto pavimenta el camino para que ellos puedan descubrir la grandeza que hay en su interior.