Hace un tiempo le pregunté a un gran grupo de jóvenes adolescentes la siguiente pregunta: “Tus amigos están haciendo algo malo y tu estás muy tentado de hacer lo mismo. ¿A quién te acercas para pedir un consejo?”.

Sus respuestas fueron (según orden de prioridad):

  1. A nadie
  2. Mis amigos
  3. Profesores
  4. Y finalmente, padres.

Pero, padres, ¡no se desesperen! También hice otra importante pregunta: Cuando estás tentado de hacer algo malo, ¿cuál es la primera cosa que se te viene a la mente? 70% de los adolescentes respondieron, “Lo que pensarán mis padres”. Tu ejemplo, tu preocupación, tus valores, tu aprobación o desaprobación cuenta – y mucho.

A pesar de que los podamos avergonzar, a pesar de que ellos puedan decirnos (o pensar), “Ustedes no tienen idea de nada…” y den media vuelta, y a pesar de que piensen, “los tiempos eran diferentes en esa época” (y tal vez lo eran realmente), ellos en el fondo, sí nos valoran.

Ellos no se sienten cómodos consigo mismos y por eso nos desprecian. Pero en el fondo nos están observando. Ellos están escuchando y absorbiendo. Y nosotros estamos marcándolos. Solamente tenemos que mantenernos firmes.  

Tal vez te sientes como el chofer de tus hijos adolescentes, la lavandera, la cocinera y como el banco (con una póliza de crédito muy indulgente). Ellos parecen tomar por sentado a sus padres. Pero realmente, están poniendo atención a quienes somos realmente y a qué nos motiva en la vida. Nosotros somos su ejemplo a seguir, y nuestros valores y acciones (¡especialmente nuestras acciones!) están formando a nuestros hijos adolescentes de la manera más profunda. Estamos proveyendo a nuestros adolescentes con un compás moral en los tiempos más turbulentos.

El padre de uno de mis amigos le contó la siguiente historia. Él le dijo a su hijo: "Cuando tú estabas creciendo, todos mis amigos corrían a comprarse la mejor música, la que estaba de moda, para poder relacionarse con sus hijos adolescentes. Yo decidí que me iba a relacionar diferente. Yo pensé que si yo seguía siendo tal cual como yo era – la misma persona con los mismos principios – entonces, tú siempre sabrías donde encontrarme".

Aprendí otra cosa interesante de esa pequeña encuesta. Yo quería entender la raíz de la "falta de comunicación abierta" entre los adolescentes y sus padres. ¿Por qué los padres estaban en el cuarto lugar de la lista, debajo de 'nadie', 'amigos' y 'profesores'? Suponiendo claro que todo esto es “sólo una fase”, sin embargo, ¿por qué nuestros adolescentes no hablan con nosotros?

Ellos no deben confiar en nosotros. ¿Les hemos dado alguna razón? Tal vez tienen miedo del castigo. Puede ser que piensen que no los escuchamos. Deben pensar que no entenderemos. 

Muchas veces, la razón principal por la que ellos no nos piden consejo a nosotros cuando se sienten tentados es por miedo a dañarnos. Lo crean o no, a nuestros adolescentes les importamos nosotros y nuestras reacciones. Ellos equivocadamente pueden pensar que nos están protegiendo al no pedirnos consejo. Es nuestro reto crear una atmósfera donde nuestros valores están claros – pero también nuestra tolerancia. Ellos necesitan saber que los queremos y que los aceptamos, sin importar qué.

Otra gran razón es el miedo al castigo. Si un niño voluntariamente te cuenta información privada, entonces, debes aplicar el privilegio de abogado-cliente. La información no abandona la habitación y tu hijo recibe inmunidad garantizada. Tú quieres recompensar la honestidad y la apertura. Quieres aplaudir su coraje al acercarse. Quieres que tu hijo se sienta confiado de que puede venir a ti en el futuro. Quieres que esté orgulloso de haberte contado lo que le pasa, quieres que se sienta confiado, reasegurado y no un tonto por haberte dicho.

¿Qué pasa si tu hijo adolescente no confiesa por si solo? ¿Que pasa si descubres algo inapropiado accidentalmente? Entonces hay justificaciones para consecuencias más severas. La confianza ha sido violada y la comunicación se tiene que reconstruir. Pero el diálogo debe seguir siendo abierto y cariñoso. Debes utilizar un lenguaje de decepción y de esperanza para el futuro, y no palabras de rabia y rechazo.

Generalmente en la escuela no hay con quien hablar. Tiene que haber alguien con quien hablar en casa. Asegurémonos de ser nosotros mismos los que ocupamos ese lugar. ¿Cómo?

  1. Disponibilidad. No podemos fijar una hora con los hijos adolescentes, por lo menos no como algo habitual. Necesitamos estar siempre cerca cuando quieran hablar, ya sea en la mañana (muy raro que suceda) o tarde en la noche (muy probable), debemos estar ahí. Si siempre estamos ocupados, o siempre estamos cansados, ellos se rendirán.
  2. Aceptación. Tiene que haber tolerancia con las rarezas de los adolescentes. Sus vestimentas, zapatos, estilos de pelo nos pueden parecer ridículos, pero si siempre los estamos atacando con respecto a esos pequeños detalles, entonces, nunca acudirán a nosotros con los temas importantes.
  3. Calma. Incluso para los temas grandes, no perder el temperamento es crucial. Nosotros no somos ángeles; todos tenemos nuestros momentos cuando perdemos el control (y ellos son tan provocativos) pero nuestros hijos adolescentes necesitan sentir que son escuchados y respondidos, no sólo atacados.
  4. Amor. Lo más importante—constantemente hay que reafirmar el amor por ellos. Deja a un lado las apariencias y hazles saber (y también recuérdate a ti mismo) lo genial que es este chico. ¡Lo puedes hacer! Nunca dejes de decirle.

Si trabajamos en la implementación de estas herramientas, nuestros hijos adolescentes seguirán diciendo cosas fuertes. Pero al menos nos las dirán a nosotros.