Como la mayoría de las mujeres, mis amigas y yo tenemos interés en ser buenas madres. Pero lo que me preocupa a mí sobre ser una buena madre es muy diferente de lo que le preocupa a otras mujeres. Mis amigas entienden que “buena madre” significa ser una madre efectiva que puede motivar a sus hijos para comportarse bien, y lidiar calmadamente con las situaciones en las que ellos no están calmados. Ellas no se preocupan por si sus hijos las amarán o querrán tener una relación con ellas cuando sean adultos.

Para mí, esto no es un hecho. Me preocupa si puedo permitirme estar lo suficientemente cerca de ellos sin dañarlos. Me preocupa cómo criarlos sin dejar cicatrices sicológicas. Me preocupa si el solo hecho de tenerme a mí como madre los dañará. Me preocupa que haya algo incisivo y áspero en mí que hiera a mis hijos al igual que yo fui herida.

Estoy rodeada de gente que me confirma constantemente que soy una buena madre. Pero es imposible que yo pueda relajarme y disfrutar de sus elogios. Siempre me estoy controlando, mirando y esperando. En mis ojos, siempre soy sospechosa.

En la escuela brillaba. Es casa pretendía no existir.

Mi madre era enferma mental. Daba miedo y era controladora, y mis primeros recuerdos de ella son cómo me aterrorizaba. Me tiraba el pelo hasta que quedaban mechones en sus manos. Me gritaba si hacía algún sonido, más allá de si el sonido eran risas o llantos. Aprendí tempranamente a hacerme invisible. Me movía por la casa como una sombra silenciosa, tratando de evitar hacer algo que llamara la atención. Por otra parte, en la escuela, en donde los maestros derrochaban elogios y en donde ser notada no significaba automáticamente ser castigada, yo prosperaba como alumna. En la escuela brillaba. En casa pretendía no existir.

Cuando era pequeña, no entendía que su enfermedad era lo que hacía que yo no sintiera por ella lo que las otras niñas sentían por sus madres. Pensaba que era algo que me faltaba a mí, que yo tenía algún problema, y que no me habían dado la capacidad para amar a mi madre como los demás.

Pasaron años hasta que pude contemplar la idea de ser madre. Años de terapia en los que desenredé minuciosamente mi retorcido pasado. Utilicé aquellos años para estudiar Torá, reemplazando una manera de pensar enferma por un sistema de pensamiento nuevo y vital. Un comprensivo rabino me ayudó a imaginar un futuro diferente, un nuevo guión que no estaba basado en el pasado.

Pero el acto de tener mi propia hija aún me aterraba. Cuando no tuve suficiente leche para amamantarla, a pesar sacarme leche con una máquina, consumir hierbas y trabajar por meses con una asesora de lactancia, sentí que eso era otra prueba de mi deficiencia interna, primero como hija, y ahora como madre. Volví a terapia, para recibir más apoyo en aquel momento crucial.

Recientemente salió un estudio sobre mujeres que han sido criadas por madres enfermas mentales. Como dijo una mujer que participó en el estudio: “Por favor no se refieran a ella como mi madre. Se siente demasiado íntimo”. Esas mujeres lucharon para definir y reconciliar la enfermedad de sus madres en el contexto de sus relaciones con ellas.

Y la enfermedad de sus madres todavía era una barrera entre ellas, una presencia no natural que evitaba la intimidad relajada y verdadera. Muchas de estas mujeres abandonaron la lucha siendo adultas. La mayoría de ellas dejó la casa prematuramente, antes de alcanzar la adultez. Sus historias eran iguales a la mía. En las historias de aquellas mujeres extrañas, encontré una comunidad.

Es difícil hablar sobre esto. La relación entre una madre y un hijo es considerada por muchos como la más sagrada, y por eso, es difícil reconocer que mi propia experiencia no fue así.

Me aterra convertirme en la pesadilla de mi hija.

Hice las paces con el hecho de que mi madre estaba enferma. Ahora bien, ciertamente la vida con una enfermedad crónica no es fácil, pero es más difícil para mí hacer las paces con mi propia maternidad. Tener una madre enferma mental es diferente a ser huérfano. Un huérfano puede crecer a través de los recuerdos de su madre. Para mí, esa es mi peor pesadilla. Me aterra convertirme en la pesadilla de mi hija.

Por esta razón, puedo entender cuando alguien que ha tenido una infancia similar a la mía elige no tener hijos. Ellos no confían en ellos mismos, y no pueden correr el riesgo de permitir que alguien tan vulnerable dependa de ellos. Mi hermano, por ejemplo, tomó esa decisión.

Yo tampoco confío plenamente en mí. Lo que me ha permitido tener el coraje de seguir adelante a pesar de mi miedo, es mi fe en Dios. Las fuentes judías nos dicen que hay tres socios en la creación de un niño: La madre, el padre y Dios. Dios no está presente solamente en la concepción de un niño, también permanece involucrado íntimamente con ese niño, ayudando a sus padres a criarlo.

Estaría aterrorizada de hacerlo sola. Mi miedo me paralizaría; mis recuerdos me obsesionarían. Ni la ayuda de mi esposo sería suficiente para tranquilizarme.

Aceptar que Dios es nuestro socio me ha permitido sobrellevar esta inmensa responsabilidad. Este conocimiento me ha asegurado que aunque no seamos padres perfectos, Dios nos ayudará a no ser destructivos.

Mis miedos me han empujado a desarrollarme excepcionalmente como madre.  

Creo que mis miedos me han empujado a desarrollarme excepcionalmente como madre. Soy extra cuidadosa al controlar mis ánimos. Como recuerdo demasiado bien el terror que sentía frente a la furia descontrolada de mi madre, no me permito a mí misma llegar a un estado de furia excesiva. Considero que dirigirse a niños, en ese estado, es demasiado peligroso.

No disciplino a mis hijos cuando estoy furiosa. Primero me calmo y luego decido si hacen falta consecuencias, o cuál es el castigo apropiado. Tomo un descanso, voy a mi cuarto, cierro la puerta, y hablo directamente con Dios. “Necesito que me ayudes ahora”, Le digo, “porque me siento abrumada”. Esos cinco minutos de plegaria me permiten abrir la puerta y enfrentar el caos nuevamente, sólo que con una perspectiva más fresca y calmada.

También tomo precauciones extras para no alcanzar un estado de agotamiento excesivo, porque me dificulta mantener el control sobre mí misma. Cuando voy a dormir de noche, le digo a Dios: “Voy a dejar mi turno, mantente Tú alerta”. Así me recuerdo que tengo permitido reconocer mis límites, tanto física como emocionalmente, y pedir ayuda y refuerzos.

Han pasado casi siete años desde la primera vez que tuve en brazos a mi bebé recién nacida, y ha sido un viaje largo e intenso. Se le agregó un hermano, y aunque hay una cantidad increíble de trabajo que conlleva criar hijos, también hay una increíble cantidad de alegría.

Si hubiese permitido que el miedo me controlara, nunca habría conocido un placer tan intenso. Nunca habría sido tocada por esta magia.