Serena es la primera en entrar al auditorio, sus pasos coordinados al ritmo de la canción “Pomp and Circumstance” que está sonando en el viejo piano. Ella es la más baja por un pelo, de la clase del doceavo año que se gradúa, casi con un metro y cincuenta centímetros, con cabello negro brillante; una camisa blanca muy almidonada se asoma por arriba de su toga de graduación de satín. A medida que las chicas entran, me doy cuenta que algunas de ellas llevan camisas un poco arrugadas. De hecho, puede ser que yo también vestí una camisa arrugada en mi propia graduación hace muchos años, pero no Serena. No sé que magia tiene ella pero tiene una forma de verse impecable, su pelo recogido ajustadamente hacia atrás o colgando lacio hacia abajo, nunca sucio. Esta mañana, ella no duda, y sube a paso rápido las escaleras hacia el escenario bajo donde tres largas filas de sillas están alineadas. Ella se sienta en la primera fila.

Serena es mi hijastra más joven. Ella se unió a mi familia cuando me casé con su padre, Mendy, un hombre que encontró mi amor filtrándose en los huecos que quedaron dentro mío cuando David murió. Mezclamos nuestras dos familias – sus tres hijas, mis cinco hijos y mi joven hija. Sin embargo, mezclado es un término equivocado para nuestra familia; somos una familia apelotonada – quedan trozos, pedazos necesitan ser masticados antes que podamos tragar. A veces nos dividimos en dos familias claramente definidas, separadas por historia y hábito.

“Lo único que se necesita es mucho amor”, me aconsejó alguien una vez.

Serena tenía solamente siete años cuando nuestras familias se unieron. La recuerdo como niña pequeña, temblando en el asiento del medio de nuestro auto Taurus Station porque no podía entender la diferencia entre la Ciudad de Nueva York y el Estado de Nueva York. ¿Si estábamos saliendo de Nueva York, como podía ser que todavía estuviéramos ahí? Ella rechazó todos mis intentos de explicarle o consolarla. “No entiendo”, ella repetía, llorando. Estaba confundida, pienso ahora, por la separación de su familia. ¿Cómo podía una familia romperse y formarse una nueva; podía ella dejar una familia y unirse a otra? ¿Seguiría siendo una familia?

Eso fue hace mucho tiempo.

Ahora veo a Serena en el escenario y mis ojos se llenan de lágrimas. No sé por qué me pasa esto. Estoy orgullosa de su porte, pero también triste. Sin embargo, ella, está tranquila como su nombre (Serena) – y le susurra algo a una amiga que está a su lado. Las dos sonríen y miran a la estudiante con las mejores notas caminar al estrado en el centro del escenario.

“Lo único que se necesita es mucho amor”.

Tenemos una relación complicada. En privado, Serena puede ser cálida y amorosa. Pero en público, ella no me reconoce.

También se necesita resistencia y paciencia. Criar a una familia adoptiva es plantar un jardín en un suelo con gravilla. Puede hacerse, pero no es fácil y no siempre es exitoso. El najas se gana difícilmente, pero si la azucena brota, puede llegar a ser muy bella, como lo es Serena en el día de su graduación.

Tenemos una relación complicada, Serena y yo. En privado, ella puede ser cálida y muy amorosa. El otro día ella preparó el almuerzo – ensalada y salmón servido en un plato de verdad – sólo para mí. Nadie estaba en la cocina excepto nosotras. Cuando le agradecí, ella se veía complacida. “Fue fácil”, dijo. “Tengo tiempo hoy”. Y cuando se fue de viaje con su clase a Washington, ella me compró un regalo – un llavero que aún uso para mis llaves del auto.

Sin embargo, en público, ella no me reconoce. Me pregunto bastante acerca de eso. ¿Se sentirá culpable porque tiene otra Mamá, que no soy yo? ¿Soy yo, quizás, no tan ordenada y organizada como ella piensa que yo debería ser? ¿Así cómo su familia de origen siempre lo fue? ¿O es tan simple como el hecho de que algunos miembros de su familia original me rechazan – a pesar de que he estado casada con su padre por diez años – y ella está confundida? Debe ser más fácil hacer de cuentas que yo no estoy ahí.

Yo siempre hago un esfuerzo cuando aparezco con ella. Hoy, para su graduación, tengo puesto un agradable traje de verano de color azul claro, maquillaje y tacones brillantes. También tengo una cámara de fotos. Cuando la estudiante con las mejores notas, una jovencita energética con una cola de caballo rubia, llega al estrado, yo enfoco a Serena y tomo una foto. Es mi rol: madrastra orgullosa con cámara de fotos. Quiero que Serena tenga a alguien ahí tomándole fotos. Y no hay nadie en la graduación aparte de mí. Es una ocasión sólo para mujeres así que su padre no está invitado, y su madre no ha llegado. No sé por qué. ¿Serena no la invitó o fue muy difícil viajar para ella? No he preguntado. Yo no interfiero en la relación de Serena con su madre. Eso es entre ellas dos.

En un océano de aceptación, yo escojo ponerme mis zapatos de playa y caminar sobre la gravilla hacia las olas.

Sin mí – a pesar de su camisa almidonada y dignidad – Serena no tiene fanáticos que la vitoreen. Para compensar, yo saco muchas fotos. Un zoom de Serena entrando, Serena sentándose, Serena recibiendo su diploma, Serena saliendo. Eso sí, la foto que no tendremos, es la típica foto de graduación con la orgullosa Mamá abrazando a su hija, quien sostiene el diploma victoriosamente como un trofeo. Debido a que Serena es mi hijastra, no mi hija, y yo no se como abrazarla. O ella no puede recibir mis abrazos. No se que vino primero, el huevo o la gallina.

A veces el amor de una persona no puede lograrlo. El suelo es demasiado rocoso, no hay suficiente agua. O la familia de origen no da autorización. Sin embargo, yo intento; yo abrazo las rocas, aunque duelen. Los amo a todos, a mis hijos y mis hijastros. En un océano de aceptación, yo escojo ponerme mis zapatos de playa y caminar sobre la gravilla hacia las olas.

Cuando termina la graduación, las otras graduadas se acercan a sus madres. Veo apretados grupos familiares riéndose y hablando. Globos flotan. Pero a Serena no se la puede encontrar. Camino hacia afuera, hacia el auto, pensando que quizás puede estar ahí, pero no está. Regreso al enorme auditorio y, repentinamente, ahí está, una jovencita llena de vida y potencial. Su entusiasmo es palpable. “¡Mazel Tov!”, le digo y estiro mi brazo sobre su hombro. Ella no se retira. Sonríe, y yo estoy agradecida.

Publicado con permiso del numero de otoño de 2008 de “Jewish Action” la revista de la Ortodox Union.