Primero fue la escuela judía, después las lecciones de Bar Mitzvá, luego el rechazo a asistir al servicio de Rosh HaShaná "incluso una sola hora".

—No voy a ir —dijo David, cruzándose de brazos y plantando firmemente su pie derecho en el piso de la cocina.

—Y nadie puede obligarme.

Y para rematar agregó, —¡Y probablemente tampoco ayune este Iom Kipur!

A pesar de que los padres de David eran profundamente modernos en todo sentido de la palabra —su padre creía en darle a su hijo completa libertad en términos de religión, pese a que él mismo se había tornado cada vez más tradicionalista con el paso de los años—, se sorprendieron al descubrir que no podían digerir las palabras de su hijo. Su madre, quien era hija de padres tradicionalistas, también se sorprendió y sintió que las palabras de su hijo eran como una cachetada.

La tradición está tan arraigada que cuando un niño en edad de Bar Mitzvá dice con sus palabras o acciones “yo no voy a participar en esto” genera una gran conmoción en los padres. Tal vez empezó con un rechazo leve, como no querer visitar al abuelo, pero ahora era absoluto: era un completo refusenik. El problema era que, según sus padres, era un disidente que estaba del lado equivocado.

Las conversaciones con el joven no lograban nada. Él incluso declaró (probablemente para provocar a su padre) que era ateo. Se excusó a sí mismo de manera noble: “Sería hipócrita” protestó sin ninguna señal de afectación “participar en un ritual religioso que no tiene ningún sentido para mí”.

¿Quiero agradar o frustrar a la autoridad?

Sus padres están asustados. “¿Hemos criado a un no creyente? Es verdad, el pueblo judío ha tenido muchos rebeldes, y muchos de ellos han terminado siendo grandes personas, pero no nuestro hijo. Que el hijo de otro sea el próximo Karl Marx, León Trotsky o Sigmund Freud”. La mayoría de los padres judíos quieren sentir que les han transmitido la tradición a sus hijos e hijas. Conectar a la familia con la comunidad y el pueblo judío es un asunto de orgullo y también una medida de éxito.

Como psicoterapeuta, gran parte de mi trabajo ha sido con padres e hijos que están en conflicto por algún aspecto de la observancia religiosa, pero ellos no entienden por qué están realmente discutiendo. Algunas veces los conflictos son tan tóxicos que incluso amenazan los casi indestructibles lazos familiares.

Rebelión

Yo no sé si esto fue siempre verdad, pero los adolescentes inevitablemente se rebelan. Gran parte del comportamiento de los adolescentes se puede entender como la representación del siguiente conflicto: ¿Quiero agradar a la autoridad o quiero frustrarla?

Este conflicto es una repetición de una danza primitiva que comenzó al principio de la vida: Un infante, de incluso pocos meses de edad, ya sabe cómo agradar a su madre. Puede que le sonría, le haga ojitos, coma, se de vueltas o alguna otra cosa para complacerla. Eventualmente, el pequeño aprende a complacer a su padre o a otros padres sustitutos, a su sinagoga, a su ciudad, a su país, etc. Pero hay otra fuerza en él. No quiere complacer a nadie por completo. Quiere frustrar. Su padre quiere que vaya a la sinagoga, su profesor quiere que lo escuche, su madre quiere que ponga la ropa sucia en el tacho o que saque la basura, pero él vendrá con cualquier razón para explicar por qué no puede hacerlo. ¿Qué está pasando aquí?

Bueno, aquí tienes una pista. Todo el mundo ha escuchado sobre la edad conocida como los "terribles dos años". Cuando un niño de dos años se niega a ponerse los zapatos —o a sacárselos— puede ser muy desconcertante para los padres. La famosa psicoanalista Margaret Mahler entendió que cuando un niño de dos años empieza a decir "no" probablemente se trate de una expresión de separación. Podría estar diciendo algo como: "Yo no soy una extensión de ti. Fui eso una vez, pero ya no lo soy". Por lo general, hay un caprichoso balanceo entre "sí y no" sin que haya ninguna razón aparente para el observador.

Esta oscilación entre sí y no parece entrar en un sueño profundo durante unos años, pero luego retorna en su máxima expresión en la adolescencia (y esto hace eco a través de toda la vida): el niño que antes era entusiasta y cooperativo de repente se rehúsa a participar. El niño “bueno” dice que “no” para la consternación de todos. ¿Acaso no quiere seguir las tradiciones de su padre y de su pueblo? Puede que sí quiera hacerlo, pero en este momento su gran placer —por extraño que parezca— es fastidiar.

El mundo adulto, con sus infinitas responsabilidades y presiones, lo aterra.

¿Por qué? Probablemente porque está aterrado. El mundo adulto, con sus infinitas responsabilidades y presiones —la interminable carrera por ganarse la vida, los tropiezos en el trabajo, las empresas fallidas, los siempre presentes errores incluso en el mejor de los padres, las humillaciones normales de la vida— todo eso le aterra. ¿Podrá manejarlo o colapsará? Cuando un niño hace tambalear a su padre y este tropieza, extrañamente sus aprensiones y tensiones se ven aliviadas temporalmente.

Tomemos por ejemplo el caso de Gabriel. A pesar de que Gabriel era un niño muy prometedor, después de su Bar Mitzvá empezó a decaer. Pese a que inicialmente tenía ambiciones de tocar guitarra y trabajar con madera, su vida en el colegio y en casa comenzó a parecerle un sinsentido. Incluso lo vieron fumando cigarrillos y quién sabe qué más. Todo el mundo estaba sorprendido. Él era un gran niño y venía de una gran familia. Tenía una mente tan filosa como un cuchillo y había alcanzado grandes logros en ciencia y matemáticas. Pero lo que la gente no se dio cuenta es que el objetivo principal de Gabriel, como el de todos los demás adolescentes, era proteger su frágil “yo” y proteger a quienes lo rodeaban. Muchos jóvenes están plagados de miedo al fracaso. Si es un "buen chico" va a estar fallando en ser "fiel a sí mismo"; si es un "mal chico" va a estar fallándole a su padre y madre. Muchos no entienden que el instinto de protegerse que tiene un adolescente es muy fuerte. Vive con pavor de dañar a otros, incluyéndose a sí mismo, a pesar de que siente que debe proteger también a quienes lo rodean.

Para un adulto, Gabriel puede parecer flojo o incluso esa pavorosa palabra: "delincuente". Pero en realidad, Gabriel está trabajando duro para resolver este conflicto —agradar a sus padres o agradarse a sí mismo—, sólo que no sabe qué hacer. Y ese es un gigantesco desafío. Dado esto, tiene sentido que su energía disminuya y que esté distraído y lento en relación al progreso de su vida. Su bajo rendimiento, por ejemplo, o sus llegadas tarde a la sinagoga, le dan un respiro temporal. Ya no es más "el chico bueno" con un futuro brillante. Es sólo un shleper que llega tarde a la sinagoga o un don nadie que fuma. Su misión es desilusionar a la gente sobre lo que podría llegar a ser: No soy prodigio y no soy un buen niño; no tengan grandes ambiciones para mí.

Silencio y palabras

La contribución más útil de Freud al mundo fue probablemente su insistencia en que el comportamiento humano es como la punta de un iceberg. Sólo vemos lo que sobresale por sobre la superficie del agua, pero sabemos que el hielo está a miles de metros de profundidad en el fondo del océano. No sabemos por qué un niño o cualquier otra persona hace lo que hace. Las razones algunas veces están escondidas profundamente incluso para la persona misma. Todo esto es muy lindo e interesante —dirás tú—, pero, ¿qué hago yo como padre?

Obviamente, no hay reglas claras y rápidas, pero un padre tiene dos poderosas herramientas a su disposición: silencio y palabras.

¿Silencio? ¿Cómo puedo permanecer en silencio —te preguntarás— cuando mi hijo hace esto y aquello? Bueno, uno debe entender que ese silencio —no decir absolutamente nada cuando te dicen "no voy a ayunar este año"— es una poderosa manera de refutar. De hecho, cuando uno se relaciona con personas cercanas, el aparentemente inofensivo “silencio” es generalmente el arma más poderosa. Es más, un beneficio agregado del silencio es que el niño aprende a reprimir sus deseos de desafiar y a controlar sus impulsos cuando ve que su padre sabe ejercer control incluso cuando lo provocan.

¿Cómo te puedo ayudar a tener éxito?

Pero también hay un tiempo para hablar, y el mejor momento para hacerlo es el siguiente: En algún punto, el muchacho establecerá contacto de una manera menos provocativa. Podría ser por ejemplo más adelante en la semana, cuando necesite un aventón a algún lugar y se produzca una conversación ligera en el automóvil. Un padre sabio esperará a que llegue ese momento. Ahora puedes utilizar palabras, pero elígelas cuidadosamente. Yo recomiendo algo como: “Tú tienes ahora ____ años. ¿Cómo te puedo ayudar a tener éxito?”. Esta es una pregunta que, si se hace sinceramente, es casi seguro que inducirá amor y cooperación. Es respetuosa y verdadera, y le habla directo al corazón del adolescente que necesita tanto ayuda como independencia. Neutraliza su impulso de protestar y sabotear.

Por otra parte, las palabras de crítica como “recordarle” que debe estudiar, ir a la sinagoga, hacer sus deberes o cepillarse los dientes, casi seguro serán en vano en el mejor de los casos, y destructivas en el peor, plantando las semillas para una vida entera de frustración e irresponsabilidad.

Se cuenta una historia de un hombre que fue donde el Rebbe de Satmar zt’’l. Este hombre estaba peleado con su hijo; él quería que su hijo fuera un rabino, pero su hijo quería que su padre lo ayudara a entrar a la escuela de medicina. El sabio le dijo al padre: Besser tzu zein a rofeh cholim vi a matir assurim. “Mejor ser alguien que cura a los enfermos que alguien que permite lo prohibido”.

El sabio entendió que si el hijo se convertía en el rabino de los sueños de su padre, aún así el hijo encontraría una manera de rebelarse en contra de su padre.