Estoy acostando a mi hijo de cinco años cuando de repente su mano se extiende y me toma del cuello. Inmediatamente, él transforma su acción en una caricia, es como si su mano hubiera actuado por sí sola, y su mente se hubiera enterado un momento después. La amenaza permanece en el aire mientras apago la luz y salgo del cuarto.

Lo observo. Veo sus pequeños actos de violencia, a menudo los veo dirigidos hacia mí – siempre sin provocación, y siempre inesperados.

Encontré un grafiti debajo de la mesa. Su destrucción es sutil y oculta, es muy difícil atraparlo en el acto.

La tapa de un libro nuevo está ahora rayada. Es una cosa pequeña, pero ¿cuándo fue hecha, y por qué? Yo no pregunto quién lo hizo.

Estoy acostada en la cama cuando de pronto viene y me tira un dado. El dado choca contra la pared con un ruido agudo y amenazador.

Cierro fuerte mis ojos. Cuando los abro, él sigue sonriendo.

¿Es un juego o una amenaza? A veces es imposible saber.

A veces él muerde. Muerde a su padre mientras están jugando. Y luego, cubre su daño inmediatamente con un beso.

Persigue a su hermana diciéndole: “Te voy a morder”. Igual los dos ríen y disfrutan de la persecución. ¿Es un juego o una amenaza? A veces es imposible saber. Me pregunto si él mismo lo sabe.

Su agresión es como la lengua de un lagarto que latiguea e instantáneamente retrocede a la tibia fosa de su boca. Siempre está acompañada por una sonrisa o un beso.

Le obsequia inocentemente un vaso de orina a su maestra, como si fuera una taza de aceite de oliva. Ella está confundida con su comportamiento, parece fuera de contexto.

Y entiendo su confusión, porque yo también estoy confundida por el significado de sus acciones. ¿Cómo es posible tener tal dulzura acompañada por tal agresión? ¿Cómo pueden coexistir?

¿Y cómo puede estar ocurriendo todo esto dentro de mi hijo, cuyo brillo ha iluminado mi vida desde que nació?

Preferiría decir que soy una pésima madre y que no lo he educado. Eso me permitiría preservarlo, él seguiría siendo perfecto.

Enormes dosis de omega tres y modificaciones en la dieta no ayudan. Muerde a su hermana en la pierna; cuando lo pongo en penitencia se muerde a sí mismo. En la escuela muerde a un compañero en la mejilla; al día siguiente muerde a otro.

La primera vez que le di medicación sentí como si lo hubiese estado envenenando. Cada efecto secundario posible me persigue mientras muelo su dosis matutina con dos cucharas y la agrego a su sándwich. Cuando el efecto desaparece, más tarde ese mismo día, y lanza una gran rabieta, lo tomo en mis brazos y lo acuno.

El doctor recomienda una dosis vespertina además de la matutina. En lugar de eso lo llevo al parque, pensando que todo lo que necesita es descargar su exceso de energía. No quiero creer que hay algo tan torcido que necesita medicación para ser corregido.

Durante las horas de escuela mi hijo se regocija en las alabanzas de su maestra. En las vacaciones veo su transformación personalmente. Veo cómo puede mantener la concentración en tareas mentales; juega juegos de mesa y completa rompecabezas de cien piezas, actividades que antes eran inaccesibles para él. Se sienta tranquilo y parece estar paz con su cuerpo por primera vez en años.

Cuando el efecto de la medicina desaparece, su habla es más rápida y más desfigurada, se mueve más rápido y su inquietud es continua. Se encierra en sí mismo dentro de un tornado que no se detiene. Los amigos mantienen la distancia, los juguetes se esparcen y se rompen.

Es excluido de las actividades extraescolares porque molesta a la gente. Todo lo que puede ser una salida creativa se convierte en otra puerta cerrada.

Esta pequeña píldora lo ayuda a no ser un marginado social.

Cedo y empiezo a administrar una dosis vespertina. La medicación trae nuevos desafíos: se niega a tomarla, se queja de que no lo ayuda, dice que no la necesita. Le ruego y lo convenzo, lo amenazo y lo soborno para asegurarme de que la medicina sea tomada.

Como la medicación para la hiperactividad es un estimulante, el efecto debe desaparecer antes de que pueda dormir. Algunos días él se quiebra, incapaz de regular su humor cuando los efectos de la medicina desaparecen. En esos casos lo envuelvo apretadamente en una manta y lo sostengo mientras se sacude, protegiéndolo de su furia al mismo tiempo que me protejo a mí misma.

Nuestra unión tiene una exclusividad que a veces es demasiado agobiante. Si no estoy disponible para esta tarea, si estoy enferma o me necesitan en otro lugar, las repercusiones son enormes. Nadie lo calma como yo, su hermana y su padre no pueden porque son incapaces de tratar con su furia.

Mientras transito por el campo minado antes de la hora de dormir, espero que madure y aprenda más a controlarse a sí mismo. Rezo por un final feliz. Le digo una y otra vez que lo amo. Realmente lo amo.

En los medios de comunicación las personas condenan el mito del TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad), cuestionan el amor de cualquier padre que elige medicar a su hijo. Sin embargo reconozco que esta pequeña píldora, molida y agregada al desayuno y almuerzo de mi hijo, lo ayuda a no ser un marginado social. Al igual que la manta con la que lo envuelvo cuando estalla en furia, esta píldora es otro pequeño refugio de amor para protegerlo del daño.