Cuando mis hijos eran chicos, esperar con ansias el momento en que se iban a dormir por la noche. ¡Eso no sonó bien! Déjenme reformular la frase… cuando mis hijos eran más pequeños, disfrutaba cada minuto de nuestros ocupados días juntos, y con mucha tristeza les leía un último cuento, decía el Shemá, y apagaba la luz.

¡Pero yo tenía planes para la noche! Nada emocionante, pero planes al fin y al cabo: proyectos guardados, llamadas pendientes, expectativas de algún tiempo de adulto con mis amigas o esposo, la esperanza de leer algo tranquila.

Frecuentemente yo estaba apenas acomodándome para hacer alguna de esas actividades cuando escuchaba el delator sonido de unos pequeños pies y de una suave voz que suplicaba, “Tengo miedo. ¿Puedes venir a acostarte conmigo?”.

Mientras yo creyera que la noche era “mi tiempo”, estaba condenada a que me molestaran y a frustrarme.

Mi primera reacción fue frustración. Todos mis planes a la basura. Pero después de unas cuantas noches como esa, me di cuenta que el problema no era la situación, sino que el problema era mi actitud y mis expectativas.

Mientras yo creyera que la noche debía ser “mi tiempo”, estaba condenada a que me molestaran y a frustrarme por cada interrupción. Pero una vez que acepté que las noches no eran mi tiempo de adultos, sino que mis hijos aún me necesitaban —y que si posponía proyectos para la noche no los iba a poder hacer—, entonces mi frustración (en su mayoría) desapareció. Me tomó un tiempo aprender la lección por completo, pero una vez que lo hice, me di cuenta de cómo esto podía aplicarse a muchas situaciones.

El secreto pareciera ser tener expectativas realistas (en vez de bajas).

Si espero que mi llena y ocupada casa, en la cual sólo tengo ayuda ocasional con la limpieza, se vea como la relativamente vacía casa de mi amiga que tiene una señora de limpieza a diario, entonces seguro voy a frustrarme. De hecho, voy a estar más que frustrada. Pasaré una excesiva cantidad de tiempo limpiando solamente para descubrir que nunca estoy completamente a la altura. Probablemente subiré mi voz a decibeles poco atractivos mientras trato de persuadir a mis hijos para que me ayuden a conseguir estos estándares.

Conclusión: no será muy divertido.

O podría reconocer que el precio de tener un animado hogar puede ser un poco más de polvo (OK, mucho más polvo) y algunos libros desordenados.

Sólo necesito cambiar mis expectativas.

Fijando prioridades

Frecuentemente la gente viene a mí con cuentos de su infancia (o al menos así lo recuerdan ellos). “Nosotros escuchábamos todo lo que nuestros padres decían. Nunca habríamos pensado en desobedecer”. “La palabra de nuestro padre era ley. Nosotros nos sentábamos en silencio en cada cena y solamente hablábamos cuando nos hablaban. Nunca dejábamos la mesa sin permiso”.

El mensaje subyacente parece ser un tema popular, “¿Qué les pasa a los niños hoy en día?”, léase, ¿por qué mis hijos no se comportan de la forma que yo me comportaba? (¡Te refieres a la forma en que crees que te comportabas!).

Esa canción fue escrita en 1963; este claramente no es un problema nuevo. Tampoco pienso que los recuerdos de mis amigas sean completamente exactos. Pero en realidad no importa. Una vez más somos víctimas de expectativas irreales. Los niños de hoy en día no se sientan tranquilos en la mesa esperando a que les toque su turno de hablar, ¿y realmente queremos que lo hagan? La autoridad tiene que utilizarse con moderación. El respeto no sólo tiene que ser bajo mandato, sino que tiene que ser ganado. Si esperamos completa adherencia a cada uno de nuestros deseos, entonces estaremos frustrados y decepcionados constantemente. Apuntemos a una relación sana en donde hay preocupación por el otro y colaboración mutua.

Las prioridades de nuestros hijos no son las nuestras. Puede que ellos no estén conscientes del desorden que dejan, del alto volumen de su música y de lo perturbador que es su constante envío de mensajes. Ellos claramente no están conscientes del hecho que sus padres también tienen necesidades aparte de cuidarlos a ellos (¡y de vez en cuando debemos recordárselos!). Puede que tengamos que discutir algunas de estas conductas con ellos, pero solamente una vez que nos demos cuenta que son normales. Solamente una vez que reconozcamos los límites de nuestra autoridad. Solamente una vez que ajustemos nuestras expectativas a la desordenada (en todo aspecto) realidad de la vida con niños y dejemos de enfocarnos en alguna versión idealizada de ella.

Estamos criando personas reales y complejas, no vistiendo muñecas y jugando a la casita. Nuestras expectativas tienen que ser acordes a esta realidad, por el bien de todos.