Quienes viven con fe y confianza en Dios gozan de mayor tranquilidad, de una mejor salud física y de menos estrés que el resto de la gente. Pero, ¿cómo se fomentan estos rasgos y cómo podemos inculcarlos en nuestros hijos?

Miedo

Rajel, de dieciséis años de edad, está sumamente familiarizada con el estrés. Ella es una joven y talentosa artista que ya ha experimentado una gran cantidad de audiciones a lo largo de su vida. Sin embargo, a pesar de sus habilidades —y éxitos—, Rajel experimenta ataques de ansiedad con cada nuevo desafío. Ahora ella debe enfrentarse al mayor reto de su joven vida: asegurar un difícil lugar en una escuela especializada de artes académicas que se enfoca en apoyar a artistas como ella. Miles de estudiantes participan en el concurso para obtener uno de los 12 codiciados puestos. Aquellos que lo logren, serán recompensados con una excelente formación y oportunidades poco comunes para avanzar en su campo. Los que sean rechazados tendrán que luchar más duro para encontrar su lugar en el mundo del arte.

La noche antes de su audición, los padres de Rajel la escuchan sollozar en su habitación; alarmados, llaman a su puerta. Rajel abre la puerta mientras se seca las lágrimas y les dice temblando que no es capaz de enfrentar al jurado. Rajel sabe que arruinará su presentación y que no es lo suficientemente buena; todos son más talentosos que ella.

Mamá y papá tratan de calmar a su hija con halagos. "¡Tienes una excelente chance de ser aceptada! Eres increíble en lo que haces. Y además, sólo tienes que hacer tu mejor esfuerzo, el resto depende de Dios. Y si no te aceptan, no importa, todo es para bien".

Las amables palabras y el aliento espiritual caen en oídos sordos. El miedo de Rajel bloquea su corteza frontal. Es como si los padres estuvieran hablando en un idioma extranjero; nada penetra. Con el tiempo, los padres se rinden y dejan que Rajel se calme sola hasta quedarse dormida. Rajel apaga la luz y cierra los ojos, pero el rápido latido de su corazón —producto de la adrenalina— le impide conciliar el sueño; permanece despierta durante horas en un estado de total petrificación.

Dos cerebros piensan mejor que uno

A pocas cuadras de distancia, una adolescente llamada Ariela también está experimentando ansiedad. Ella también participará en la gran competencia, pero a diferencia de Rajel, Ariela ha aprendido a nadar en la parte honda del mar de la vida. Sus padres le han enseñado muchas habilidades para enfrentar los inevitables desafíos y las emociones normales que suelen acompañar a la difícil tarea de ser humano: el miedo al fracaso, la pérdida, el rechazo, la humillación y el cambio, el miedo a lo desconocido, el miedo al dolor y el miedo al miedo mismo. De esta forma Ariela está preparada para enfrentar por sí misma su miedo y salir adelante.

La distancia más grande en el mundo es la distancia entre la cabeza y el corazón.

Para empezar, Ariela recuerda lo que le enseñaron sus padres: la distancia más grande del mundo es la distancia entre la cabeza y el corazón. Incluso si "sabemos" que Dios está en control y hace todo para nuestro beneficio, el miedo nos paraliza y somos incapaces de confiar en Él.

Cuando se activa el miedo intenso, la parte del cerebro que contiene la información acerca de la fe y la confianza en Dios (la parte izquierda del cerebro, la corteza frontal) suele convertirse en una zona inaccesible. El lado derecho del cerebro (el cuerpo amigdalino) envía químicos de emergencia a todo el cuerpo con el fin de proporcionar energía ante las posibles amenazas, aislando efectivamente el acceso a los datos importantes que se encuentran almacenados en otras secciones del cerebro. En estas circunstancias, dejamos de "saber" sobre el poder, la protección y la benevolencia de Dios. Nos sentimos aterrorizados, impotentes y solos.

Las sudorosas palmas de Ariela, el rápido latido de su corazón y la dificultad para respirar le informan que sólo está pensando con la mitad de su cerebro: la mitad ansiosa. Ella necesita acceder a la otra mitad a toda prisa.

Gracias a sus padres, Ariela conoce algunas poderosas estrategias para acceder a las secciones más calmas de su cerebro. Lo primero que tiene que hacer es bajar el volumen de su pánico. Los sentimientos de pánico inhiben la corteza, por lo que es difícil —o imposible— pensar correctamente o recordar información importante. Para calmar su pánico, Ariela comienza a inhalar y exhalar rítmicamente por la nariz: 5 segundos respira y 5 segundos exhala, sin pausas en la parte superior o inferior de la respiración. Este patrón de respiración, conocido como respiración coherente, calma y alivia rápidamente los veloces latidos del corazón a través de regular el patrón de variabilidad de la frecuencia cardíaca. Con este nuevo y mejorado modelo, el corazón envía mensajes al cerebro para que libere químicos calmantes al torrente sanguíneo. Ahora Ariela puede pensar.

Dado que ahora puede acceder a su mente, Ariela se da cuenta de lo que le ha sucedido pues recuerda la explicación que sus padres le dieron acerca de cómo los sentimientos de ansiedad crecen en la mente. ¡Ariela recuerda que ella misma desempeña un rol en la producción de aquella ansiedad y que tiene el poder de dejar de producirla! ¿Cómo contribuyó ella al problema? Cuando un pensamiento de ansiedad cruzó por su mente (como la idea de que no sería seleccionada para el programa), jugó un rato con él: lo repensó, lo visualizó, lo elaboró, lo reconstruyó y, en resumen, le dedicó una gran cantidad de tiempo y atención. Al hacerlo, fue ella quien hizo que la idea creciera, cediéndole cada vez más territorio neuronal en su cerebro y poder. Por desgracia, cada momento que una persona le dedica a un ‘pensamiento de miedo’ hace que los componentes químicos que generan la reacción de lucha o huida sean liberados hacia cada célula del cuerpo. Ariela había pasado demasiado tiempo liberando este tipo de químicos, y ahora estaba sufriendo las consecuencias.

La buena noticia es que Ariela sabe que tiene libre albedrío. Ella puede elegir a qué pensamientos dedicarles tiempo y qué pensamientos es mejor abandonar. Con el pánico fuera del camino, ahora puede elegir entre un amplio menú de ideas e imágenes alegres, alentadoras y positivas. Ahora puede optar por enfocar toda su atención en los pensamientos de confianza en Dios, usando su imaginación para verse a sí misma bajo Su ala protectora. Ariela comienza a pensar, elaborar, enfocarse, visualizar y fortalecer los pensamientos que hacen que se sienta serena: "Dios está conmigo; tengo que hacer mi mejor esfuerzo y dejar el resto en las manos de Él; pase lo que pase, todo es para bien". Con estos pensamientos en su cerebro, los sentimientos de calma y seguridad rodean a Ariela; ella da media vuelta y cae en un profundo y tranquilo sueño.

Cultivando la confianza en Dios

Hay dos pasos para poder construir fe y confianza en Dios:

  1. Darle a la corteza frontal y al lado izquierdo del cerebro la información que necesita.

  2. Permitir que los centros emocionales y el lado derecho del cerebro accedan a esta información en los momentos de estrés intenso.

Los padres pueden realizar estos pasos para sí mismos y para sus hijos. Para llevar a cabo el paso (1), darle al cerebro la información que necesita, los padres pueden enseñarles a sus hijos a:

  • Pedirle ayuda a Dios en cada situación desafiante.

  • Pedirle a Dios que los ayude a aumentar su confianza en Él.

  • Mantener un “diario de bitajón (confianza)”, en donde queden registrados los momentos en los que Dios los ha ayudado.

Además, los padres pueden hablarles con regularidad a sus hijos acerca de los momentos en los que ellos mismos han visto la guía divina en sus vidas. Pueden contar historias (en la mesa de Shabat o a la hora de acostarse) de la fe de nuestros antepasados, y pueden darles a sus hijos mayores sus propias copias de algunos de los textos populares sobre fe y confianza en Dios. Durante los momentos de desafío e incertidumbre, pueden hablarles sobre su fe en Dios. Y lo más importante es que deben abstenerse de verbalizar sus preocupaciones en voz alta, con lo cual les estarían enseñando inadvertidamente a no tener fe ni confiar en Dios.

Para llevar a cabo el paso 2, que es permitir que los centros emocionales accedan a esta información de forma que uno pueda experimentar sentimientos de confianza en Dios, los padres deben enseñarles a sus hijos estrategias para calmar el corazón y abrir la mente. Dos de estas estrategias son:

  • Enseñarle a los niños técnicas para desactivar la reacción de lucha o huida, que es el "botón de pánico" del cuerpo.

  • Enseñarle a los niños que pueden elegir dónde centrar su atención y enseñarles a centrarla firmemente en Hashem.

Siempre es más fácil para nosotros enfocarnos en los pensamientos, imágenes, sentimientos y sensaciones corporales relativas al miedo. Nuestra tendencia natural es prestarle mucha atención a estas cosas. El ietzer hará —la inclinación al mal— alimenta esta tendencia ya que sabe que cuanto más miedo sintamos, más lejos de Hashem nos sentiremos. Sin embargo, una vez que hemos dominado el pánico, tenemos la libertad de acceder a los centros superiores de nuestro cerebro, aquellos que pueden acercarnos a Hashem. Con un poco de práctica, tanto nosotros como nuestros hijos podemos aprender a enfocarnos, durante los momentos de estrés, en pensamientos positivos que calmen nuestros corazones, relajen nuestros cuerpos y nos sitúen firmemente en el refugio de protección de Dios.