Cuando mi hija mayor navegó alegremente sus dos primeros años de escuela, no me sorprendí. A fin de cuentas, ella era inteligente, activa, bella y muy tierna. Sus maestras la amaban porque se portaba bien, y sus compañeras amaban su naturaleza dulce y generosa.

Pero cuando llegó a tercer grado, la maestra me dijo seriamente que mi hija tenía problemas sociales. Aunque parecía que estaba feliz entre sus compañeras, ahora estaban en una etapa en la que se armaban parejas de mejores amigas y mi hija había quedado sola, jugando por sí misma en el patio.

Esta información me sorprendió. ¡Mi hija tenía problemas sociales!

Una vez que la maestra señaló el problema de mi hija, vi que esto se manifestaba en todos los ámbitos. Mi hija no tenía una "mejor amiga". No la invitaban a jugar a la casa de amigas demasiado a menudo y ella prefería quedarse en casa leyendo un libro antes que jugar afuera con otras niñas.

Intenté todo lo que estuvo a mi alcance para hacer que sus problemas desaparecieran. Pedí consejos a expertos, la alenté a invitar amigas a casa, me aseguré que ella repartiera las golosinas más caras en las fiestas de la escuela e incluso le sugerí qué podía hacer en los recreos: obviamente tenía que jugar a cualquier cosa que jugaran las niñas más populares.

Tercer y cuarto grado fueron muy difíciles. Mi hija trató de invitar amigas, pero a menudo la rechazaban y pasaba sola los recreos, caminando por la escuela. Ni siquiera sabía cómo acercarse a saludar a una compañera cuando la encontraba fuera de la escuela.

En el verano entre cuarto y quinto grado, nuestra casa estuvo repleta de visitas de parientes y amigos. En un momento, entendí algo maravilloso: mi hija interactuaba perfectamente con todos los niños. Mi hija con un problema social actuaba como si no tuviera ningún problema.

Ese año, quinto grado comenzó de otra manera. Yo renuncié a mi trabajo como "directora social" de mi hija. No me involucré prácticamente en nada de lo que ocurría entre sus compañeras. En cambio, cada vez que la veía desilusionada porque una amiga le había dicho que no o por un paseo al que no la habían invitado, trataba de imaginarla como la había visto en el verano: socialmente integrada y confiando en sí misma.

Ella recibió el mensaje muy rápido.

Ella supo, como si se lo hubiese dicho explícitamente, que era capaz de relacionarse con las niñas de su clase. No tenía que preocuparse por sus limitaciones sociales, porque en verdad no tenía ninguna.

La confianza de mi hija dependía de mi propia confianza.

Llevó un poco de tiempo, un poco de ensayo y error, hasta que lo intentó y logró encontrar a las niñas con las que disfrutaba compartir su tiempo. Hoy ha encontrado su propio equilibrio entre el tiempo que pasa con amigas y el tiempo que pasa con la familia, y es un miembro activo y seguro dentro de su clase.

Lo único que cambió entre cuarto y quinto grado fue su confianza, y su confianza dependía de mi propia confianza.

Cuando yo estaba preocupada por sus "problemas", subconscientemente le decía que ella tenía problemas sociales. Si Mami pensaba que ella tenía problemas sociales, ella no podía confiar en su habilidad para hacerse amigas y fracasaba en sus interacciones sociales. Pero una vez que Mami le dijo que ella podía ser una maravillosa amiga, ella estuvo dispuesta a intentarlo.

La experiencia me enseñó una lección invaluable que desde entonces he aplicado en innumerables situaciones. Si confío que mis hijos pueden manejar una situación, ellos podrán hacerlo con seguridad en sí mismos.

Cuando mi hijo se quejó diciendo que un concurso de estudio era demasiado difícil para su clase y que estaba en un nivel demasiado superior a lo que estaban acostumbrados, yo no llamé al maestro. No involucré al director. Ni siquiera llamé a otras madres para saber cómo se arreglaban sus hijos con el concurso.

En cambio, le sonreí a mi hijo y le pregunté qué estaba haciendo para lograr tener éxito. Llevó algunos días de quejas hasta que mi mensaje fue captado, pero eventualmente ocurrió: "Mami piensa que yo puedo tener éxito en el concurso". Mi confianza generó su propia confianza y eventualmente se sentó a estudiar y llegó a los primeros puestos.

Cuando mis hijos pequeños me piden un destornillador para arreglar el picaporte de la puerta, yo no me rio. Tengo confianza en que ellos pueden arreglar las cosas, y lo hacen. Mi hijo de cinco años es mucho más hábil que yo con un destornillador. (¡Si tan sólo confiara más en mis propias capacidades!)

No sugiero que debas ignorar a tus hijos. A veces tienen problemas que necesitan tu intervención (y por favor, asegúrate que no traten de hacer nada peligroso). A veces vale la pena buscar un consejo o hablar con los maestros, pero incluso al hacerlo, minimiza el problema y enfócate en la capacidad de tu hijo para superarlo. Es posible que ese niño precise aprender habilidades para conversar, pero tú tienes que confiar plenamente que las aprenderá y las aplicará sin dificultad.

Y, por supuesto, cuando nuestros hijos confrontan los desafíos que se les presentan con confianza, nosotros estamos allí para aconsejarlos. Nosotros tenemos experiencia de vida y sabiduría, lo que puede ayudarlos. Pero los ayudamos desde el costado, porque ellos son completamente capaces de enfrentar la situación por sí mismos.

Observamos desde un costado, pero les damos un regalo colosal: el hecho de saber que las personas más significativas de su vida, sus padres, confían en que pueden tener éxito.

Si en un primer momento fracasan, esa confianza les dará la fuerza para volver a intentarlo.

Esta confianza es uno de los mayores regalos que podemos darles a nuestros hijos, porque en la vida no triunfan quienes son más inteligentes, más talentosos o más bellos. Quienes triunfan son los niños que confían en que pueden hacerlo.