Mientras esperaba en la fila de un negocio, vi la siguiente escena desarrollarse frente a mí:

Una niña adolescente había apilado ropas sobre el mostrador. Su madre estaba parada al lado esperando ser atendida por la cobradora.

$434 dólares”, dijo la vendedora.

Su madre se sobresaltó notoriamente. La niña apenas levantó la mirada, estaba ocupada en su iPhone.

¿Estás segura de que quieres eso?”, preguntó la madre.

Su hija hizo explotar un globo de chicle, mirando aún hacia abajo. “Sí”, contestó sin siquiera devolverle la mirada. Estaba enviando mensajes de texto.

Su mamá contó lentamente cada dólar. Su billetera quedó vacía. La vendedora le pasó la bolsa. La joven aún no prestaba atención a la presencia de su madre, mucho menos al regalo de las prendas. Abandonaron la tienda sin intercambiar una sola palabra, ni siquiera una sonrisa. La palabra “gracias” nunca fue dicha.

Me siento triste tanto por la madre como por la hija. Por la madre por haber hecho un esfuerzo tan grande para hacer feliz a su hija y ni siquiera haber sido valorada. Y por la hija por crecer con semejante indiferencia y arrogancia. Están en un camino de irrespetuosidad e infelicidad.

Erradamente equiparamos la adquisición de cosas con la adquisición de amor.

Es nuestra labor como padres enseñarles a nuestros hijos a valorar, a decir gracias y a crecer con personalidad a pesar de las dificultades que enfrentemos tratando de moldear sus almas. Una parte importante de ser padres es fijar límites, obviamente sin dejar de transmitir amor. Comprar más cosas no nos ayuda a llegar al corazón de nuestros hijos.

Muchos padres temen decirles a sus niños cómo vivir o actuar mejor. Tienen miedo de las reacciones de sus hijos, temen que sus hijos no los quieran. Sabiendo que su irrespetuosidad es tolerada, los niños y las niñas simplemente contestan mal o ignoran abiertamente a sus padres.

Los padres también enfrentan un dilema personal que emana de su propia niñez. Como me dijo una madre: “Cuando creces sin algo, quieres que tus hijos lo tengan. Por eso les compras todo lo que quieren”. Erradamente equiparamos la adquisición de cosas con la adquisición de amor, pero en realidad no son lo mismo.

Objetivos de los padres para las Altas Fiestas

A medida que nos acercamos a las Altas Fiestas, debemos reflexionar sobre nuestras vidas. Esta es la época del año en que nos fijamos objetivos personales. Como padres, una actitud de gratitud es una de las características personales que podemos enseñarles a nuestros hijos. La gratitud es la base de un hogar que se construye con respeto. Cuando apreciamos nuestras posesiones y a las personas que nos rodean, cuando los niños están conscientes de que las cosas no aparecen mágicamente en nuestros armarios, llegamos a un nivel de gratitud que no podemos desechar. Llegamos a valorar y respetar tanto a nuestras familias como a nuestras cosas. Tenemos que dejar de dar todo por sentado.

Al preparar a los niños para el nuevo año, tenemos la oportunidad perfecta para cultivar en ellos esta conciencia. Y mientras educamos a nuestros hijos, descubriremos que también nos estamos educando a nosotros mismos.

¿Por qué gratitud?

Se ha descubierto que los niños que son criados con sensibilidad a la gratitud tienen mejores calificaciones y un menor riesgo de caer en depresión, que tienen una mejor actitud hacia la escuela y la familia, y muestran más satisfacción en la vida. También hablan más respetuosamente y cuidan sus cosas debido a que las valoran. No crecen sintiendo que todo les corresponde y siendo arrogantes.

Los adultos agradecidos son más felices, poseen una mayor autoestima y viven con más esperanza, empatía y optimismo.

¿Cómo desarrollamos una actitud de gratitud en nuestro hogar?

Agradecimientos diarios

La gratitud debe convertirse en una parte regular de nuestras vidas. Se nos enseña que debemos comenzar cada día con la plegaria de modé aní, “Te agradezco, Dios, por otro día”. Esto se convierte en una actitud de vida. Dejemos que nuestros niños comiencen su mañana con estas palabras. “Gracias” debería ser una palabra común en nuestro vocabulario. Busca cosas, tanto grandes como pequeñas, por las cuales puedas expresar gratitud. ¿Encontraste rápidamente un lugar para estacionar? ¿La familia cena reunida? Haz que tus hijos oigan tu gratitud. ¿Los niños recibieron calzado y accesorios nuevos para la escuela? ¿Compraste ropa para las festividades? No dejes pasar la oportunidad de que se exprese aprecio por lo recibido. Y si un padre no puede estar en ese momento, que los niños lo llamen y le digan “gracias”.

Termina cada día con tus hijos agradeciéndole a Dios por sus bendiciones.

Una forma hermosa de terminar cada día es enseñarles a tus niños a agradecerle a Dios por sus bendiciones antes de ir a dormir. Ayuda a los niños más pequeños a pensar en personas, vivencias y cosas por las que están agradecidos. Esto se convertirá en un positivo estado de conciencia que los niños cultivarán en su crianza. Agradecer a diario nos lleva a sentir alegría.

Ejemplifica la gratitud

Es inadecuado esperar gratitud sólo por parte de nuestros niños; nosotros también debemos expresar aprecio unos por otros. Los esposos y esposas muchas veces consideran los esfuerzos del otro como algo natural. Llevan los niños a la escuela, preparan la cena, se pasan largos días en la oficina y, después de un tiempo, asumimos que todo esto es lo que se supone que debemos hacer. Cometemos el terrible error de enseñarles a nuestros hijos que nuestra pareja no merece escuchar que valoramos su esfuerzo. Incluso si uno tiene la responsabilidad de traer a casa el salario o de poner una tanda en el lavarropas, no es excusa para que el otro no le agradezca. Asegúrate de verbalizar tus palabras de agradecimiento. Muéstrale a tu familia que valoras y admiras a tu pareja.

Esto también aplica a cualquier persona que tendemos a obviar. El portero, el garzón, el chofer de autobús, la niñera, el tutor de matemática; hay tantas personas a las que les faltamos el respeto ignorando su presencia en nuestra vida.

Enséñales a tus hijos a dar

Los ‘tomadores’ son naturalmente infelices. Siempre esperan más y nunca están satisfechos. Los niños que no hacen del dar una parte importante de su vida, terminan siendo exigentes y arrogantes. Haz que tus hijos colaboren. Deja que participen para que vean el esfuerzo que demanda preparar una ensalada, lavar los platos, poner la mesa y entrar las bolsas de supermercado desde el auto.

Cuando tus hijos crezcan y dejan de usar algunos juguetes o ropa, enséñales a reunir los ítems que fueron usados con cuidado para que otros puedan disfrutarlos. Explícales que hay niños que se sentirán abrigados con su campera o encantados con su bicicleta. Muéstrales que pueden hacer una diferencia en este mundo. Explícales cómo sus cosas tienen valor y significado. Ve cómo crece la gratitud en ellos.

Cuando los padres les dan a sus hijos pequeños empujoncitos para sacarlos de su universo egoísta, las familias aprenden a valorar y apreciarse unos a otros. En lugar de comprar más regalos, esforcémonos este año en convertirnos en una presencia más fuerte en la vida de nuestros hijos. Elijamos ser agradecidos y abramos los ojos de nuestros hijos e hijas a las bendiciones de la vida. Todos seremos más felices y estaremos más satisfechos.