“Hacer nada” está muy devaluado, especialmente cuando hablamos de ser padres.

"¿Nada?", preguntas.

Sí, nada.

Antes de que me mandes al hospital psiquiátrico, déjame aclarar que no estoy proponiendo que no hay que hacer "nada" cuando el pequeño David está corriendo hacia la carretera o cuando está utilizando la cabeza del hermanito recién nacido para practicar tiro al blanco.

Estoy hablando de la idea relativamente nueva (y peculiar) de que los padres "buenos" deben abstenerse constantemente de "involucrarse" o de moldear a su progenie en lo que ellos creen que deben "ser" – por su propio bien, por supuesto.

Esta misión no sólo es insatisfactoria, sino que a menudo es la causa de que nuestra progenie termine adoptando la “crianza de cocodrilos” como su carrera profesional.

Las personalidades de nuestros hijos son más persistentes que una migraña.

A medida que uno profundiza más y más en la biología del cerebro, y en ese elusivo concepto que llamamos "personalidad", uno se podrá dar cuenta que nuestros niños vienen al mundo con una "hoja de ruta". Sus personalidades son más persistentes que una migraña y sólo las circunstancias más extremas pueden alterarlas de raíz. Más allá de eso, no podemos racionalizarlas o hacerlas desaparecer con disciplina.

A pesar del ADN de los mismos padres, cuántas veces nos hemos preguntado “¿De dónde salió eso?” (O hemos culpado a un porfiado gen de la familia de nuestra pareja).

Algunos vienen al mundo siendo dóciles, dulces, flexibles, y permanecen así hasta que se jubilan. Otros estallan a gritos y tienen cuerpos que son máquinas de movimiento perpetuo; éstos son los que buscarán una “nueva ruta a la India” cuando los lleves al parque.

Sin embargo, a pesar de la evidencia tanto científica como anecdótica, los padres a menudo tontamente creemos que tenemos más poder sobre ellos de lo que realmente tenemos. Pero la realidad es que no lo tenemos.

Y peor aún, todo intento de jugar con el "núcleo" – o alma especial – de nuestros hijos sólo lleva a luchas de poder que hacen que la política internacional parezca un juego de niños.

Por supuesto que no podemos simplemente permitirles que destruyan el mundo como si fuesen un huracán, que establezcan sus propias reglas de buena educación, que maltraten o que rijan autoridad, ni que tomen nuestro auto para dar una vuelta después del discurso de "ahora soy un hombre" que hayan dado en su Bar Mitzvá.

El gran desafío aquí es saber cuándo, cómo y cuánto jugar con la madre naturaleza. Lo que funciona, lo que se espera de y lo que es efectivo con Daniela puede muy bien arrojar a Marcos al abismo. Asegurar que seguimos inculcando un comportamiento ético y civilizado mientras trabajamos con – en lugar de en contra de – las diferencias de nuestros hijos, nos presenta un desafío inmenso. Incluso los padres más amorosos admitirán sentirse más "en sintonía" con un niño que con otro, especialmente si "el otro" es más difícil.

Pero igualmente debemos diferenciar. Aceptar la personalidad, las capacidades y la tolerancia de cada niño no sólo es aconsejable, sino crítico para la supervivencia – de ellos y de nosotros. Luego debemos tratar de afilar esos rasgos, tratando de hacer un trabajo a medida para cada niño, y manteniendo en mente que el dicho "menos es más" nunca ha sido más cierto que en el trato con nuestros hijos.

Aquellos de nosotros que tratamos con los niños llamados "difíciles" o "problemáticos" a menudo olvidamos que "el problema" puede ser agravado si tratamos demasiado de "cambiar", "interferir", "moldear" y sí, también "diagnosticar". ¿Cuántas veces hemos temblado por un problema potencial, nos hemos vuelto (a nosotros, a nuestra pareja, a los maestros, a los parientes y a la gente en el supermercado) locos sólo para darnos cuenta de que el problema se encargó de sí mismo? ¿Y cuántas veces hemos interferido sólo para ver que creamos problemas nuevos y peores? Y la situación es peor aún, dado que nuevas teorías y medicamentos han hecho que los padres y algunos médicos hayan creado un mundo de niños sobre-diagnosticados y sobre-medicados que son etiquetados como niños que tienen "trastorno por déficit de atención con hiperactividad”, “dificultades de aprendizaje " y “autismo de alto funcionamiento”. Todo esto a los cinco años de edad.

Consejos para tratar efectivamente con tu "niño difícil"

1: Decide si hay un problema con sabiduría. Hay una diferencia entre "ser diferente" y "tener un trastorno". Si el niño está bien, es relativamente feliz y funcional, y se está desarrollando más o menos como corresponde, las "diferencias" pueden ser un tema de su personalidad.

2: Ten paciencia. Los niños maduran a ritmos diferentes. Un pequeño "problema" a los tres años puede desaparecer cuando tenga ocho.

3: Ve los rasgos de personalidad como neutrales y acepta las diferencias. Ser "terco" puede llevar a la persistencia. Las actividades en soledad pueden llevar a un alto grado de creatividad. Incluso el "enojo" puede llevar al discernimiento y a defender causas nobles. Nuestro trabajo es retocar y guiar, no cambiar.

4: No reacciones exageradamente. El proceso de 'sobre-preocuparse' y 'sobre-dirigir' puede ser nocivo en sí mismo, y puede hacer que el niño sea innecesariamente ansioso y que dañe su auto-imagen.

5: Trabaja con la personalidad del niño. En lugar de pelear en contra de ella, concéntrate en lo positivo al mismo tiempo que rediriges lo "negativo".

El padre que hace sólo lo necesario para a) retocar la personalidad y hacer que sus niños sean más comprensivos, civilizados y persistentes y b) ofrecer oportunidades para que el niño marche a su propio ritmo, es realmente un padre muy sabio.