Yo no soy una persona que usualmente llama a otros padres para acusar a sus hijos.

Cuando veo niños saltando dentro de un coche con el cinturón desabrochado, cruzando la calle solos cuando aparentan ser demasiado pequeños como para hacerlo, trepando a árboles demasiado altos o montando una bicicleta sin casco, por lo general tan sólo respiro profundo, pronuncio una plegaria y me ocupo de mis propios asuntos.

Sin embargo, hace unos años, mi mejor amiga de la secundaria me llamó llorando. La hija de 6 años de su compañera de habitación de la universidad acababa de fallecer en un extraño accidente.

Todo ocurrió en una mañana de diciembre en un tranquilo barrio residencial. Un manto de nieve fresca había caído en silencio durante la noche. La madre (la antigua compañera de habitación de mi amiga) y sus dos niñas de 3 y 6 años, se pusieron alegremente sus ropas de nieve y sus guantes, sacaron los trineos del garaje y salieron rápidamente de casa. En vez de ir a la gran colina cercana, la madre decidió quedarse en casa y dejar que las chicas se deslizaran hacia abajo por la pendiente de la entrada de autos de la casa.

Era una calle tranquila, casi sin tráfico.

Otros niños del barrio hacían lo mismo todo el tiempo y había un montón de coches aparcados a los costados de la calle que los protegían en caso de un deslizamiento improvisto. Además, la entrada de autos de la casa era plana en la parte inferior y por lo general podías detenerte antes de llegar a la calle. Era una calle tranquila, casi sin tráfico, y era muy temprano por la mañana. Y además, tendrían cuidado.

Aun así, dado que la entrada de autos de la casa desembocaba en la calle, la madre estableció la regla de que las niñas sólo podrían tirarse en trineo cuando mamá estuviera parada al final de la pendiente. Esta era una medida de seguridad doble: Por una parte, mamá estaría allí para ayudar a las chicas a detenerse si ellas no podían hacerlo por cuenta propia. Y además, si un coche se acercaba, mamá podría decirles a las chicas que esperaran.

Fue muy divertido.

Pero entonces la pequeña de 3 años sintió deseos de ir al baño. Así que la mamá le dijo a la hija de 6 años que no se tirara en trineo, que se quedara tranquila por unos minutos hasta que mamá volviera. Así que esperó. Sólo que para su mente de 6 años, mami estaba demorándose demasiado. Y, además, no parecía tan peligroso de todos modos. Había visto a otros niños hacerlo.

Así que ella se subió a su trineo.

El conductor era un bondadoso, cuidadoso y totalmente sobrio abuelo de 61 años de edad. Él sólo había salido a comprar el periódico. Y sólo iba a 30 km/h. Y había coches estacionados a lo largo de la calle. Y era tan temprano. Y todo estaba tan tranquilo. E incluso si hubiera habido un montón de niños jugando afuera, ¿acaso él habría pensado que uno de ellos podía deslizarse y terminar justo en frente de su coche?

Él no podía ni siquiera imaginar qué había sido ese fuerte ruido. Y no podía ni siquiera imaginar qué había sido ese bulto que había sentido. Y tampoco podía ni siquiera imaginar por qué una señora gritaba histérica en los escalones frente a la entrada de la casa. Y ahora, no podía entender por qué había salido a comprar el periódico esa mañana.

Consejos no solicitados

Esta semana, cuando pasé frente a una casa en mi barrio con un césped frontal inclinado, y vi a un montón de pequeños audaces tirándose en trineo por la pequeña colina en dirección hacia la calle —sin ningún adulto a la vista—, pensé (no por primera vez) en la posibilidad de meter mi nariz en el asunto.

No es mi trabajo opinar y dar consejos que no fueron solicitados.

No es mi trabajo opinar y dar consejos no solicitados sobre normas de seguridad, elecciones o decisiones sobre diversión y riesgos que toman los otros padres (a pesar del evidente abuso). No tengo el derecho de imponer mis propios miedos sobre los demás. Y además, lo qué pasó con esa pequeña niña fue un accidente en medio de medidas de seguridad. Además, esa confluencia de factores anormales no volvería a darse nunca, ¿verdad?

No me sentía arrogante o moralista. Sólo estaba recordando los rigores del dolor y cómo pueden destruirse vidas. Estaba recordando la sensación de impotencia ante la tragedia.

También consideré lo aguafiestas que puedo ser a veces.

Y en esa tranquila, gloriosa y nevada mañana, pronuncié una plegaria, tomé el teléfono e hice la llamada.