Llegamos al parque a la tarde y encontramos que el pasto estaba sumergido en agua. Un problema técnico había dejado los regadores encendidos todo el día.

Les dije a mis hijos que jugaran sólo donde estaba seco, en los juegos, pero no tomó más de diez minutos hasta que uno de ellos saltó en un charco para ver cómo salpicaba y para que otro tratara de lavarse el cabello.

Ver a mis hijos bañarse con barro desencadenó una reacción instintiva: ¡Aléjense! ¿No les dije que no se acercaran al agua?

Por suerte el sentido común superó al instinto. ¡Hacia un calor de locos (Israel estaba en medio de una ola de calor) y el agua fría era tan divertida! Mis hijos no estaban saltando en el agua para molestarme. Siendo niños normales y sanos, no pudieron superar la tentación de los regadores.

Rápidamente cambié mi política: ahora mami los deja jugar en el agua.

Después de horas de divertidas guerras de agua llegamos a casa mojados y embarrados, listos para bañarnos y con una cantidad enorme de ropa mojada para lavar. Mis hijos van a recordar mucho tiempo lo bien que lo pasaron.

La diversión es importante. Como adultos, “divertirnos” nos recuerda que a pesar del estrés real y de las preocupaciones de una vida madura, el mundo es un buen lugar para estar. Entender esto nos ayuda a bajar los niveles de estrés, incrementar la productividad, estimular la felicidad y mejorar la salud.

La diversión es todavía más importante para los niños, para quienes la diversión y el juego son un medio para aprender sobre su mundo, para entender cómo funcionan las cosas y cómo resolver problemas.

Los padres no siempre reconocen el valor del juego y de la diversión, y a veces incluso malinterpretan estas actividades como insolencia o desobediencia. Debido a que nos sentimos ofendidos, atacamos instintivamente con gritos: “¡Deja de hacer eso ahora mismo!” o “¡Sal de ahí!”

Una vez que dejamos a un lado nuestros sentimientos de insulto, somos capaces de entender mejor por qué nuestros hijos hacen lo que hacen.

Mi hijo pequeño desparramó tres bolsas de harina y dos de azúcar. Él no estaba expresando su enojo hacia su madre, que justo soy yo. A él simplemente le gusta sentir la harina y el azúcar debajo de sus pies. Mi hijo de 5 años no hace hoyos en la pared de la casa porque está molesto; simplemente intenta arreglar el estante roto. Mi hijo no escala por la parte externa del tobogán en vez de deslizarse por dentro porque es osado; simplemente es demasiado pequeño para entender los riesgos de una caída desde esa altura.

Una vez que evaluamos objetivamente la situación, nos resulta más fácil regular nuestra reacción. En vez de enojarnos o irritarnos con el juego creativo de nuestros hijos, podemos reírnos, ver cuán adorables son y luego decidir si debemos dejarlos continuar divirtiéndose o si hay alguna razón para detenerlos.

¿Su pintura con los dedos está pasando del papel al suelo? Mmmm… Sólo se están divirtiendo y disfrutando una experiencia sensorial. No es necesario enojarse. Cuando terminen de pintar ellos ayudarán a limpiar el piso.

¿Están moviendo pesados ladrillos para crear una fogata? Mmmm… Se están divirtiendo y aprendiendo a confiar en sus mentes para crear y producir, pero mejor los detengo antes de que a alguien le caiga un ladrillo en el pie.

¿Están cantando a los gritos debajo de la lluvia? Hace calor, nadie se va a enfermar. Voy a buscar un paraguas y también voy a cantar.

Reconocer que nuestros hijos sólo tratan de divertirse tiene muchos beneficios para toda la familia. A fin de cuentas, ¿no es cierto que todos los padres desean un hogar feliz? Cuando los niños no tienen que cuestionar cada cosa que hacen porque están preocupados de la reacción de sus padres, son más creativos, más independientes y mucho más felices.

Los beneficios también son positivos para nosotros. Cuando dejamos que nuestros hijos se diviertan, tendemos a dejar que nos atraiga el juego. ¿Por qué no saltar también en medio de los regadores? Incluso si no los acompañamos, nos reímos con ellos y les tomamos fotografías. Disfrutamos de sus juegos y aumentamos nuestro nivel de positivismo y felicidad.


Fotografía de Cao Lanh, Unsplash