Hace años, cuando comencé mi carrera en educación, fui maestra de una niña en su último año de escuela secundaria. Era la hija de un doctor, venía de una buena familia, tenía muchas amigas, obtenía notas excelentes y no se comportaba con jutzpá. Una noche fue arrestada junto a su novio universitario mientras él le vendía narcóticos a un policía encubierto.

Me enteré al día siguiente en la escuela y me sorprendí mucho. También me enteré que sus padres, quienes podían costear la fianza sin esfuerzo, habían elegido no hacerlo y se rumoreaba que ni siquiera la iban a ir a visitar.

Sus padres no iban a pagar la fianza ni a visitarla.

Yo quedé perpleja. En ese entonces era una maestra joven, aún no era madre y estaba estudiando para obtener un posgrado como consejera. Comencé a visitar a mi estudiante en la cárcel, llevándole libros y tareas como una excusa para pasar tiempo con ella y hablarle durante lo que terminó siendo dos semanas detrás de las rejas.

Sentada en su celda, vestida en el traje naranja tradicional, gradualmente aceptó la idea de que sus padres no la rescatarían (al menos no de inmediato). También tuvo que pensar en por qué ni siquiera la irían a visitar. Tenía que pensar en este supuesto novio. Tenía que pensar en que su gran sueño universitario se le estaba escapando para siempre. Tenía que pensar en lo que había hecho y en la situación en la que se había puesto.

Detrás de escena y sin que la hija o yo lo supiéramos, los padres estaban luchando para hacer lo mejor posible para ella. Estaban consultando día y noche con profesionales y habían contratado a un buen abogado que posteriormente logró argumentar que la chica merecía libertad condicional por esta primera ofensa, dada su edad, su falta de antecedentes criminales y la confirmación del policía encubierto de que no había sido parte de la venta. Ella pudo volver a la escuela y luego asistir a la universidad.

Durante el pasar de los años pensé muchas veces en esta niña y en sus padres, y concluí que los padres tomaron la decisión correcta. Habían logrado encontrar el balance adecuado en una situación muy compleja para ayudar a salvar la vida de su hija.

¿Cuántos padres hubieran hecho lo que hicieron los suyos? La mayoría de nosotros hubiera reaccionado con amor y lágrimas. Nuestra reacción natural hubiese sido visitar a nuestra hija todos los días en la cárcel, asegurándonos de que estuviera comiendo adecuadamente, que la celda no fuera ni demasiado fría ni demasiado caliente y le hubiéramos hecho saber lo mucho que la amamos. Algunos de nosotros nos habríamos enfocado sólo en las virtudes de nuestra hija, ignorando el problema obvio (que nuestra hija eligiera a un vendedor de drogas como novio y participara en sus actividades criminales). Pero todo padre que hubiese reaccionado de esa manera habría negado por completo la realidad. En momentos como ese, llenar de mimos no es la forma más constructiva de ayudar a una joven en sus años formativos.

Por otro lado, algunos de nosotros podríamos haber disciplinado a nuestra hija con dureza. Podríamos haber tomado la postura de que, como había violado la ley, cualquier castigo que la justicia dictara era merecido. Ella no nos merece como padres, mostró una absoluta falta de consideración por nosotros en lo que hizo y, por lo tanto, nos perdió. Que se consiga un defensor público. No nos involucraremos en este asunto.

Afortunadamente para mi estudiante, sus padres eligieron hacer algo mucho más sabio. Puede que hayan vacilado entre esos dos extremos en sus discusiones privadas, mientras estaban en medio de la tormenta tratando de resolver la crisis. Pero, en lugar de elegir una postura amorosa o disciplinaria, encontraron una manera de fusionar su amor y preocupación por su hija con la conciencia de que necesitaba aprender algunas lecciones de vida a partir de este incidente. Buscaron guía profesional para descubrir el mensaje que su hija necesitaba oír para decidir por cuenta propia los cambios que necesitaba hacer en su vida.

Sus padres encontraron el balance adecuado entre amor y disciplina.

Imagino que tuvieron que esforzarse mucho para contener tanto su deseo de protegerla con una lluvia de amor como de gritarle con enojo y frustración (por no decir desilusión y tristeza).

Demostraron una reacción mucho más pensada, buscando alcanzar el balance correcto entre amor y disciplina, actuando por el bien de su hija. En el corto plazo, puede que a ella no le haya gustado estar sola en una celda, pero en el largo, la estrategia le salvó la vida.

Balance y contención

A menudo pienso en esos padres durante las siete semanas entre las festividades de Pésaj y Shavuot, un período de tiempo conocido como Sefirat HaÓmer, la Cuenta del Ómer. Durante este tiempo, tratamos de mejorar nuestros rasgos de personalidad. En cada una de las semanas trabajamos en un rasgo diferente, empezando con jésed (amor/bondad), siguiendo con guevurá (disciplina/contención), tiféret (armonía/balance), nétzaj (determinación/resistencia), hod (humildad/agradecimiento), yesod (fundación/conexión) y terminando con maljut (dignidad/nobleza). Cada día examinamos un rasgo en particular y cómo se relaciona con los otros.

Los padres en la historia que relatamos siempre me parecieron el ejemplo perfecto de tiféret shebeguevurá, de armonía/balance combinado con disciplina/contención.

Tiféret shebeguevurá nos lleva a utilizar la disciplina/contención (primero y principal) con la cantidad apropiada de armonía/balance de manera de corregir la acción en cualquier situación que involucre a nuestra familia. Tiféret shebeguevurá nos permite eso para demostrar que nos importa, que estamos dispuestos a invertir tiempo y esfuerzo para ayudar a nuestros seres amados a alcanzar su máximo potencial, al tiempo que tratamos con todo comportamiento negativo de manera constructiva y efectiva.

Saber cómo lograr esto requiere sabiduría, paciencia y humildad, pero es esencial. Suavizar la disciplina con armonía produce una respuesta balanceada que, al final, es la mejor para todas las partes.

Estas son algunas de las soluciones y herramientas para padres que se encuentran en la Torá. La cuenta de 49 días del Ómer ofrece un firewall para proteger a nuestra familia de esos peligros, al tiempo que mejora nuestra vida. El antídoto de Dios para lo que nos aflige es el increíble regalo espiritual de contar y entender el contexto de cada día de la cuenta, particularmente internalizando los siete rasgos y sus 49 combinaciones, que Dios utilizó cuando creó el mundo. La familia que se comunica y le dedica tiempo a discutir en conjunto la importancia de cada día de la cuenta del Ómer (y el rasgo correspondiente de la combinación) eventualmente se unirá, fortalecerá y será más feliz, calma y balanceada.

Permítanme sugerir algunos temas de discusión:

Los adultos pueden preguntarse a sí mismos:

  • ¿Estoy, ahora mismo, confrontando una situación familiar con demasiada o demasiada poca disciplina/contención? ¿Cómo puedo aplicar la armonía y el balance para ser más efectivo/a?

  • Mientras reflexiono sobre mi vida, ¿hubo algún momento en que mis padres fueron demasiado sobreprotectores o controladores conmigo (lo que causa que yo reaccione negativamente) o, por el otro lado, demasiado permisivos e indulgentes (lo que causa que me aproveche demasiado)? ¿Hubiera sido mejor que ellos me disciplinaran o que reprimieran mis rasgos negativos? ¿Cómo puedo asegurarme de no repetir este error con mis propios hijos?

  • ¿Hay alguien que viole regularmente mis límites personales? ¿Qué haré para hacerle saber a esta persona que espero un cierto nivel de tiféret shebeguevurá en nuestra relación?

Los hijos (con la ayuda de sus padres) se pueden preguntar a sí mismos:

  • Cuando me comporto mal, ¿mis padres me disciplinan o dejan que me salga con la mía? ¿Qué sería lo mejor para mí?

  • ¿Cuál es un rasgo negativo que tengo ahora y me gustaría cambiar? Por ejemplo, ¿soy malcriado, egoísta, caprichoso, perezoso, ansioso, inseguro o enojón? ¿Estoy dispuesto a hablar de esto con mis padres y a pedirles sugerencias sobre cómo podría cambiar antes de que las cosas empeoren y afecten mis amistades? ¿O temo hablar con ellos por la posibilidad de que reaccionen con demasiada fuerza?

  • ¿Me peleo a menudo? ¿Cómo puedo actuar y reaccionar de manera más balanceada para no discutir y pelear tanto?

“Difícil” es una palabra suave para describir lo que significa ser padre hoy en día. Criar niños en el siglo 21 es un desafío que las generaciones anteriores no enfrentaron. Gracias a Dios, tenemos herramientas maravillosas como estas, imbuidas con la sabiduría de la Torá y guía práctica para ayudarnos a navegar las traicioneras aguas del mundo moderno.