— ¿Cuánto es siete más cuatro?

— ¿Once? —respondí con cautela.

— ¿Cuánto es ocho más tres? —me pregunta nuevamente mi sobrino Jason.

— ¿Once? —respondo con curiosidad.

— ¿¡Cuánto es seis más cuatro!? —grita Jason.

— ¡Diez! —le respondo y comienzo a sentirme bastante impresionado de mí mismo.

Cuando mi hija Hadasa y yo llegamos a visitarlo a su casa, Jason camina de un lado a otro, agitado.

Su agitación se manifiesta con más problemas matemáticos. Siete más dos. Ocho más cinco. Nueve más cuatro. De un lado a otro.

— ¿Quién es tu maestra de teatro? —gruñe Jason.

A medida que mis ojos se abren y mis hombros comienzan a encogerse, Jason sube el volumen y su pregunta es más urgente.

— ¿QUIÉN ES TU MAESTRA DE TEATRO?

Gentilmente, mi cuñada, Andrea, me explica: “Quiere que tú le preguntes quien es SU maestra de teatro”.

— ¡Ah! Jason, ¿quién es tu maestra de teatro? —le pregunto.

— ¡LA SEÑORITA LORI! —canta mientras se va brincado emocionado a la cocina.

Mi sobrino Jason es autista. Tiene 17 años, la misma edad que mi hija mayor.

No veo a Jason a menudo, porque vive con sus padres en Maryland. De hecho, pasaron muchos años desde que estuve con él una cantidad de tiempo significativa. Para Jason viajar es imposible. Cualquier cambio de rutina lo afecta terriblemente. Mi hermano David y su esposa Andrea, le presentaron a Jason a cada uno de mis hijos a través de fotografías familiares. Jason aprendió a recitar los nombres de cada uno de sus siete primos. Y aunque pasó mucho tiempo desde que nos vimos, él sabe que yo soy su “Tío Mike”.

David y Andrea nos reciben a Hadasa y a mí en su comedor. Sólo tenemos dos horas antes de partir al aeropuerto, no un tiempo particularmente largo para disfrutar el reencuentro con la familia. Pero mientras nos acomodamos en nuestros asientos, queda claro que esas dos horas juntos no serán en absoluto para conectarnos. David y Andrea no tienen ese lujo. Jason necesita supervisión constante, y debido a que hay visitas en su casa, Jason también necesita instrucción y dirección adicional. Las personas nuevas lo agitan y a veces lo ponen nervioso, por lo que sus padres tienen que esforzarse mucho para tranquilizarlo.

Jason, un joven alto y sorprendentemente fuerte, se pasa las dos horas andando en bicicleta entre el comedor, la cocina y el cuarto de juegos. Ladra, canta y grita. De un lado a otro. Adentro y afuera. Vueltas y más vuelta. Con mucho ruido. Sin parar.

Yo observo. Observo a David y Andrea, quienes no pueden pasar más que unos pocos momentos en la mesa. Observo como Jason chilla, grita, empuja y camina. Observo los abrazos y los suaves contactos que le dan David y Andrea. Observo su comportamiento calmado y cariñoso. Observo su paciencia. Escucho sus palabras reconfortantes. Y estoy profunda e indescriptiblemente asombrado.

No soy un novato educando niños, conozco lo que es el ruido y el caos.

Con mi esposa tenemos siete hijos, cuatro todavía viven en casa.

Además, soy pediatra. Todos los días estoy rodeado de bebés que lloran, niños enojados y padres ansiosos.

Trato a muchas familias con niños en el espectro autista y, hasta ahora, logré engañarme y pensar que acompañaba a esas familias en el frente de batalla; pensaba que, de alguna forma, yo sabía lo que implica criar a un niño autista.

Nunca podemos entender los desafíos de los demás, ni podemos juzgar cómo reaccionan, se ven consumidos o trabajan para superar esos desafíos.

Pero después de dos horas con Jason, me siento avergonzado de cuán equivocado estaba. Tengo que ser honesto: después de esas dos largas horas, no veía la hora de partir. No puedo evitar reconocer ante mí mismo que si Jason fuera mi hijo yo sería demasiado egoísta, impaciente e intolerante como para sobrevivir.

Pero de alguna manera, mi hermano y su esposa no sólo sobreviven con Jason, sino que lo educan… activa e intencionalmente. Ellos lo guían con empatía, con amor y bondad. Lo guían con sonrisas y preocupación. Lo guían con: “¿Quién es tu maestra de teatro, Jason?”, “¿Cuánto es ocho más cuatro, Jason?” y “¿Quién te quiere más que nadie, Jason?”

De alguna forma, Jason recibió los padres que necesitaba. Y yo recibí la perspectiva que necesitaba para ayudarme a comprender a las familias que atiendo. La perspectiva de que nunca podemos entender los desafíos de los demás, ni podemos juzgar cómo ellos reaccionan, se ven consumidos o trabajan para superar esos desafíos.

Pero podemos observar a aquellos que son más pacientes, más amables y más altruistas que nosotros y podemos aprender de su grandeza.