El domingo llevamos al aeropuerto a mi hijo Yona, de dieciocho años. Él se tomó un año sabático después de graduarse de la escuela secundaria y pasará dos semestres en Israel. Tomará clases, hará pasantías, paseará por Israel y se descubrirá a sí mismo.

Después de abrazar a Yona, mi esposa miró a mis hijas (Janá de 13 años y Mia Sará, de 5) y les dijo, “Ustedes no se van a ningún lado. ¡Ustedes van a estudiar cerca de casa!". Sentí que compartía sus sentimientos. Intelectualmente, sabemos que nuestros hijos crecerán, pero queremos retardar el proceso lo más posible. De todos modos, sabemos que ese día llegará y lo único que podemos hacer es pasar con ellos la mayor cantidad de tiempo posible mientras todavía viven bajo el mismo techo. Cuando llega el momento en que tienen que partir, simplemente uno no quiere dejarlos ir.

Después de dejar a Yona, con mi esposa llevamos a nuestras hijas a comer a un restaurante y ahogué mi tristeza en un plato gigante de pasta y un helado (Casi nunca como ninguna de las dos cosas. Fue un momento de debilidad).

Cuando tus hijos se van de casa, de alguna forma tienes la oportunidad de mirar hacia atrás y ver tu vida a través de lentes diferentes. Comienzas a preguntarte si pasaste suficiente tiempo con ellos. Antes de que Yona abordara el avión, intercambiamos cartas (fue idea de él). Mi esposa y yo le escribimos una carta y él nos escribió una a nosotros y a sus hermanas. En su carta había un párrafo que me llenó los ojos de lágrimas:

Gracias por usar tu tiempo conmigo para crear increíbles recuerdos mientras equilibrabas todo lo demás que hacías… Hace un tiempo leíste un libro sobre Warren Buffett. En ese libro contaban que Warren deseaba haber pasado más tiempo con sus hijos. Te preocupó no haber pasado suficiente tiempo conmigo. No te preocupes, felizmente puedo decir que fuiste y eres un gran padre. En toda mi vida nunca sentí que no pasaras suficiente tiempo conmigo.

Esto está por encima de cualquier otra cosa que haya logrado en mi vida. Todo lo demás parece temporal e insignificante. Recuerdo cuando Yona tenía unos pocos años, sostuve su pequeña manito y pensé: “¿Cómo va a ser cuando crezca?” Traté de imaginármelo como un adulto, pero no lo logré. Ahora veo un adulto de 1.80 de altura, con una voz grave, un excelente sentido del humor, el cabello rizado y un corazón bondadoso.

Miro a mis dos niñas e intento imaginarlas cuando crezcan. Al igual que pasó con Yona, no puedo hacerlo. Pero crecerán. Me quedan sólo cinco y trece años más hasta que Janá y Mia Sará se vayan de casa. Aunque parece muy lejano, el tiempo pasará volando, como ocurrió con Yona.

Ahora quiero ponerme una expectativa más elevada para cuando paso tiempo con mis hijas. Leí que “la atención es la moneda del tiempo”. Al pasar tiempo con mis hijas, quiero asegurarme de estar 100% presente, no pensar en la bolsa de valores ni en el libro que acabo de leer, sino brindarles mi atención completa.