El coronavirus provocó un gran cambio en la forma que educamos a nuestros hijos. Las escuelas adoptaron el aprendizaje a través de Zoom desde la comodidad de nuestros hogares. En la primera semana de abril, Reuters informó que los usuarios diarios de Zoom se habían incrementado a más de 200 millones, a partir de lo que antes era un máximo de 10 millones. El cambio puso a los padres en acción. La adaptación abarcó desde pensar cómo establecer el espacio adecuado para cada niño a comprar otras Tablets o computadoras para permitir que varios hermanos estudien de forma simultánea. Para algunos padres esto funcionó, para otros sólo fue una fuente de mucho estrés y un desastre.

Pero hay un aspecto todavía más importante del proceso educativo en el hogar que sufrió un enorme cambio. Se trata de algo que por lo general descuidamos.

El hecho de que los niños estén todo el día en casa implica que pasan todavía más tiempo que antes alrededor de sus padres. La palabra en hebreo para referirse a alguien que influye sobre otros es mashpia. Esta palabra deriva de la raíz shipúa, que significa un 'declive'. El efecto de quien influye sobre otro puede compararse con el agua que cae desde un tejado hacia la tierra, es decir, que es algo automático, más allá de las consecuencias que deseemos a través de palabras o actos específicos.

Si la situación actual da como resultado que los niños aprendan menos material de lo que hubieran aprendido en la escuela, no hay ningún problema. Tienen el resto de sus vidas para recibir esa información. Pero es muy diferente en relación a la influencia de los padres. Al observar a los padres, los niños aprenden patrones de comportamiento, especialmente al ver cómo interactúan entre ellos. Cómo tener un desacuerdo, cómo respetar y tener una relación sana, esto lo aprenden al observar tus interacciones con tu esposo/a. Si tu conducta y tus interacciones durante este período estresante no son suaves, entonces las lecciones que los niños absorberán serán negativas y muy difíciles de cambiar en el futuro. Por otro lado, si ustedes navegan la tormenta con calma, tus hijos aprenderán importantes herramientas necesarias para enfrentar los futuros desafíos que tengan en la vida.

Si quieres enseñarles a tus hijos a respetarte, en el hogar debe haber un espíritu de respeto.

No hay ningún problema, e incluso es sano, que los hijos vean que sus padres tienen desacuerdos. Pero el desacuerdo debe ser con amor y con una actitud positiva. Ser testigos de esa interacción le enseña al niño que es importante validar y respetar la opinión del otro, y que está bien no estar de acuerdo de una forma respetuosa. Si quieres enseñarles a tus hijos a respetarte, en el hogar debe haber un espíritu de respeto. Ver cómo ustedes respetan la opinión del otro los llevará a respetarte todavía más.

Sin embargo, si los niños escuchan a sus padres tratarse mal y manifestar resentimiento hacia el otro, considerarán que esa es la prescripción respecto a cómo se solucionan los problemas.

Observarte interactuar con tu pareja también prepara a los niños para sus propios matrimonios en el futuro. Un matrimonio exitoso requiere que la pareja sea flexible, afectuosa, y empática con el otro. La mejor forma de nutrir estas cualidades personales en nuestros hijos es fijar continuamente el ejemplo de esas cualidades para que puedan observarlas y absorberlas día tras día.

Por ejemplo, cuando les decimos a nuestros hijos: “Hago esto porque sé que hace feliz a tu madre/padre”, o cuando ven que sacrificas tiempo y esfuerzo (con una sonrisa) para alegrar a tu esposa/o, entonces les provees una gran lección. Mucho más valiosa que cualquier clase por Zoom.

También es crucial hablar frecuentemente con tus hijos sobre las cosas maravillosas que tu pareja hace por la familia. Enséñales a resaltar áreas específicas en las cuales tu esposa/o los ayuda y aliéntalos a articular y expresar su valoración por esas cosas. (Una forma fácil de enseñarles a los niños el arte de la gratitud es a través de un proyecto para escribir tarjetas).

Vivimos un momento lleno de oportunidades. Reflexionar sobre la fuerza de nuestro impacto cotidiano sobre nuestros hijos —y mejorar nuestros esfuerzos— puede llegar a ser la mayor bendición de nuestra familia.