Pregúntale a tus amigos cuáles son las tres metas más importantes como padres y te aseguro que la mayoría incluirá “Quiero que mis hijos sean felices”. Tiene sentido. ¿Quién no quiere que sus hijos sean felices? Pero hay un pequeño problema: los padres no pueden hacer a sus hijos felices.

No está en nuestro poder asegurar que todo funcionará para ellos. No lo puedes salvar de sus compañeros, profesores o equipo, sin hablar siquiera de sus hermanos.

Tampoco lo puedes salvar de su propio cuerpo o mente. Tu hijo puede tener todo tipo de temas a tratar, desde desafíos de salud física hasta retos de salud mental, o desafíos de aprendizaje. No puedes determinar el “punto de ajuste” emocional de tu hijo – la disposición anímica que tu hijo experimentará a lo largo de su vida. Si tu hijo nació “brillante como el sol” genial. Pero también puede haber nacido con una tendencia a “nube oscura”. Él puede ser propenso a la irritabilidad, al mal humor y a otras formas de negatividad natural.

Sin importar cuan excelente sea tu desempeño como padre, tu hijo puede sufrir una gama de diferentes grados de depresión o ansiedad o alguna otra condición que le puede robar la alegría. Y a pesar de que puedas introducir a tu hijo en todo tipo de intervenciones que lo pueden sacar de su embrollo, él tiene libre albedrío. Incluso si él coopera, será a su propio ritmo. Él está en su propio viaje, al igual que lo estamos todos.

¿Si pudieras garantizarle a tu hijo una vida de felicidad, te gustaría hacerlo?

E incluso si pudieras garantizarle una vida de felicidad, ¿Te gustaría hacerlo? Los desafíos de la vida le enseñan a nuestros hijos a lidiar con la frustración y la adversidad. Los desafíos desarrollan nuestro carácter y la profundidad personal.

La sabiduría llega a través de los constantes desafíos. Puede ser que no busquemos pro-activamente este tipo de situaciones difíciles, pero Dios nos pone frente a muchas situaciones en la vida que nos hacen indagar más profundamente en nosotros mismos, transformándonos en “sabios” verdaderamente. Desde la decepción menor hasta las dificultades personales más grandes, todos los seres humanos experimentamos el lado doloroso de la vida. Sin excepción. Pero este lado oscuro de la vida no es completamente oscuro; de hecho, está matizado con luz.

Las personas generalmente están agradecidas por los desafíos que los han incitado a materializar sus fuerzas internas. Ellos saben que no habrían alcanzado su potencial sin atravesar esas dificultades tan intensas.

¿Significa esto, de alguna manera, que queremos que nuestros hijos sufran? Absolutamente no. Nuestros instintos nos llaman a salvarlos del dolor. ¡No estoy sugiriendo que traumaticemos a nuestros pequeños para elevarlos a las más grandes alturas del desarrollo! Todo lo que digo es que cuando nuestros hijos sufren, como inevitablemente ocurre, debemos al menos reconocer algunos de los beneficios de esta llamada experiencia “negativa”.

Reconociendo el valor escondido dentro de estas crisis, podemos apreciar que una dieta de felicidad exclusiva, sin importar cuan llamativa sea, puede no ser la mejor cosa para nuestros hijos. Dentro de esa dieta, ellos no pueden llegar a materializar sus máximos potenciales.

En última instancia, es responsabilidad del niño encontrar la felicidad a través de sus propios esfuerzos.

¿Entonces qué es lo que está bajo tu control cuando se trata de ser padre?

Tú puedes proveerle a tu hijo un modelo a seguir de cómo enfrentar los desafíos de la vida. Puedes aprender técnicas para sacar a la luz lo mejor de tu hijo y trabajar en ponerlas en práctica. Puedes trabajar en tu propio desarrollo personal y en tu salud mental. Puedes trabajar en proveerle a tu hijo un hogar estable donde pueda crecer. Puedes darle a tu hijo oportunidades para desarrollar habilidades y aptitudes a través de distintos ambientes sociales, educacionales y espirituales. Puedes trabajar en tu matrimonio y enseñarle a tu hijo valores. Puedes introducir en tu hijo la sabiduría del judaísmo como una fuente de recursos para su viaje. Puedes rezar por el bienestar de tu hijo y enseñarle a rezar a él también.

Dios quiere que cada uno de nosotros haga su propio trabajo. Es la responsabilidad del niño hacer su trabajo también, encontrar la felicidad a través de sus propios esfuerzos. La verdadera felicidad viene de nuestro profundo desarrollo. Ninguna cantidad de juguetes o de fama satisface el alma. Sino que, sobrepasar los desafíos, hacerse más sabio, conectar con otros seres humanos, hacer contribuciones significativas, hacer actos de bondad y conectarnos con nuestra fuente – esas son las actividades que al final nos darán – a nosotros y a nuestros hijos – verdadera felicidad.