A pesar de que mi madre y mis hijas se encuentran entre mis mejores amigas, una vez tuvimos un fiasco para el día de la madre.

Habíamos ido a almorzar en un bello restaurante en Manhattan. Era un día maravilloso. Pero yo tenía hijos adolescentes que no estaban satisfechos y se quejaban de sus celulares, de sus escuelas, de su ropa, etc. Mi madre simpatizaba con ellos, como lo haría cualquier abuela. Entonces estallaron en la mesa algunas discusiones justo cuando el camarero se acercó a tomar nuestro pedido.

Un adulto hizo un comentario insultante sobre la carrera de otro. Uno de los niños declaró que él no tenía hambre y sólo quería una gaseosa; uno de los abuelos le dijo que de todos modos debía pedir algo para comer. Entonces otro adulto se pidió un cóctel margarita, a pesar de que todavía ni siquiera era el mediodía, lo que obtuvo una mirada de desaprobación de su padre que estaba al otro lado de la mesa. "Soy un adulto, puedo pedir un trago cuando quiero un trago", anunció y el camarero se quedó estático, sin saber qué escribir en el pedido.

Entonces uno de los adolescentes dijo: "Y yo soy casi un adulto, por lo que debería poder comprarme el teléfono que deseo".

Yo me disculpé con el camarero:

—Por lo general no celebramos de esta forma el día de la madre. Debes pensar que estamos locos.

—No se preocupen. Vi esto todo el día, debe haber algo en el aire —respondió el camarero.

Nos llevó un tiempo recuperarnos de ese almuerzo, pero fuimos afortunados, porque teníamos una relación sólida que podía soportar una estresante mañana de domingo. La familia es familia incluso si a veces es difícil. Yo no esperaba que la maternidad se limitara a ramos de flores y almuerzos con champagne. Sé que convertirme en madre fue la decisión más difícil que tomé en mi vida. Pero también es la mejor decisión que he tomado.

En los peores momentos de la pandemia, hubo días en los que me cuestioné casi todo. Cuestioné mi elección de carrera. Cuestioné dónde vivo. Cuestioné creencias, ideas y suposiciones que adopté hace mucho tiempo. Pero hay algo que nunca cuestioné ni en los días más difíciles, y eso fue el amor y el agradecimiento que tengo por mis hijos.

Observar a todos mis hijos jugar y reír en la cocina después de la cena no era algo que se podía dar por sentado.

Durante la cuarentena murmuré un sincero "gracias" cada mañana que todos mis hijos seguían estando en casa. En un mundo repleto de tanta incertidumbre y dolor, había una cosa que sabía con certeza. Observar a todos mis hijos jugar y reír en la cocina después de la cena no era algo que se podía dar por sentado. Eso me llevó a pensar en las cosas que la maternidad me enseñó a lo largo de los años.

Humildad. Como padres, podemos hacer todo bien y a pesar de eso que todo salga mal. También puedes hacer todo mal y que todo salga bien.

La maternidad me enseño el verdadero significado de la humildad. Cometí errores y aprendí a admitir que me equivoqué. Aprendí a decir que no sé cuando no sé. Aprendí a dejar pasar las cosas cuando la vida no cumple con mis expectativas. Aprendí que no puedo controlar lo que sucede, pero puedo controlarme a mí misma. Aprendí que no siempre puedo lograr que mis hijos se sientan entendidos, pero puedo esforzarme al máximo para entenderlos. No siempre puedo hacer que estén felices, pero siempre puedo hacerles saber que son amados.

Humildad es aprender a valorar nuestras relaciones sin necesitar que sean perfectas.

Resistencia. En los últimos kilómetros de la maratón de Boston, no sabía cómo iba a lograr dar otro paso. Ya llevaba tres horas corriendo bajo la lluvia helada y se me escapaban las últimas gotas de energía. Pero la fuerza interna que me permitió llegar a la línea final no se debió a los meses de entrenamiento que había pasado antes de la maratón ni a las mañanas que me levanté a las 4 de la madrugada. En cambio, me di cuenta que estaba pensando en el nacimiento de cada uno de mis hijos.

La maravilla en los ojos del recién nacido. El asombro que sentí al observar sus diminutos dedos. Me faltaban 5 millas, y cada una de ellas la dediqué a uno de mis hijos. A los bebés que eran y las maravillosas personas en que se habían convertido. Sus primeros pasos y sus primeras palabras. Sus primeros días de escuela y sus graduaciones y todos los momentos importantes en el medio. Por ellos podía soportar miles de noches sin dormir y miles de kilómetros hasta llegar a la línea final. Más que nada, la maternidad me enseñó que cuando pienso que no puedo seguir adelante, puedo hacerlo.

Gratitud. Ser madre me enseñó una clase muy especial de gratitud. Gratitud cuando me despierto en la mañana y tengo el privilegio de preparar el desayuno de mis hijos. Gratitud cuando levanto el teléfono y escucho la voz de mi hija desde la universidad. Gratitud por ser capaz de crear un hogar que no es perfecto, pero es seguro, cálido y repleto de amor. Ser madre me enseñó que estas no son cosas pequeñas. Tener una familia toda junta no es poca cosa. Tener hijos sanos, que crecen, no es poca cosa. Tener tanto el privilegio como la responsabilidad de educar hijos en este mundo no es poca cosa. Es un milagro tan impresionante que hay días en los que ni siquiera puedo comenzar a captarlo.

Le agradezco a Dios por mi madre, por mis hijos y por el milagro de la maternidad. Le agradezco a Dios por el milagro de la familia, incluso si eso implica algunos almuerzos locos, con o sin flores.