Gracias a Dios, nuestras vidas están ocupadas con cosas buenas. Pero en el proceso de criar a cuatro niños pequeños solía sentirme en ocasiones más como un operador de cinta transportadora que como una madre. Movía a mis hijos desde vestirse para la escuela hacia hacer la tarea, y luego desde el baño hacia la cama, apenas conectándome con ellos debido a nuestras ocupadas agendas. Entonces me tropecé con una idea que cambiaría todo eso, gracias a una saludable dosis de falta de sueño. Déjenme explicar.

Mi hijo de 3 años, Meir, estaba jugando felizmente con sus Legos cuando repentinamente fue presa de un terror paralizante. Tiró sus Legos y corrió hacia mí, gritando, “¡Mami, mami!”; agarró mi falda con tanta fuerza que sus pequeños nudillos se pusieron blancos.

—¿Qué pasa Meir? ¿Qué te molesta?, le pregunté con la voz más calmada posible.

—Todo está girando.

Yo sabía que eso era lo que él me respondería. Era lo mismo que me había dicho durante el último año, período en que estos episodios de mareo se habían tornado cada vez más frecuentes y difíciles de comprender. Miré a Meir a los ojos, tal como me había enseñado el doctor. Escuché su respiración y sentí su pulso. Revisé esto y lo otro. Pero no, no se veía como un ataque epiléptico, tampoco como una migraña o un mareo. ¿Qué le molestaba?

Sin poder hacer nada, abracé a mi dulce bebé en la seguridad de mis brazos por un minuto o más hasta que el mareo lo dejó. Recé en silencio que mi pequeño se liberara de estos inexplicables y aterrantes ataques. Luego él quitó mis brazos, se bajó de mi regazo y regresó felizmente a su juego.

Estos episodios se habían convertido en algo normal durante el último año. Meir era presa de un repentino y paralizante mareo que siempre describía como “girando”. Podía ser que la habitación estaba girando, el auto estaba girando o su cama estaba girando. Los episodios en un inicio le daban alrededor de una vez al mes, pero a medida que se fueron haciendo más frecuentes así también lo hicieron nuestras visitas al pediatra y eventualmente a un neurólogo en búsqueda de respuestas. Meir ahora insistía en dormir en el suelo por miedo a que su cama “girara” durante la noche.

Gracias a Dios los exámenes iniciales salieron bien. No era una enfermedad terrible, pero no era una simple infección de oídos ni un problema de presión en la sangre.

Necesitaba mantener a un niño de tres años despierto al menos hasta las 3 a.m., 8 horas después de su hora de dormir.

El neurólogo le pidió a Meir una EEG con falta de sueño para descartar ataques epilépticos y migrañas. Se le permitía un máximo de cuatro horas de sueño la noche antes del examen. Traducción: tendría que mantener a un niño de 3 años (y a mí misma) despierto hasta al menos las 3 a.m. ¡Eso es 8 horas pasado su hora de dormir!

La prueba estaba programada para un viernes por la mañana, así que el jueves por la noche sería nuestra desvelada. Jueves en la noche es también la noche en que cocino para Shabat. Generalmente evitaba incluir a mis hijos en el proceso porque me retrasaban mucho; tenía tiempo limitado de preparación y necesitaba maximizar mi eficiencia en la cocina. Pero esa noche teníamos muchas horas por delante, así que podía “darme el lujo” de incluir a Meir en todas las pequeñas tareas que reservaba para cuando los niños estaban dormidos, como cocinar, limpiar y lavar la ropa.

Pasamos las primeras horas cocinando. Lo dejé rociar las especias en el pollo y amasar la masa de la jalá como serpientes para trenzarlas. Meir peló las verduras para la sopa, revolvió la mezcla para el kugel de manzana e hizo bolas de masa para las galletas de chocolate. Incluso lo dejé lamer los recipientes al terminar (un placer prohibido). Sus hermanos mayores (y luego su padre) se habían ido a la cama uno tras otro, pero Meir seguía despierto a mi lado; disfrutaba las noticias de que hoy no habría hora de dormir.

Después de que todo estuvo preparado para Shabat, pasamos a otras tareas. Doblamos unas cuantas cargas de ropa y lavamos los platos. Empacamos los almuerzos para la escuela de los otros niños y preparamos sus uniformes para el día siguiente. Incluso dejé a mi pequeño hombrecito usar torpemente el trapeador sobre el piso del salón.

Y en medio de todo este desagradable trabajo, algo cambió. En algún momento entre la medianoche y las 3 a.m., en medio de doblar la ropa, Meir tomó mi cara entre sus manos gorditas y me dio un baboso beso en la mejilla y me dijo: “Te quiero. Eres la mejor mami de todo el mundo”.

Lo dijo una y otra vez durante los siguientes días. “Te quiero mami”, “¿Puedo darte otro beso mami?”.

Lo volvió a decir media hora después mientras lavábamos los platos, y cuando estábamos preparando los almuerzos lo dijo nuevamente. Lo dijo una y otra vez durante los siguientes días, sonando como un disco rayado. “Te quiero mami”, “Eres lo mejor mami”, “¿Puedo darte otro beso mami?”.

Obviamente me encantaba escucharlo, y sabía exactamente de dónde venía. Venía del tiempo de calidad que habíamos pasado juntos esa noche. Venía de tener a mami exclusivamente para él, de los buenos sentimientos que vinieron de ayudarme, de la sensación de logro que tuvo cuando serví la sopa y el kugel que él mismo había preparado.

Y entonces nació una nueva tradición familiar. La llamo jueves de mami. Cada jueves por la noche, uno de mis hijos puede quedarse despierto una hora (o incluso dos) después de su hora de dormir, y me tiene exclusivamente para él mientras cocinamos para Shabat, lavamos la ropa y limpiamos la casa. Uso el tiempo privado para hablar con ellos sobre la escuela, las amistades y sus vidas. Nos conectamos en medio de las cáscaras de verduras. También es una gran oportunidad para enseñarles cómo hacer tareas hogareñas como lavar los platos y doblar la ropa, ya que ellos realmente esperan con ansias el privilegio de los jueves de mami y no hay nadie más alrededor que los haga sentir cohibidos sobre cuán bueno es el trabajo que están haciendo. Junto a nuestro calendario tenemos pegada una lista que registra de quién es el turno de jueves de mami cada semana, y veo a mis hijos contando los días hasta que llega su turno para ayudarme con las tareas. ¡Están esperando hacer tareas de la casa!

Y en caso de que se estén preguntando qué pasó con la EEG de Meir, me alegra poder contarles que los resultados fueron normales y me alegra aún más poder decir que sus episodios de mareo repentinamente desaparecieron por completo. Asumo que fueron su forma de recibir atención exclusiva de su mami “operadora de cinta transportadora” (la cual ahora tiene gracias a los jueves de mami) o que fueron la forma de Dios de enseñarme la importancia de pasar un tiempo especial con mis hijos. De cualquier forma, ahora estoy poniendo atención.

Una versión de este artículo fue publicada originalmente en la Revista Binah