Es la primera mañana después de Tishá BeAv y estoy sentada en la cocina haciendo listas. Un rayo de sol baila sobre la superficie de la mesa. Es un alivio que haya terminado el largo y difícil ayuno y que podamos regresar a la vida normal. Hoy llenaré un lavarropas tras otro mientras escucho música. Prepararé los trajes de baño de mis hijos para que vayan a la piscina y programaré citas con el peluquero para que todos se corten el cabello. Acerco mi taza favorita y pellizco una miga de la porción de torta que está sobre la mesa. Hoy iré de compras y llevaré ropa a la tintorería. ¡También voy a hacer un maravilloso asado! Pasaron tres largas semanas y necesitamos volver a la rutina.

Me interrumpe mi hija de tres años, que observa con sospecha mi porción de torta. Durante las últimas tres semanas nos dedicamos a explicarle todas las cosas que no podíamos hacer durante ese período de duelo y justo cuando finalmente logró entenderlo, todo terminó.

—¿Tienes permitido comer y beber? —me pregunta suavemente.

—¡Sí —le digo y bebo mi café. Realmente necesito volver a mis listas, por lo que trato de mantener la conversación breve.

—¿También papi puede comer?

—Seguro.

Sus ojos se iluminan. En verdad parece que todo su ser brilla.

—¿Entonces ya lo arreglamos?

—¿Arreglamos qué cosa? —le pregunto distraída.

—¡El Beit HaMikdash (el templo Sagrado)! ¿No te acuerdas? Ayer se estaba quemando. Por eso estábamos tristes, ¿verdad?

—Así es… —le digo lentamente. Ahora dejo mis listas a un costado y la miro a los ojos.

—¡Pero ya lo arreglamos! —afirma sonriendo.

—Bueno… No realmente.

—¿El fuego sigue ardiendo? —Sus enormes ojos azules están preocupados. Ella sabe que el fuego es malo y muy peligroso.

—No, ya no está encendido, pero tampoco lo hemos arreglado —le digo mientras acaricio su mano pequeña.

—Entonces, ¿cuándo lo vamos a arreglar?

—Lo estamos intentando, cariño, pero no es tan simple. Tenemos que volver a construirlo.

—¡Vamos a construirlo! ¡Con ladrillos! ¡Lo podemos hacer hoy!

Suspiro. Parece tan obvio cuando ella lo plantea de esta manera.

—Bueno Laila, no es tan simple. No podemos construirlo con ladrillos como a cualquier otro edificio. Tenemos que construirlo haciendo mitzvot y buenos actos, ¿lo recuerdas?

—¡Yo hago mitzvot! —insiste. Levanta los dedos de su pequeña mano y cuenta uno por uno— Limpié mi habitación, no hice ruido mientras dormías, compartí mis juguetes con Sara, dice una brajá por mi helado. ¡Yo hago mitzvot!

—Sí, seguro que haces mitzvot.

—Entonces… ¿por qué todavía no se arregló?

—Porque tenemos que esperar que Dios desee construirlo —le digo, aunque sé que despierta más preguntas que las que responde. Es lo mejor que puedo decirle sin tener tiempo para pensarlo.

—¿Dios no quiere construirlo? —pregunta frunciendo el ceño.

—Bueno, por supuesto que Él desea construirlo… pero todavía no hicimos suficientes mitzvot.

Ella se queda pensativa, procesando mis palabras.

—Entonces ya no se está quemando, pero no hicimos bastantes mitzvot y todavía no tenemos el Beit HaMikdash.

—Así es.

Ella me mira y luego observa mi torta.

—Entonces, ¿por qué estás comiendo?

Buena pregunta.