Cuando era pequeña, una pareja de nuestra comunidad sufrió una terrible tragedia. Perdieron a un niño pequeño y estaban terriblemente desesperados. Poco tiempo después, mi madre se encontró con el padre en el supermercado. Él se acercó a mi madre y le dijo: “Su esposo nos salvó la vida. Él nos ayudó más que nadie a superar esta terrible pérdida”.

Al regresar a casa, mi madre quiso saber qué fue lo que mi padre les había dicho y que había tenido tanto impacto sobre la pareja. ¿Qué mensaje de consuelo les transmitió para sacarlos del oscuro abismo de la desesperación?

“¿Qué les dijiste? Sé que fuiste a su casa y pasaste tiempo con ellos. ¿Qué fue lo que les dijiste?” —le preguntó a mi padre.

Su respuesta la desconcertó.

“No dije nada. ¿Qué podía decirle a una pareja que acaba de perder a su hijo?”

”No dije nada. ¿Qué podía decirle a una pareja que acaba de perder a su hijo?”

Mi madre volvió a preguntarle a mi padre muchas veces sobre esa conversación. Ella quería saber cuál era el secreto que había aliviado su dolor. Pero mi padre insistía en que él no había dicho nada.

Unas semanas después la pareja vino a nuestra casa. Esta era la oportunidad de mi madre. Después de servirles algo de comer, mi madre preguntó suavemente: “Me dijiste que mi esposo les salvó la vida. Que él los ayudó más que nadie ante su espantosa pérdida. ¿Qué fue lo que él les dijo?”

El hombre observó a mi madre y entonces le reveló el secreto del consuelo de mi padre.

“Rebetzin, su esposo no dijo ni una palabra”.

Mi madre no entendía nada.

“El Rav llegó a nuestra casa y se me acercó sin decir nada. Tomó mis manos entre las suyas y me abrazó con todo su corazón. Yo levanté la mirada y vi la cara del Rav. Las lágrimas caían de sus ojos. No se puede imaginar lo que sentí. El Rav sentía mi dolor. No estaba solo en mi sufrimiento”.

Mi madre se quedó callada, absorbiendo el mensaje de este hombre, cuya vida se había dado vuelta.

“Su esposo no habló. Yo no necesitaba palabras. Yo necesitaba su corazón y su alma”.

Al recordar esta historia sobre mi padre, comprendí una verdad increíble.

A veces pensamos que debemos llenar el espacio con palabras. Si conocemos a alguien que atraviesa alguna dificultad, a alguien que enfrenta pena y tristeza, nos sentimos perdidos. ¿Qué debemos decirle? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Cómo podemos ayudar a mejorar la situación?

En el mundo de la pandemia actual, muchos deambulan como si les hubieran dado un golpe en el estómago. Los matrimonios sufren. La cuarentena tensó las relaciones. Los adolescentes expresan ansiedad, soledad y una sensación de desesperación. Los niños no saben lo que significa ir a la escuela en un horario normal. Extrañan a sus amigos. Los padres están frustrados y atemorizados. Estamos en medio de un caos que nunca antes experimentamos.

¿Cuál es el mayor regalo que podemos darles a nuestros seres queridos?

Recurro a la sabiduría de nuestros Sabios, que nos ha sostenido durante miles de años. “Crecí entre sabios y no encontré nada mejor para el cuerpo que el silencio” (Pirkei Avot, 1:17).

Cuando quieres dar de ti mismo, escucha con todo el corazón. A veces, la persona que sufre necesita que permanezcas callado. Siente su dolor. Ve su sufrimiento. Y no digas ni una palabra. Sólo muestra que estás ahí para ellos, que no les darás la espalda. Que no estás demasiado ocupado, cansado, absorto en tus propios asuntos y en tu vida para dejar de lado tus problemas por los de ellos.

Escuchar con el corazón implica quedarse en silencio y abrir nuestro ser interior a la angustia del otro.

Escuchar con el corazón implica que no oímos simplemente con nuestros oídos. No seguimos hablando, proponiendo ideas, soluciones o juicios. Nos quedamos callados y abrimos nuestro ser interior a la angustia del otro. Eso es todo. Este regalo de silencio viene acompañado por el entendimiento de que estamos completamente presentes. Quizás no podemos arreglar nada ni disminuir el dolor, pero podemos sentir. En nuestro silencio hay compasión, entendimiento y empatía. Compartimos la carga.

Mi padre trató de transmitirme este mensaje a lo largo de mi vida. Hubo momentos en los que enfrenté decepciones y miedos, como todos. Mi padre nunca llenó el espacio con palabras vacías. Lo único que tenía que hacer era mirar la cara de mi padre, ver el brillo de sus ojos, sentir su mano sosteniendo la mía… y sabía que no estaba sola. Su presencia hablaba más fuerte que cualquier palabra.

Durante los últimos días de vida de mi querido padre, era él quien enfrentaba el desafío de su vida. Entonces fue mi turno de mostrar que había absorbido su profunda sabiduría.

Recuerdo estar sentada junto a la cama de mi padre, sólo nosotros dos. Luchaba por encontrar las palabras. Mi padre tomó mi mano. Hay momentos en que los que no hay que decir nada. ¿Qué se puede decir?

Miré la cara de mi padre. Vi su dolor y él vio el mío. Ambos lloramos. El silencio llenó la habitación. Yo sabía que más que cualquier palabra que pudiera decir, le daría el regalo de escuchar con el corazón. Estaría allí para mi padre y él sabría que siempre lo amaría y lo respetaría.