El periódico New York Times describió hace un tiempo la nueva moda de enseñar a los niños judíos cursos sobre “comportamiento adecuado en un bar mitzva” ya que su mala conducta en estos eventos religiosos se ha vuelto una fuente de preocupación.

Además de aprender bailes de salón, los instructores les enseñan a los preadolescentes a no destruir los centros de mesa o robar las servilletas de colores neón y colocarlas en sus cabezas como pañuelos. También les hablan de aseo personal. A los niños les dicen que deben subir sus pantalones para que no exhiban sus calzoncillos y a las niñas se les instruye bajar sus pequeños y retraídos vestidos para que no revelen una cantidad ridícula de piel (puede que sea más fácil decir simplemente “niños suban y niñas bajen”).

En el reportaje, una madre describe cómo los padres dejan abandonados a sus hijos en la sinagoga y estos "tratan el lugar como si fuera un centro comercial". Los niños juegan fútbol en el pasillo, las niñas mandan mensajes de texto a sus amigas mientras pasan el rato en los baños y los niños hablan sin parar durante los servicios.

Más y más personas están comenzando a notar la falta de dignidad y la grosera conducta que demuestran los niños en los bar y bat mitzvá. La gente regresa espantada de esas celebraciones.

Una escuela incluso tiene un servicio en el que las maestras entrenan a los estudiantes sobre cómo sentarse en silencio durante los rezos y cómo escuchar mientras el rabino y los abuelos dicen sus discursos.

Un curso se llama "Comportamiento en un bar mitzvá para principiantes"; yo simplemente lo llamaría "Ser un mensch".

¿Por qué se ha vuelto aceptable para nuestros adolescentes comportarse tan groseramente? Para mí, va más allá de las normas de etiqueta; no estamos hablando de aprender a utilizar un cuchillo y un tenedor o cómo escribir una nota de agradecimiento. Sentarse en silencio durante los rezos, no hablar mientras el rabino y los abuelos hacen sus discursos, vestirse con decencia, no lanzar comida al otro lado de la habitación y no destruir los centros de mesa son conductas que surgen del nivel más básico de respeto. No solamente por otros, sino que incluso respeto por uno mismo.

Ser un mensch significa que yo sé que dondequiera que vaya en la vida, iré con dignidad.

Ser un mensch significa que yo sé que dondequiera que vaya en la vida, iré con dignidad. Es evidente por la forma en que hablo, la forma en que camino, la forma en como trato a los demás, y sí, la forma en que me visto y me presento.

Obviamente "los niños siempre serán niños", pero hay una línea invisible que de alguna manera ha sido cruzada. Y debemos descubrir cómo regresar a nuestros hijos a una posición en la vida donde entiendan nuevamente la diferencia entre bien y mal; entre conductas que son divertidas y aceptables, y las que son feas, groseras y destructivas.

El reportaje plantea la pregunta: "¿Por qué la necesidad de este nuevo curso después de tantos años? ¿Esperamos acaso que la escuela de nuestros hijos sea el modelo principal de conducta apropiada? ¿Debiéramos culpar a la sociedad? ¿Debiéramos culpar a los padres?".

Y luego trae las respuestas usuales. “Los niños tienen demasiadas actividades, simplemente no pueden enfocarse”. “Los padres son parte de esta nueva generación”. “Los jóvenes tienen una forma diferente de pensar; no saben cómo hacer mejor las cosas. No es culpa de ellos”. “Los padres de hoy en día están estresados; no tienen tiempo para educar adecuadamente a sus hijos”.

¡Que manera de lavarse las manos!

Obviamente que todos estamos estresados, tenemos presiones y estamos intentando tener éxito en un mundo que se vuelve cada vez más complejo. La recesión ha alterado nuestra seguridad financiera. Hay niños que traen desafíos inesperados que pueden dejarnos sin energía. El mundo del iPhone y de Facebook ha removido nuestra atención de quienes realmente importan y ha causado que hijos y padres vivan vidas completamente separadas (a pesar de que compartan un mismo techo).

Pero estas no son excusas válidas para liberarnos de la responsabilidad y dejar que nuestros hijos se comporten y se vistan como quieran. Hay muchos padres que me dicen que simplemente no tienen la fuerza para discutir con sus hijos preadolescentes y adolescentes cuando se trata de cómo actúan y qué visten. Parece como si estuviéramos frente a una generación de madres y padres que simplemente se han dado por vencidos.

No podemos darnos por vencidos. No podemos darnos el lujo de fallar.

Educar niños es una misión sumamente noble que comienza desde el primer momento en que sostenemos una nueva vida en nuestras manos. La Torá nos dijo pru urebú, ‘sean fértiles y multiplíquense’. No es suficiente con sólo dar a luz y tener hijos. Nuestros sabios nos enseñan que "rebú" significa que debemos multiplicarnos y reproducirnos a través de nuestros hijos. Los niños debieran parecerse a sus padres no sólo físicamente, sino espiritual y moralmente. Cuando plantamos y nutrimos semillas de decencia y moralidad en nuestros hijos, entonces podremos cosechar frutos de dignidad y respeto a medida que ellos crecen.

No es una misión fácil. Pero no podemos educar una generación de niños que algún día preguntaran por qué nosotros, sus padres, nunca les enseñamos las habilidades básicas de cómo ser un mensch.

Nuestros hijos nos están mirando. Ellos ven cómo nos comportamos cuando habla el rabino, ellos observan cómo actuamos durante los servicios y ellos escuchan cuando le susurramos a nuestro compañero de asiento en vez de rezar. Ellos definitivamente notan cómo nos vestimos y cuánto bebemos durante las celebraciones. Si genuinamente queremos hacer un cambio, podemos comenzar por mirarnos a nosotros mismos en el espejo.

Tenemos en nuestras manos la habilidad de transformar a la próxima generación. Es una oportunidad que no podemos darnos el lujo de perder.