Al buscar en Google la expresión "ser padres" obtuve 266.000.000 de resultados. Un verdadero tsunami de enlaces a artículos de educación para bebés, niños pequeños, adolescentes y todas las edades intermedias.

No cabe duda que hay muchas técnicas y estilos que pueden ayudar a los padres a relacionarse con sus hijos de forma más efectiva, pero también hay un mensaje subliminal: no eres un padre suficientemente bueno.

Pensamos que si no escogemos un estilo específico de educación y nos apegamos a él sin importar lo que haga nuestro hijo, no somos efectivos. Dudamos de cada decisión que tomamos: Decirle a Noam que no puede ir con su amigo al centro comercial ¿es tener autoridad o ser un dictador? ¿Debo hablar con la maestra de Rajel sobre su dificultad con las fracciones o eso es ser un padre sobreprotector?

Ya nos sentimos suficientemente culpables sin ese mensaje subliminal. Nos sentimos culpables porque estamos seguros de que no pasamos suficiente tiempo leyéndoles libros o jugando con ellos en el suelo. Pensamos que nos enojamos con demasiada facilidad o que nos sentimos molestos demasiado rápido. Estamos seguros de ser demasiado permisivos o demasiado estrictos… O, lo más probable, somos ambas cosas al mismo tiempo.

Nuestra culpa e inseguridad se interponen en el camino para ser buenos padres.

Educar efectivamente significa que tenemos que interactuar con nuestros hijos con confianza y esta confianza no se basa en la cantidad de cursos de educación que hayamos tomado ni en el estilo de educación que decidimos aplicar.

Esta confianza se fundamenta en un punto muy básico: Dios escogió darme a mi este niño.

El Talmud nos dice que hay tres socios en la creación de un ser humano: su padre, su madre y Dios mismo, Quien le da al niño su espíritu, su alma, su apariencia, su capacidad de ver y escuchar, la posibilidad de caminar, su entendimiento y su inteligencia.

Dios es Omnisciente. Él sabe todo lo que hay que saber sobre nosotros. Él sabe que preferimos conversar con adultos antes que jugar al juego de la memoria; sabe que a veces nos enojamos y que no siempre estamos seguros respecto a cuál es el plan de acción correcto.

Pero a pesar de conocer todas nuestras singularidades y deficiencias humanas, Él está seguro de que seremos los mejores padres posibles para nuestros hijos.

Si no creyera eso, no nos los habría dado. Él hubiera podido darle nuestros hijos a esa vecina en cuya casa nunca hay desparramados Lego y Playmobil.  Él fácilmente hubiera podido darle nuestros hijos a esa amiga que, sin levantar nunca el tono de voz, les recuerda a sus hijos que “usen su voz de interior”. Él hubiera podido dárselos a esa prima cuyos hijos prefieren comer zanahorias antes que caramelos.

Pero no lo hizo. Nos los dio a nosotros. Porque Él sabe que somos los mejores padres para esos niños. Él sabe que nuestros hijos, con sus características individuales, serán capaces de crecer y prosperar con nosotros como sus padres… a pesar de nuestros defectos.

Somos los mejores padres para educar a nuestros hijos. Somos los padres más capaces de darles a nuestros hijos lo que necesitan para crecer y desarrollarse.

Antes de marearnos para escoger un estilo de educación y sentirnos culpables al aprender sobre los errores que debemos evitar, tenemos que grabarnos esto en la cabeza: Aunque cometo errores y no soy perfecta, soy la mejor mamá para mi hijo. Soy el mejor papá para mi hijo.

Una vez que este concepto esté firmemente arraigado en nuestra mente, podremos interactuar con nuestros hijos con confianza y seguridad. Cuando estamos 100% seguros de que, imperfectos como somos, seguimos siendo la primera opción de padres para nuestros hijos, nos sentiremos cómodos guiándolos de acuerdo con lo que funciona para nosotros como familia, sin las vacilaciones y las dudas que nuestros hijos interpretan como razones para no hacernos caso.

Si, de todos modos habrá momentos en los que nos sentiremos abrumados; momentos en los que desearemos aconsejarnos respecto a la conducta de un niño y momentos en los que necesitaremos aprender y practicar nuevas habilidades. El objetivo no es ser padres perfectos, sino padres suficientemente buenos.

Una vez que confiamos que somos los padres adecuados para nuestros hijos (a pesar de nuestros defectos), seremos capaces de escoger entre los muchos consejos sobre educación aquellas ideas que tienen sentido en nuestra situación específica y trabajar para aplicarlas con calma y confianza.