Hoy en día, pareciera ser que cualquier cosa que no sea un ‘éxito’ de nuestros hijos les causará una frágil autoestima y será una gran humillación tanto para ellos como para nosotros. Queremos que eviten el fracaso a toda costa.

Pero ellos no son realmente más exitosos gracias a esto. Toma un periódico y ve cómo les va a nuestros hijos en la escuela en comparación con otros países, cómo están más involucrados en comportamientos arriesgados que nunca, y cómo en algunas ocasiones son “diagnosticados” y medicados al primer signo de estrés.

¿Acaso la respuesta es dejar que nuestros hijos fracasen? ¿O quizás debemos renunciar? ¿Acaso el “antídoto” es unirse a las madres super ambiciosas y exigentes del mundo, cambiando la persistencia a cualquier precio por un castigo que no le desearíamos ni a nuestro peor enemigo, para así evitar la humillación?

Como en todas las enseñanzas judías, la respuesta yace en un entendimiento profundo, balanceado y sensible de lo que realmente estamos tratando de alcanzar. Y esa arriesgada meta es simple: formar carácter.

Utilizando el “fracaso” Sabiamente

Mi esposo, que es jugador profesional de ajedrez, insiste en dejar que Jaime, nuestro hijo de 11 años, le gane siempre, ya que tiene miedo de herir su ego.

Yo trabajo en todos los proyectos escolares con mis hijos. Si no obtienen la nota esperada, los aconsejo y les corrijo para asegurarme que obtengan un 10.

Mi hija de cinco años, Rebeca, toma clases de ballet. Siempre lo disfrutó, hasta que no fue elegida la bailarina principal en su presentación. Ahora llora y se queja de dolores de estómago para no ir a las clases. Tememos que si la presionamos a ir, la podríamos traumar de por vida.

Estos padres son excepcionales – excepcionalmente preocupados y excepcionalmente involucrados. Pero, como toda “cosa buena” en exceso, si continúan protegiendo y solucionando los problemas a toda costa, estos padres necesitarán “involucrarse” hasta que sus pequeños hijos estén jubilados.

Adelantémonos unos cuantos años…

1) Mi esposo deja que nuestro hijo gane al ajedrez: Jaime, ahora de 16 años, espera ser el jugador de ajedrez estrella de su escuela. Pero el entrenador no está de acuerdo. Jaime se enfurece, se queja ante la injusticia y teme secretamente no ser tan inteligente como piensa, mientras se enoja con el mundo porque las cosas no son como él quiere.

Estos chicos están evadiendo las oportunidades de triunfar al evitar las oportunidades de fracasar.

2)es mi trabajo asegurarme de que mis hijos obtengan un 10. Escuela secundaria. Fecha de entrega de un proyecto final de historia. Pero los adolescentes están tan ocupados mandando mensajes de texto y twitteando. Si reprueban, culparán a todo el mundo excepto a ellos mismos. “¡Es culpa del maestro!” “¡Es culpa!” le reprochan a la madre. “¡Siempre estás sobre mí, criticando!”, o “¡Tendrías que haberme conseguido un maestro particular o haber comprado la nota final!”.

3)pero no creo que debamos presionarla. La pequeña bailarina está por entrar a la escuela secundaria. ¿O no? “¡Seré la más pequeña y nadie me prestará atención!”, se lamenta. “¡Si me mandas voy a vomitar!”.

Estos son los resultados de padres bien intencionados que hicieron que la vida de sus hijos fuera “libre de fracasos”. Han creado jóvenes que:

  • Tienen una imagen irreal de sí mismos y del mundo, y esperan que el mundo se acomode a ellos.
  • Manipulan para esquivar incluso las expectativas más básicas.
  • Carecen de las habilidades y la seguridad para afrontar desafíos.

Estos chicos están evadiendo las oportunidades de triunfar al evitar las oportunidades de fracasar.

Y sus padres han sido engañados por el mito moderno de que hacer que la vida sea siempre ‘color de rosa’ - al solucionar todo constantemente - es el camino correcto para tener una buena autoestima.

El camino al éxito genuino y a la buena autoestima no es fácil. Involucra pruebas y exige esfuerzo. Como dice en Proverbios (24:16): “El recto se cae siete veces y se levanta”. Van a haber caídas y fracasos, eso está garantizado. La prueba verdadera es levantarse. Es a través de caernos y levantarnos que podemos llegar a conocer los caminos incorrectos, seguir adelante con menos errores, superar los obstáculos y materializar nuestro gran potencial.

Los chicos que se ven a sí mismos como capaces y valiosos lo hacen porque han aprendido a vivir en un mundo que no es todo sonrisas, atajos y éxitos instantáneos, y siguen queriéndose y perseverando a pesar de sus imperfecciones y defectos.

Aprendiendo del Fracaso

El fracaso puede ser uno de los mejores maestros de nuestros hijos y una estrategia clave para fomentar una buena autoestima.

1. Define Fracaso y Éxito con tus Palabras.

Demasiado a menudo adoptamos las nociones de otras personas sobre ganar/perder, fracasar/triunfar. ¿“Éxito” significa ganar en un programa de televisión? ¿“Fallar” significa no habernos convertido en millonarios? Depende de cada uno de nosotros cavar profundo y establecer nuestros propios valores. ¿Vivimos con una perspectiva de que el éxito es un logro externo o una victoria interna relacionada con el carácter?

No sabemos si nuestra pequeña Rebeca llegará a ser una Alicia Markova, ¿pero cuál es la prioridad: que Rebeca sea la bailarina principal de un ballet a toda costa o desarrollar el carácter para que aprenda a persistir en lo que disfruta?

2. El Fracaso como una Ventana a la Realidad.

El fracaso le proporciona a los chicos información verdadera sobre ellos mismos y el mundo. Por supuesto que sostenemos sus manos cuando están aprendiendo a cruzar la calle y los protegemos en la entrada de los camiones o al entrar a un badén. Pero cuando nos apuramos para que el éxito sea demasiado fácil les mentimos y dejamos que se mientan a sí mismos sobre quiénes son y sobre qué es lo que necesitan trabajar para crecer; cuando dejemos de hacer por ellos lo que sí son perfectamente capaces de aprender a hacer por sí mismos, aprenderán que el éxito instantáneo no es el objetivo. Para Jaime, que quiere ser un buen jugador de ajedrez, la verdadera lección de carácter es enfrentar el desafío, tratando, fallando, aprendiendo lo que necesita aprender y lo que es capaz de lograr con esfuerzo.

3. El Fracaso y el Coraje.

El fracaso fuerza a nuestros hijos a enfrentar el miedo, los obstáculos y los desafíos. Expresar constantemente lástima por un chico frustrado sólo le enseñará a culpar, a excusarse y a desarrollar apatía, para después lloriquear culpándote a ti y al mundo. Escucha sus preocupaciones – sin dejarlos escapar o manipular. Tu hija, una excelente estudiante, odia gimnasia (¿Quién no?) “¿Por qué necesito ir a baloncesto?” se queja. “Por favor, escríbeme una nota para evitar ir…”. Sí, intentarlo es duro. Exige persistencia, práctica, espíritu deportivo. La recompensa en el carácter es una niña que entiende que la vida no siempre se desarrolla como ella quiere. No es ni una tragedia ni un fracaso trascendental. Es un tropezón. Uno que ella puede superar o aprender a enfrentar con esfuerzo e ingenio.

4. El Fracaso como el Camino a la Resistencia

El fracaso les enseña a los chicos que no se quebrarán. En cambio, aprenderán a adaptarse a las crisis y a reforzar su carácter. Fracasar es inevitable. Al señalar el valor de adaptarse a las crisis y enseñarles que el fracaso es una oportunidad, los chicos escuchan: “¡No sólo sobreviviré, sino que también puedo utilizar lo que aprendí para ser mejor!”.

5. Fomentando la Creatividad y la Seguridad en Uno Mismo

El fracaso les permite a los chicos desarrollar un Plan B, una forma mejor de hacer las cosas. Los alienta a crear nuevos finales con nuevos esfuerzos y persistencia. Benjamín, de 16 años, quería un trabajo de medio día. Buscó en su diario local en Internet, llamó, mandó su currículum, pero no pasaba nada. Hasta que su mamá le sugirió que se sentaran y buscaran una forma mejor. Visitó a todos los vecinos, los comercios locales y envió emails a amigos que tenían trabajo. Bum. Dos semanas después estaba transcribiendo una copia al computador para un vecino. La capacidad de fracasar y levantarse con nuevas ideas nos enseña esas dos estupendas palabras que construyen el carácter: “¡Yo puedo!”.

6. Nuestro Mejor Maestro

¿Qué tan a menudo hemos fracasado en algo sólo para descubrir una nueva y mejor forma de hacer las cosas? La vida es sobre adaptarse e ingeniárselas con la realidad. Los errores y los tropezones no son sólo experiencias remarcables de aprendizaje, sino que también abren infinitas oportunidades. Descubrir qué funciona para nosotros y qué no, nos enseña quiénes somos, dónde “encajamos” y qué encontramos más gratificante en el mundo real. Ayudar a nuestros hijos a ver al fracaso no como un desastre sino como nuestra mejor enseñanza les da permiso para intentar y crecer.

7. Premiando el Esfuerzo

Cuando valoramos más el esfuerzo que el logro, reforzamos el valor de construir el carácter. Por supuesto que nos emocionamos cuando nuestro Jaime logra ser parte del equipo, cuando nuestra Emma trae a casa un 10 o nuestra Aviva es aceptada en la súper exclusiva academia de música. Pero esos son hitos alcanzados, por lo general, después de muchos “retrocesos”. Aún más, cada uno de estos logros traerá su propia colección de nuevos desafíos. Lo que mantendrá a nuestros hijos yendo hacia adelante son las recompensas internas que han cosechado no de las victorias, sino de poseer el carácter para “fracasar bien”.