Al tener la oportunidad de conversar con padres de todo el mundo, descubrí cuál es la principal pregunta que ellos se formulan:

“¿Por qué mis hijos no me hacen caso y qué debo hacer al respecto?”.

De hecho, aquí hablamos sobre la disciplina. La verdadera pregunta es entonces: ¿Por qué mi disciplina no es efectiva? ¿Por qué mi hijo no me escucha?

Quizás tenemos que empezar observándonos a nosotros mismos y la forma en que manejamos las situaciones que requieren sabiduría paterna.

Hace un tiempo fui a la fiesta de cumpleaños de un niño. Era un evento festivo con galletas decoradas y montañas de donas. Un niño de tres años comenzó a gritar. Su abuela intentó calmarlo sin resultados. Los chillidos se hicieron más fuertes. El niño se tiró al suelo y comenzó a patalear.

“¿Qué es lo que quiere?”, le preguntó la abuela a sus hijos.

“Se acabaron las donas bañadas de color azul. Quedan sólo de vainilla y él sólo quiere de color azul”.

El padre se sentó en el suelo al lado del niño.

“¿Quieres que te lleve a una pastelería para ver si tienen donas azules?”.

El niño asintió, sin dejar de llorar. El padre lo levantó sobre sus hombros y se fueron a buscar una pastelería con donas azules.

Ahora yo les pregunto: ¿Cuándo aprenderá ese niño que a veces debemos enfrentar situaciones en las que la respuesta puede no ser la que deseamos escuchar? Mami y Papi no siempre pueden arreglar todo. A medida que el niño crece, es crucial que aprenda a manejar la frustración. La solución no puede ser que siempre los padres entren en acción y encuentren una forma de mejorar todo.

Por supuesto que no disfrutamos de las ocasiones en las que los niños se sienten mal. Pero ese momento presentó una oportunidad perfecta para enseñar una lección de vida y de autodisciplina. En cambio, esos padres la utilizaron para crear un niño malcriado que no puede enfrentar la desilusión. Lograron detener el berrinche, pero pagarán el precio más adelante cuando se pregunten por qué su hijo no les hace caso y no acepta límites. Recompensar los berrinches es una forma segura de reforzar un mal comportamiento.

Lo mismo ocurre con niños más grandes que causan sufrimiento y dolor, pero que nunca se les pide que sean responsables por sus actos. La tecnología ha desvalorizado nuestras palabras. Los niños envían fotografías y mensajes de textos dañinos, pero todo parece quedar flotando sobre sus cabezas. Ellos no enfrentan la imagen de la persona a la que hieren. Nunca son confrontados con las mejillas enrojecidas, los ojos brillosos y el alma herida. Y también aquí entran en acción los padres. Ahora, en vez de llevar al niño a buscar una golosina, buscan excusas para su mala conducta. Lo que falta es responsabilidad.

Pero eventualmente se sienten las consecuencias. Los padres que protegieron a sus hijos de los límites y la responsabilidad, después se preguntan por qué sus hijos no respetan sus reglas. La respuesta es: porque vivieron una vida sin reglas. Los límites no se respetan.

Aquí hay algunas preguntas que todo padre debe formularse:

  • ¿Soy consistente?
  • ¿Le permito a mi hijo experimentar límites?
  • ¿Digo lo que quiero decir y mantengo lo que digo?
  • ¿Doy amenazas vacías? ¿Cumplo mi palabra?
  • ¿Hago responsable a mi hijo por sus acciones?
  • ¿Dejo pasar por alto la mala conducta?

Después de contemplar esto, es bueno que los padres piensen sobre cómo se comunican con sus hijos. Cuando se requiere disciplina, muchos cometen el error de hablar desde el enojo. El niño "presiona nuestro botón" y respondemos emocionalmente. Gritar, subir el tono de voz, perder el control o dar discursos largos no tiene sentido.

Cuando perdemos el control alejamos al niño. En vez de darle una sólida lección, nos quedamos con una lucha de gritos o un frío distanciamiento. Nadie gana.

Debes ser firme, no enojarte. No pongas etiquetas, no avergüences ni humilles. El hecho de que él sea más pequeño, no justifica que un padre denigre a su hijo. Alguien tiene que ser el adulto. ¿Quién, si no nosotros, tiene que enseñar cómo comportarse de forma respetable?

Háblale a tu hijo con un tono calmado. Si hablan sobre un mal comportamiento que debe mejorar, no conversen frente a otros hermanos. A ellos les gustará unirse a la conversación y dar su propia opinión, pero el hijo que recibe los comentarios se sentirá avergonzado o enojado. Hablen en privado.

Asegúrate de no crear un patrón donde tienes que decir la misma cosa una y otra vez o terminar gritando para que tu hijo te haga caso. Si esto es lo que ocurre en tu hogar, tu voz se ha vuelto inefectiva.

Aunque los niños no son robots, podemos esperar que hagan caso. Por ejemplo, si los llamas a cenar cinco veces hasta que van a la mesa, esa conducta debe analizarse. Explícales claramente que aunque estás segura de que no es esa su intención, ignorar a un padre es una falta de respeto. Si cuando tú los llamas a cenar están en medio de alguna actividad, la forma respetuosa de actuar es preguntar en buen tono si pueden terminar lo que están haciendo e ir a comer en unos minutos más. Del padre depende que la respuesta sea sí o no, y la responsabilidad del hijo es obedecer sin discutir. Si no se usa un tono respetuoso, no hay nada de qué hablar. Y una vez que él padre toma una decisión, no hay discusión.

No respondas a las faltas de respeto. No mantengas una conversación repleta de arrogancia o con mala actitud. Simplemente dile: “Cuando estés listo para hablarme con respeto, voy a estar feliz de escucharte”.

Explícale también que si le das unos minutos extra, esperas que él cumpla su palabra. Esto significa que no hay una atmósfera de “hagamos un trato”. Si el niño no puede cumplir su palabra, entonces no es posible aceptar su petición. Quizás si vemos que en el futuro muestra mayor responsabilidad y mejor conducta, podemos pensar en volver a intentarlo.

Los niños te pondrán a prueba para ver si realmente cumples lo que dices. Sé firme. Cree en ti. Ahora es el momento de hablar sobre las consecuencias naturales. Yo nunca uso la palabra 'castigo'. Tú escoges tus acciones, tú escoges lo que ocurre. Siempre relaciona la consecuencia a la acción. ¿No llegaste a cenar hasta que todos terminaron? Me siento mal por ti, pero eso es lo que escogiste. Siempre hay cereal o un sándwich. Tú eres responsable por las elecciones que tomas. Para los adolescentes más grandes: ¿No usaste tu teléfono de forma responsable? Esa es una conducta que tú escoges y ahora tienes que enfrentar las consecuencias naturales que nosotros decidamos.

Nuestros hijos necesitan padres que los guíen y pavimenten el camino hacia la adultez. Cuando los niños saben que tenemos expectativas de ellos, cuando les enseñamos a hacerse responsables de sus acciones, todos sentimos que vivimos en un hogar fuerte y seguro.