Tengo una clienta. Su esposo es un norteamericano de segunda generación, un abogado educado en Yale que trabajó en la empresa familiar que comenzó su padre, un inmigrante ruso. Hace cuatro años le diagnosticaron cáncer. Luchó con todas sus fuerzas, pero el cáncer lo venció y después de un año falleció a los 66 años.

Él dejo cien millones de dólares a su esposa, un hijo y una hija (ambos tienen un poco más de veinte años). Hace poco tuve un encuentro con la familia. A la esposa del hijo le faltaban tan sólo unos cuantos días para dar a luz a una niña. Mientras conversaba con el hijo sobre su cercana paternidad, le pregunté qué clase de padre le gustaría ser.

“No quiero ser como mi padre”, me dijo.

Me sorprendí un poco y le pregunté por qué.

“Después de que mi padre falleció, sus amigos me dijeron que era una persona sumamente interesante y sociable. Yo nunca conocí a ese hombre. Mi padre trabajaba dieciséis horas diarias, siete días a la semana. Él trabajaba en nuestro subsuelo, subía a comer y volvía a su oficina. Nunca pasó tiempo conmigo o con mi hermana. Mi madre hacía todo, desde llevarnos a la escuela hasta acompañarme a mi entrenamiento de fútbol. Siempre sentí que me educó mi madre. Yo no quiero ser así. Yo quiero estar disponible para mis hijos.

“Hasta el último momento, mi padre pensó que había vencido al cáncer. Por eso nunca expresó sus verdaderos sentimientos hacia mí o hacia mi hermana. Un año más tarde, un amigo de mi padre me contó que él le dijo que hubiera deseado pasar más tiempo con nosotros”.

Al escucharlo, de repente sentí el impulso de correr a mi casa y abrazar a mis hijos. También sentí una terrible tristeza. ¿Qué hubiera ocurrido si él hubiese trabajado ocho o quizás incluso diez horas en vez de dieciséis y les hubiera dejado a sus hijos diez millones de dólares en vez de cien millones? ¿Acaso eso hubiera marcado una diferencia real en las vidas de sus hijos? Ellos son personas maravillosas y centradas, que no tienen un estilo de vida pretencioso.

Probablemente su hijo hubiera estado dispuesto a permutar todo su dinero a cambio de un padre que estuviera a su lado.

Como un padre que tiene un negocio, esta historia me impactó profundamente.  Me pregunté a mí mismo si yo hago lo mismo a mis hijos.

Compartí mi preocupación con un buen amigo. Él tiene una empresa de diseño de sitios web que apenas logra mantenerse y que hace diez años lucha por superar la primera etapa de lanzamiento. No es una persona adinerada, pero paga sus cuentas y su familia no pasa hambre. Trabaja ocho horas al día y pasa todo su tiempo libre con sus tres pequeños hijos.

Al comparar mentalmente a estos dos padres, redefiní mi definición de lo que significa tener éxito. Lo que importa no es cuánto dinero les dejarás a tus hijos, sino los recuerdos que les quedarán.

Puede ser que sus hijos no tengan los juguetes más sofisticados del mercado ni las grandes mansiones que tienen algunos de sus amigos. Pero para ellos esas cosas no son demasiado importantes; nuestra valoración de las cosas materiales es muy breve. En cambio ellos tendrán toda la calidez y el resplandor del amor que les da su padre, que es exponencialmente mayor.

A veces consideramos el trabajo como una versión real de Candy Crush, donde el dinero no es un medio para comprar cosas materiales sino "chips" o "fichas" que nunca tenemos la intención de gastar sino que sólo sirven para llevar la cuenta de nuestro éxito. Esos son los medios que nos llevan al siguiente nivel, y al siguiente. De la misma manera en que podemos pasarnos decenas de horas sin pensar jugando Candy Crush, también nuestro trabajo puede pasar de ser algo que hacemos para vivir a convertirse en una adicción.

Yo fui increíblemente afortunado de descubrir mi amor por las inversiones cuando apenas tenía veinte años, pero entiendo que existe un peligro en este amor que a veces puede entrar en conflicto con mi amor por mi familia.

Mi propio padre a menudo citaba el libro El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry: “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado”.

Siempre queremos más. Pero este "más" tiene un costo que no siempre vemos: el tiempo con nuestra familia. Mi principal responsabilidad es proveer a mi familia, pero en algún punto necesito decir que "más", simplemente no vale la pena.