Un sábado por la noche en Jersualem, reunimos a nuestros hijos en el sofá del salón y les dijimos que nos mudaríamos a Estados Unidos. Hubo un silencio absoluto. Eventualmente surgieron las preguntas: ¿A Estados Unidos? ¿Por cuánto tiempo? ¿Por qué? ¿Vamos a llevar todas nuestras cosas? ¿A qué escuela iremos?

Durante los meses siguientes fuimos respondiendo sus preguntas mientras luchábamos con nuestras propias despedidas. Mi hijo no quería dejar su pez. Mis hijas no querían dejar a sus amigas. Mi marido y yo no queríamos dejar el atardecer que observábamos desde la ventana de nuestro salón ni la ciudad en donde habían nacido todos nuestros hijos. Sin embargo, por una variedad de razones, lo mejor para nuestra familia era mudarnos.

Muchas personas nos han preguntado cómo pudieron adaptarse nuestros hijos con tanta rapidez y facilidad a un nuevo país. No tuvimos ninguna estrategia específica fuera de mantener fuertes los lazos entre nosotros. Cambiaron nuestras rutinas, nuestro idioma y nuestro círculo social, pero se mantuvo intacta la unión que hubo ese sábado por la noche cuando nos reunimos en el sofá y dijimos: Esto es lo que debemos hacer, y lo superaremos tal como hemos superado todo lo demás. Escuchemos las preguntas e ideas de todos.

Hay algunos secretos para tener una familia feliz. Algunos de nosotros ponemos estas ideas en práctica sin siquiera saberlo, y algunas de las siguientes lecciones son estrategias nuevas que podemos poner en práctica. Están basadas en la investigación del exitoso autor Bruce Feiler, del NY Times, quien publicó recientemente The Secrets to Happy Families (Secretos para tener una familia feliz).

1. Haz que las cenas familiares sean importantes. Un estudio reciente realizado por el Centro de estudios de la vida cotidiana familiar (CELF) de la Universidad de California reveló que las familias cenaban juntas sólo un 17% de las veces, incluso cuando todos estaban en casa. Hoy en día es cada vez más difícil coordinar las rutinas y necesidades de todos los integrantes de la familia. Laurie David, en su libro The Family Dinner (La cena familiar), sugiere las siguientes alternativas: "¿No pueden cenar juntos todas las noches? Intenten hacerlo una vez por semana. ¿No vuelves del trabajo lo suficientemente temprano? Reúne a la familia más tarde para un postre, un canapé o al menos para hablar sobre el día. ¿Los días de semana son demasiado ajetreados? Intenta hacerlo los fines de semana. ¿No tienes tiempo para cocinar? Los lunes pueden comer sobras del fin de semana, los martes puedes comprar comida afuera o comer algo que no requiera preparación".

Además de esas alternativas prácticas, los investigadores descubrieron que lo más importante no es la cena, sino que es lo que se habla en la mesa. Trata de tener al menos diez minutos de conversación de calidad. ¿Qué es una conversación de calidad? Marshall Duke, un renombrado profesor de sicología en la Universidad de Emory, explica: “Lo más importante que les podemos dar a nuestros hijos, durante la cena o en cualquier momento, es un punto de vista. Los niños captan nuestras señales. Cuando son pequeños y escuchan un sonido fuerte, no miran en dirección al sonido, sino que nos miran a nosotros. Si no te enojas, ellos no se enojan. Cuando un niño te dice que pasó algo malo en la escuela, a veces lo mejor que puedes decir es: 'Pásame el kétchup'. Es tu manera de decir que no hay razón para asustarse. Luego, una vez que has removido el miedo, una vez que has puesto el kétchup sobre tus papas fritas, entonces puedes comenzar la conversación” (Bruce Feiler, The Secrets to Happy Families, p. 50).

El judaísmo nos da una oportunidad semanal para que nos aseguremos de que todo el mundo se reúna y participe de conversaciones de calidad. La cena de Shabat nos da la preciada oportunidad de transmitir tradiciones y puntos de vista; no importa cuán ajetreada haya sido la semana, todo el mundo viene a la mesa en la cual las bendiciones de gratitud y los pensamientos de Torá elevan la cena y unen a la familia.

2. Sé creativo en las noches de cita. Los estudios muestran que las parejas que comparten una actividad nueva cada semana viven la misma emoción que sienten las parejas que acaban de enamorarse. Si una pareja siempre hace lo mismo en sus citas, entonces la cita tiende a volverse rutina al igual que el resto de los aspectos familiares y no aumenta la sensación de intimidad que los padres necesitan. Y lo más sorprendente de todo es que los estudios muestran que a veces los momentos más románticos que comparten los padres se dan cuando están con sus hijos. Debido al ajetreado ritmo de la vida familiar, los padres suelen turnarse para cuidar a sus niños en lugar de compartir la alegría de tenerlos y disfrutarlos al mismo tiempo.

La noche familiar puede ser la herramienta más importante para fomentar ese crucial vínculo íntimo.

Por lo tanto, una "noche familiar" —y no necesariamente una "noche de cita"— puede ser la herramienta más importante para fomentar ese crucial vínculo íntimo. “Como todo padre sabe, a veces los momentos más satisfactorios del matrimonio se dan cuando levantas los ojos del tablero del juego de mesa y haces contacto visual con tu pareja, cuando sorprendes a tu pareja cocinando galletas con los chicos o cuando se dan la mano al acostar a los niños… Quizás por eso es que los autores del estudio When Baby Makes Three (Cuando un bebé hace que sean tres) se sorprendieron tanto al descubrir que los padres que tienen muchos hijos (cuatro o más) son los más felices de todos. A veces la mejor manera de tener el matrimonio que siempre soñaste es quedarte en casa y jugar con los chicos” (Bruce Feiler, The Secrets to Happy Families, p. 160).

Lo ideal es tener tanto una noche de cita, en la que la pareja haga algo nuevo cada semana, como una noche familiar, en la que disfruten juntos a sus hijos. Ambas actividades aumentan la cercanía entre los cónyuges.

3. Comparte historias familiares. Los estudios muestran que a los niños que saben mucho sobre sus familias les va mucho mejor cuando se enfrentan a desafíos. Marshall Duke y Robyn Fivush desarrollaron una forma de medición llamada “La escala ¿sabías que?”, en la cual se les pide a los niños que respondan 20 preguntas incluyendo: ¿Sabes en dónde crecieron tus abuelos? ¿Sabes a qué escuela secundaria fueron tus papás? ¿Sabes en dónde se conocieron tus padres? ¿Sabes de alguna enfermedad o de algo realmente terrible que le haya ocurrido a tu familia? ¿Sabes lo que pasó cuando naciste?

Los niños que pudieron responder esas preguntas resultaron tener un mejor control de sus vidas, una autoestima más alta y opiniones más positivas sobre sus familias. Marshall cree que a esos niños les va mejor porque tienen lo que él llama una fuerte identidad inter generacional: saben que son parte de algo más grande que ellos mismos.

El judaísmo no sólo nos da la oportunidad para compartir las historias de nuestra propia familia, sino que cada año tenemos en el Séder de Pésaj la oportunidad de conectar a nuestros hijos con nuestra historia nacional. Esto les da a las familias la sensación de ser parte de algo más grande que ellas mismas y pueden enfrentar sus desafíos con el mismo coraje y fe que tuvieron sus ancestros.

Para transmitir una historia familiar hace falta que seamos honestos con nosotros mismos y con nuestros hijos. Hace falta que creamos en la capacidad de adaptación y que le transmitamos esa creencia a nuestros hijos; es la capacidad de decir: superaremos esto tal como hemos superado todo lo demás. Como una familia.