Cuando mi papá me mostraba el cinturón, hasta ahí no más me duraba la tontera. Muchas veces seguíamos con mi hermano un par de minutos y ahí el papá tenía que sacárselo. Eso significaba que no iba a haber otra advertencia. Lo curioso es que no recuerdo ningún correazo. Seguro que pasó, de lo contrario no hubiera desarrollado el reflejo, pero no lo recuerdo. ¿Es tan terrible que te den un correazo? Hoy suena atroz. Salvaje. La verdad es que no lo sé. Pero antes era así no más. En lo personal me ponían límites, y si no los respetaba había una consecuencia. De pequeño era una correa. Ya más de niño no podía salir a jugar sin antes revisar las tareas con mi mamá, y de adolecente no podía salir viernes y sábados. Tenía que escoger uno de los dos días. Esos eran mis límites. Yo sentía que era el único que tenía padres restrictivos. Lloraba y reclamaba. Mis papás en cambio no se inmutaban. Tenían una sola voz. No existía ablandar a uno para que el otro cediera.

—Todos pueden salir los dos días.
—Sí, pero vives en esta casa.
—Pero es injusto, todos salen cuando quieren.
—Puedes irte cuando quieras.

La verdad es que se me habían olvidado estos diálogos. No los recordaba. Hasta que hace un par de semanas, en una charla en un colegio, me pidieron un tip para una mediación parental. Yo estaba explicando la relevancia que tenía revisar el contenido de los teléfonos con hijos adolescentes: “Las tecnologías, al permitir la anonimidad, y ante un entorno en el que muchas veces no hay reglas como es el digital, es muy importante que los jóvenes sientan que tienen límites, ya que de cualquier otra forma es muy difícil que se autorregulen y lo más probable es que tengan que aprender con experiencias negativas”.

—Daniel disculpa, ¿tienes un tip para eso? Lo que pasa es que mi hija de 14 es difícil, y… no puedo.

Y yo, la verdad, no entendí. Me demoré un par de segundos en comprender realmente lo que me estaba pidiendo esa mamá. No quise preguntarle a viva voz si su hija de 14 le iba a negar revisar el teléfono si ella se lo pedía. “¿Usted le presta su teléfono a su hija? ¿Ella conoce su clave?”, le pregunté. Me dijo que sí. “Bueno, de la misma forma como usted no tiene nada que esconderle a ella, dígale que a usted también le gustaría ver su teléfono. Explíquele que confía en ella, pero que la transparencia es mutua, y también espera que ella lo sea con usted”. La mamá me agradeció y quedó tranquila, pero yo no.

Tuve un flahsback y recordé los diálogos con mis padres. Los límites que me ponían y mi propia incapacidad para decirles que no. Pero ahora, frente a esa mamá, solo un par de años mayor que yo, sentí que algo había cambiado. ¿Qué pasó con estos niños que se empoderaron y desconocen la autoridad parental? ¿Por qué hoy los hijos les responden a sus padres y son capaces de decirles que NO a algo, y sus padres en vez de enfrentarlos, prefieren evitar la situación? Y la verdad es que tengo decenas de otros ejemplos que se relacionan especialmente con el uso de las tecnologías, pero creo que la idea se entendió. Voy ahora a desarrollar una respuesta que no ha sido desarrollada y que sí creo que puede ser de suma utilidad para crecer como padres.

En educación sabemos que gran parte de lo que los niños aprenden y hacen en sus vidas lo vieron en casa. No es novedad. Todos sabemos que los niños repiten lo que ven en la casa. Ahora, cuando su hijo llega a su casa y le dice que el profesor tanto, en el colegio, revisó mal la tarea, corrigió mal un ejercicio, o cometió cualquier error. Déjenme preguntarles, ¿Cuál es vuestra reacción? ¿Le creemos al niño y hablamos mal del profesor sin antes averiguar bien el tema? Cuando tenemos un problema con la compañía de teléfonos, agua o electricidad, y se equivocaron en la cuenta, y la persona al otro lado de la línea le dice que no lo puede solucionar, ¿le pedimos que nos pase inmediatamente con su supervisor? ¿Socavamos su autoridad mientras nuestro hijo escucha lo que decimos por el teléfono?

Cuando nuestros padres, los abuelos de nuestros hijos, se ponen porfiados, tercos o dicen cosas erróneas, como muchas veces sucede con los adultos mayores, ¿los molestamos y les decimos que ya están hablando tonteras? ¿Ven nuestros hijos nuestra falta de respeto a sus abuelos? Cuando Chile clasificó para el último Mundial recuerdo que hubo desmanes en la Plaza Italia, y cuando llegaron los carabineros, toda la gente comenzó a corear “¡Buenos días, buenas tardes!”. La gente le había perdido el respeto a la autoridad. Venía llegando de afuera y yo no entendía lo que sucedía, hasta que me explicaron que era por un sketch. Cuando vemos que se habla mal de un político, empresario o una autoridad religiosa, ¿qué decimos delante de nuestros hijos?

Quizás en la respuesta está el mismo problema. Les enseñamos a no respetar a la autoridad. Les enseñamos, con nuestras propias acciones, a socavar el poder que antes tenía la autoridad. Y ahora, ellos sólo siguen el modelo. Nos copian. Repiten lo que nosotros hacemos. Y ya no nos respetan. Es cierto que hoy los niños están más empoderados. Es verdad que los padres deben ponerles límites. Tienen que tener una sola voz entre ellos. Lo que uno de los dos dice se hace. Eso es autoridad. ¿Ocupar la correa? No lo creo.

Quizás sí hay que “pegarles” fuerte, muy fuerte, con el golpe más fuerte de todos: mostrando respeto por nuestros propios padres, las autoridades y nuestras parejas. Por favor entendamos: más importante que el límite es el respeto a quien pone ese límite. Y ese correazo sí que dolería. Es un “nocaut” técnico, y se llama ejemplo.