Mi hija de cuatro años está al borde de un ataque, patalea, hace pucheros, medio llora y medio grita. Al principio todo lo que puedo hacer es mirar hacia otro lado. Basta de teatro. Podría esperar su próxima mala decisión o que estalle por completo. Acción, luego consecuencia. Afortunadamente me doy cuenta que está incómoda, prácticamente me suplica que la ayude a evitar un estallido.

"Dame tu enojo", le digo sosteniendo mis manos como si estuviera por recibir un juguete o una golosina no deseada.

Mimi duda por un instante antes de decidir que va a participar del juego. Con ambas manos jala algo invisible a los lados de su rostro, donde hace unos segundos habían caído lágrimas de frustración. Hace un último gesto con la boca y luego deposita cuidadosamente sus tesoros sobre mis palmas abiertas.

"¡Vaya! Es mucho. ¿Te parece mejor que lo arrojemos al inodoro o que lo tiremos afuera?".

"¡Tíralo en el inodoro!", responde mi hija con una sonrisa. (Debería haber entendido que esa sería una opción más emocionante). Yo llevo la pesada carga al baño y ella tiene el honor de apretar el botón.

"¡Ya se marchó! ¿Te sientes mejor?".

Me responde que sí con la cabeza. Su mirada todavía se dirige al baño, sin duda preguntándose exactamente a dónde acabamos de enviar a su "enojo". Ya sea a causa del juego o por el sentimiento de que acaba de liberarse de una energía irritable, parece que volvió a sí misma.

Cuando estudié para mi posgrado, tuve la oportunidad de profundizar en técnicas de externalización como esta, y cómo se pueden aplicar en la terapia de juego con niños pequeños. Si le preguntas a un niño cuál es su problema, te mirará sin entender lo que quieres de él. Pero con un bloc de hojas, un par de muñecas o un juego de mesa, puedes descubrir prácticamente todo lo que hay en su mente. El relato de historias y la imaginación son los vehículos más saludables para procesar las emociones, y estas son las estrategias que me redimen una y otra vez en los momentos difíciles de la maternidad.

Así fue como descubrimos al Sr. Mano, que es como mis niños llamaron a mi mano cuando estaba apoyada sobre el respaldo del asiento del conductor, como un pájaro extraño. El Sr. Mano surgió en una tarde desesperada cuando olvidé llevar las golosinas que les había prometido cuando fuera a buscarlos a la escuela. Pero mis hijos pidieron que vuelva de visita y le contaron toda clase de cosas interesantes que yo nunca antes había tenido el privilegio de escuchar. Los niños anhelan estos medios creativos para comunicar sus sentimientos sin la presión de una confrontación directa.

La externalización también es útil para los adultos. No es sorprendente que mi hija entendiera de inmediato lo que es tashlij, afirmando con la cabeza mientras yo le explicaba la ceremonia simbólica de arrojar los pecados al agua en el primer día de Rosh Hashaná. Similarmente, el concepto del ietzer hará, o el impulso al mal, tiene la capacidad de aliviarnos de la vergüenza y de brindarnos una mayor sensación de control. Si entendemos que nosotros no somos nuestros impulsos negativos, nos diferenciamos de nuestros actos negativos, esos por los que sentimos remordimiento. Mi ietzer hará me ganó, me digo después de participar en una conversación repleta de chismes. Yo puedo hacerlo mejor. También mis hijos luchan con su ietzer hará.

Cuando era pequeña, escribir era mi puerta de entrada a las emociones más difíciles. Antes de escribir mi diario en primera persona, escribí historias, y cada monstruo o villano sin dudas era una capa creativa que cubría mis propias luchas internas. Una de mis escritoras favoritas, Elizabeth Gilbert, alienta a los aspirantes creativos a externalizar escribiendo una "Carta al miedo". Ella explica que simplemente somos los observadores de nuestras propias barreras emocionales. "Agradécele por sus pensamientos y respetuosamente explícale tu nuevo plan". El ejercicio puede compararse con una conversación con nuestro ietzer hará: en vez de sentirnos frustrados con nosotros mismos por los pensamientos no deseados o por los impulsos, simplemente podemos responderle con un "No, gracias". Cada vez es una victoria.

Ahora sabemos que si no buscamos salidas saludables para las emociones negativas, en circunstancias más graves el que las carga es nuestro cuerpo, lo que puede exacerbar o incluso crear síntomas físicos. ¿Pero qué ocurre si la mayoría nos tomamos el tiempo necesario para asegurar que nuestros hijos cuenten con métodos positivos para enfrentar y comunicar sus experiencias? No sólo para evitar los estallidos cuando son pequeños, sino para enfrentar cualquier cosa que la vida pueda presentarles.

Separar y externalizar las fuerzas negativas es constructivo, tanto si tenemos cuatro años y estamos a punto de estallar como si tenemos ochenta y cuatro años y nos enfrentamos con un cuerpo que envejece. Debemos recordar: Yo soy más que esto. Al recordar que somos más, podemos volver a sentarnos en el asiento del conductor y recobrar el control.