Basado en la obra de la psicóloga Diana Baumrind, hay cuatro estilos principales de educación: padres autoritarios, padres permisivos, padres negligentes y padres con autoridad.

Los padres autoritarios esperan que sus hijos sigan un conjunto estricto de reglas y expectativas. Por lo general confían en el castigo para exigir obediencia o para enseñar una lección. Los hijos de estos padres tienden a ser tímidos y tener baja autoestima.

Los padres permisivos tienden a ser indulgentes. Tratan de evitar la confrontación a toda costa. Ponen pocas reglas y si es que hay reglas, rara vez son impuestas. Esta falta de estructura causa que los niños crezcan con poca autodisciplina y poco autocontrol.

Los padres negligentes no se preocupan por las necesidades emocionales o físicas de su hijo. Pueden pasar largos periodos de tiempo fuera de la casa. No proveen un espacio seguro para el niño en donde pueda sentir que cuentan con un adulto. Esta es la clase de educación más destructiva.

Los padres autoritativos (no confundir con padres autoritarios) logran un equilibrio entre las altas expectativas y el apoyo, el amor y la comprensión. Los niños se sienten cómodos expresando sus miedos, sus pensamientos y sus opiniones. Sin embargo, se mantiene la rutina y la estructura. Los padres imponen límites y reglas y cuando estas se transgreden hay consecuencias consistentes y afectuosas. Los niños que reciben esta clase de educación por lo general se convierten en adultos emocionalmente sanos y estables.

A muchos padres les gustaría aplicar el estilo autoritativo (de educación con autoridad), pero se sienten incómodos al imponer cualquier clase de reglas o límites. Sienten que de esa forma son malos o demasiado duros.

Para los padres modernos es difícil ser asertivos. A nuestra generación le inculcaron los principios democráticos de que todos deben ser tratados con igualdad. Por eso nos cuesta mucho más que a nuestros padres imponer la autoridad.

En la actualidad, los niños no obedecen instintivamente a sus padres. El movimiento de los derechos humanos de los años 60 cambió las costumbres tradicionales. En el pasado, el deber y la obediencia eran valores universales básicos y se esperaba que las personas fueran sumisas ante una autoridad superior. Hoy en día la sumisión y la obediencia se consideran obsoletas. Todos luchan por la igualdad de derechos, incluso los niños.

El hecho de que muchos adultos se sientan incómodos al imponer su autoridad y que los niños sean incapaces de aceptarla, creó un balance poco sano en la relación padre/hijo.

Los niños necesitan límites y reglas tanto como amor, apoyo y comprensión. Sin esto, los niños son infelices, sufren estrés, ansiedad y depresión. Por debajo de todas sus quejas, los niños realmente quieren aprender a escuchar a sus padres. Quieren padres que mantengan sus límites y hagan cumplir las reglas. Eso los ayuda a sentirse seguros. Los padres tienen que educar.

A los padres les puede resultar más fácil adoptar el método de educación con autoridad si imponen reglas y límites con empatía. Podemos hacer cumplir nuestras reglas y al mismo tiempo mostrarles a nuestros hijos que entendemos que es difícil aceptarlas. Los niños pueden aceptar mejor las reglas y los límites cuando les mostramos que entendemos que les resulta difícil aceptarlos.

Por ejemplo, en vez de ceder y decir:

“De acuerdo, ¡puedes jugar en la computadora antes de hacer la tarea! ¡Pero nunca más!”

Prueba decir:

“Veo lo frustrado que te sientes porque sólo puedes usar la computadora después de hacer la tarea. La regla es que tienes que completar tu tarea escolar antes de usar la computadora”.

En vez de decir:

“Sara, ¡nos tenemos que ir! Se está haciendo tarde. De acuerdo, puedes jugar un ratito más, pero después realmente nos tenemos que ir.

Prueba decir:

“Estás muy triste por tener que irte del parque. Te gustaría jugar aquí todo el día. Nos tenemos que ir”.

En vez de decir:

“No sé cuándo voy a ir al supermercado, pero supongo que si quieres el auto puedes usarlo”.

Prueba decir:


“Veo lo enojado que estás porque no puedes usar ahora el auto. Cuando regrese del supermercado estará disponible”.

Probablemente, al encontrarte en medio de un conflicto con tu hijo tendrás que repetir muchas veces el tono de este tipo de frases. Ellas también tienen el beneficio adicional de mantenernos calmados. Para ambas partes es difícil enojarse cuando hay empatía y un lenguaje neutro. Lo más importante es que estas frases transmiten amor junto con la firmeza que precisa un padre con autoridad.