A veces, los pequeños momentos son los que dejan la mayor impresión en los niños.

Hace un tiempo, me reuní con mi hija y sus hijos en la casa de mi tío Yanky (Rav Jacob Jungreis). El tío Yanky es el hermano mayor de mi mamá. El nació el día en que Hitler subió al poder. Lleno de vida y bendecido con una aguda memoria, el tiempo que pasamos juntos siempre es vívido y poderoso. Pero yo realmente no esperaba que los niños absorbieran mucho. Después de todo, son pequeños. Yo pensé que mientras los adultos se sentaban alrededor de la mesa y conversaban, los niños se mantendrían ocupados, corriendo y jugando. Pero lo que pasó me enseñó una increíble lección de educación.

Los niños nos rodearon y luego acercaron sillas. Ellos querían escuchar y ser parte de la conversación.

—El tio Yanky vivió durante el Holocausto —dije yo—. No sean tímidos si quieren hacer alguna pregunta.

No tardaron mucho.

—¿Te hicieron daño alguna vez? ¿Qué comías?

—¿Cómo saliste?

—¿Por qué no llamaste a la policía para que te ayude?

Le pedí a mi tío que comience desde el principio. Él habló sobre caminar a la escuela cuando tenía seis años y cómo lo escupían, lo perseguían y lo llamaban “judío sucio”. Los ojos de los niños se abrieron enormes.

—¿Se imaginan? —miré a mis nietos—. Tan sólo seis años, completamente solo y teniendo que escuchar esas palabras de odio.

—¿No tenías miedo? —preguntó un niño.

—Sí, claro. ¿Pero qué podía hacer? Tenía que caminar a la escuela. Y así es como era la vida para los judíos.

Hablamos sobre cómo mis abuelos recibieron en su casa a refugiados que escapaban. Mi abuelo era el rabino en jefe de Szeged, Hungría. Judíos de otros países intentaban escapar de las redadas y del acechante destino fatal. Hungría fue la última en caer. Cada noche, judíos desesperados y asustados tocaban la puerta de mis abuelos. El tío Yanky nunca sabía dónde dormiría o cuántas personas serían puestas en las habitaciones. La puerta siempre estaba abierta.

Observé mientras los niños se imaginaban la escena. Ellos entendieron que sin importar lo que pasara, siempre había espacio para estos desconocidos, porque en realidad ellos no eran desconocidos, eran nuestros hermanos y hermanas. Ellos eran familia.

—Tío Yanky, ¿Puedes describir la deportación del gueto? —pregunté.

Los niños estaban cautivados.

Ellos escucharon lo que era viajar muy apretados en vagones de ganado, sin agua, sin baños. Sin aire para respirar. Nazis con sus feroces pastores alemanes, gritando órdenes. Y los judíos pensando ¿A dónde vamos? ¿Qué será de nosotros?

Yo pienso que todo esto no era demasiado para mis nietos. ¿No nos reunimos acaso en la mesa del Séder y hablamos sobre la terrible esclavitud en Egipto? Se nos ordena contarles a nuestros hijos sobre los bebés judíos que fueron lanzados al Nilo; la dureza, la creciente maldad de cada generación que quiere destruirnos y lanzarnos al mar. Aún hoy, ellos buscan extinguir nuestra llama. Untamos en agua con sal para recordar nuestras amargas lágrimas. Esta es nuestra historia. Es nuestra realidad. Y es nuestra responsabilidad como padres y abuelos “contarles a nuestros hijos”.

Así que no, no me contuve y no le pedí a mi querido tío que se restringiera o que los protegiera. Nuestros hijos deben saber. Ellos necesitan entender cómo se ve el antisemitismo. Ellos necesitan comprender que hay personas rábidas y despiadadas, que nos detestan más de lo que aman la vida.

Ellos necesitan saber cómo mirar a este monstruo a la cara y pararse fuertes como leales judíos. Ya sea enfrentando a aquellos que son antisemitas o que odian a Israel, nuestros hijos enfrentarán a aquellos que distorsionan y destruyen a través de su odio. Debemos educar a nuestros hijos para que estén preparados.

Porque a pesar de todo, nos hemos mantenido apegados a nuestra fe. Esta es la clave de nuestra supervivencia. Escuchar estos relatos graba dentro del alma de estos niños que a pesar de todo el sufrimiento seguimos firmes. Un judío nunca se da por vencido. Nuestra nación nunca desaparecerá. Somos una nación milagrosa.

¡Los niños estuvieron sentados tres horas! Escucharon historias de Shabat en Bergen Belsen. Cómo mi abuelo escondía su mohosa y dura ración de pan y contaba los días hasta Shabat. Entonces, el viernes en la noche llegaba y mi Zeide reunía a mi abuela (a quien llamamos Mame), mi madre y mis tíos a su alrededor. Sacaba el mohoso y rancio pan y les pedía que cerraran los ojos. “Imaginen que están en casa otra vez, probando la jalá casera de Mame”. Zeide cantaba Shalom Aleijem, dándole la bienvenida a los ángeles de Shabat. Con lágrimas les explicaba que ellos, los niños, eran realmente los ángeles de Shabat.

Incluso ahí, en el abismo más oscuro de la tierra, nos rehusamos a acobardarnos. No renunciaríamos a nuestra luz.

A medida que se nos acababa nuestro tiempo juntos, le pedí al tío Yanky que contara la historia de su bar mitzvá en el campamento para refugiados donde llevaron a la familia cuando acabó la guerra. Esperando las visas, pero sin que se les permitiera entrar a la Tierra de Israel, mis abuelos y sus hijos estaban varados en un campamento para refugiados en Suiza. Después de haber pasado los indescriptibles sufrimientos del Holocausto, todavía no podían tener paz. Pero mi tío estaba llegando a la edad de bar mitzvá.

—Niños, ¿saben qué servimos en mi bar mitzvá?

Mis hijos esperaron escuchando atentos.

Mi tio los miró y les dijo: —¡Agua! No había nada más. Pero entonces, mis amigos hicieron algo que nunca olvidaré. Verán, al estar en el campamento para refugiados, todos los niños nos hicimos amigos. Ellos me trajeron una caja enorme, como mi regalo. ¡No podía creerlo! Abrí la caja y adentro había otra caja más pequeña. Luego otra. Y otra. Hasta que salió la cajita más pequeña. Y no creerán lo que había adentro. ¡Una banana!

Las bocas de los niños se abrieron enormes.

—Sí —siguió mi tío—. Una banana de regalo de bar mitzvá. Yo nunca había visto una banana en mi vida así que comencé a comerme la cáscara. Uno de los niños me enseñó qué hacer. Yo no tenía idea. Y luego la corté en decenas de pedacitos para que todos pudieran compartir.

Nos reímos de asombro y nos despedimos.

Durante todo el camino a casa los niños estaban llenos de asombro.

—Bubby, ¡Que fuerte es nuestro tío Yanky! Y no me refiero a músculos… ¿sabes a qué me refiero Bubby?

Y entonces...

—No puedo creerlo Bubby. ¡Una banana para un bar mitzvá!

Yo contenía silenciosamente mis lágrimas mientras conducía.

No sé lo que nuestros hijos enfrentarán en el futuro. El mundo está girando fuera de control.

Debemos educar bien a nuestros hijos. El mundo de mis padres, el mundo de mi tío no fue hace tanto tiempo. Sin embargo, estamos nuevamente enfrentando un nivel de odio preocupante. Es un odio enmascarado, pero es real.

Si no sabemos de dónde venimos, no sabremos de qué estamos hechos y hacia dónde vamos.

Encendamos la chispa en el alma de nuestros hijos. Es nuestra sagrada misión.