Hace muchos años tomé una decisión: no escucharía más clases sobre cómo educar a mis hijos. No más libros, no más clases de audio. No más consejos “amigables” y “bien intencionados”. Se había acabado. Me había hartado de toda la “sabiduría” disponible. Regresaba a la intuición y la plegaria.

Pero de vez en cuando me llega de improvisto una porción de sabiduría educativa, una idea tan simple pero tan maravillosa que me gustaría haberla pensado yo misma y haberla aprendido en alguna de todas esas clases a las que asistí hace 30 años.

Esta idea fue sugerida por la Rebetzin Feigue Twerski en su libro “The New Normal” (La nueva normalidad). En una sección del libro en donde ella lamenta la suerte de las madres y de las abuelas que por lo general son las que disciplinan versus la de los padres y abuelos que generalmente son la fuente de todas las cosas divertidas, menciona una nueva estrategia que adoptó para liberarse a sí misma de ese rol. Al trabajar para ser más tolerante y menos crítica, ella tomó una decisión sabia y radical. Cuando veía que un niño se portaba mal (en realidad sus palabras son más delicadas: “una desviación en su conducta que yo considero inapropiada”), le arrojaba el problema a Dios y le pedía a Él que interviniera a su favor y les diera claridad.

Esa idea me deslumbró y deseé probarlo al enfrentar conductas similares con mis hijos adultos. Esto le quita a la relación toda la tensión y pone la responsabilidad donde corresponde. Es sumamente liberador en su sabiduría y simplicidad. Me habría gustado que se me hubiese ocurrido o haberlo sabido mucho antes. No sólo para salvar a mis hijos de mi lengua critica, sino para ahorrarme mucha ansiedad y frustración.

Como muchas ideas verdaderas, una vez que la escuchas parece tan obvia y posible de llevar a cabo. No necesitas un talento especial, y se aplica a todos los hijos, sin importar su edad ni sus habilidades. Y es adaptable. Podemos pedirle a Dios que les de claridad, sabiduría, paciencia, respeto, mayor dignidad o que piensen antes de hablar. ¡Podemos pasar por toda nuestra lista de deseos!

Y podemos respirar. Porque ahora realmente le pasamos la pelota a Dios.

Es gracioso. Sabemos que Él está a cargo, pero es muy difícil liberarnos de la ilusión de que nosotros lo estamos; pensar que las palabras correctas, los pensamientos correctos, los rezos correctos, las estrategias sofisticadas, harán toda la diferencia, cambiarán a nuestro hijo (o a nuestra pareja o padre) para ser justo ese ser humano que queremos que sea. Aunque seguimos golpeándonos la cabeza contra la pared, no podemos detenernos. Aplicamos la misma estrategia fallida una y otra vez.

Pero la Rebetzin Twerski compartió con nosotros el verdadero camino ganador. Dado que no está en nuestras manos, sólo podemos beneficiarnos de reconocerlo. Nos sentiremos más libres y más relajados. Nunca estuvo bajo nuestro control y una vez que lo aceptemos seremos padres más pacientes y amables. Nuestros hijos responderán a nuestro nuevo "yo" amoroso comportándose mejor, pero incluso si no lo hacen, le hemos pasado esa responsabilidad a nuestro Padre en el Cielo. ¡Espera a que Él regrese a casa!

Desperdiciamos demasiado tiempo luchando con nuestros hijos en vez de ser amables con ellos y pedirle ayuda a Dios. Esto no significa que nunca disciplinamos; sólo significa que lo hacemos mucho menos. No es un bombardeo constante. ¡En especial cuando vemos que en los hechos de todos modos no hace ninguna diferencia! El mayor placer de Dios es ayudarnos, especialmente cuando se lo pedimos. Una vez que nuestros hijos nacen, nunca dejamos de ser padres. Es un trabajo de la cuna a la tumba. Y nunca es demasiado tarde para aprender nuevas ideas, a pesar de mi mala actitud previa.