Yo destruí el Templo en Jerusalem. Fui yo, una simple ama de casa, en el siglo 21, quien destruyó el Templo Sagrado, robándole al mundo su fuente principal de luz y conexión con Dios.

Pasó muy rápidamente, y con nada de dramatismo. Estaba charlando con la secretaria en la oficina de nuestro doctor familiar. Nos estábamos riendo del hecho de que mi prima, quien trae sus hijos al mismo doctor, siempre pierde sus citas.

“Sí”, yo bromeé, “¡Ella probablemente hubiera perdido su propia boda si no nos hubiésemos asegurado de que llegue!”.

Y con esas palabras aparentemente ingenuas, yo me despedí alegremente y partí camino a casa.

Algo no parecía bien. Las palabras que habían salido recién de mi boca tenían alas y estaban dando vueltas en mi cabeza. Escuché mi propia voz repetir la declaración una y otra vez, y con cada repetición los músculos de mi estómago se ponían cada vez más tensos. No me molestaba tanto la duda de si mi declaración era cierta o no, sino algo más existencial. Había hablado lashón hará, una declaración negativa sobre otra persona que de acuerdo a la ley judía está prohibida, aún cuando lo que se dice es verdad.

El Talmud dice que el Templo fue destruido hace 2000 años por sinat jinam, odio infundado. ¿Fue realmente mi comentario casual en la oficina del doctor similar a lo que causó el exilio judío? Sí, palabras como esas cultivan negatividad y alejan a la humanidad de nuestro objetivo de unidad y tolerancia.

Recientemente, mi hija y mi hijo pequeño estaban jugando juntos en el baño. De repente, por ninguna razón obvia, mi hija comienza a pegarle a su hermano en la cabeza con una pala de juguete. Los ojos de él buscaban ayuda desesperadamente y ríos de lágrimas fluían de sus ojos, este pobre niño estaba atrapado en la bañera. Por supuesto, le dije a ella que se detuviera y saqué su mano de sobre la cabeza de su hermano, pero ella continuó. Yo estaba sorprendida y enojada. Esto era intolerable, le dije que ella estaría separada de su hermano hasta que aprendiera a comportarse correctamente con él.

Y luego se hizo evidente. Es por esto que el templo fue destruido. Porque cuando nos lastimamos entre nosotros, ya sea físicamente o con palabras, nuestro Padre que está en el Cielo lo encuentra inaceptable. Hemos sido exiliados hasta que podamos aprender a vivir en armonía con nuestros hermanos y hermanas.

No mucho después de este hecho, mi hija vino del Gan con una bolsa de proyectos de arte y manualidades. A través del paquete transparente, pude ver un pequeño “rollo de la Torá” hecho creativamente por su maestra. Estaba construido con dos caramelos juntos para asemejarse a un rollo. Traté de que lo guardara hasta después de comer un almuerzo saludable, la entretuve contándole sobre el pollo y el arroz recién cocinados que esperaban en casa.

En toda generación en la que el Templo no es reconstruido, esa generación es como si lo hubiese destruido”.

Llegando a casa, mi decidida hija lloriqueaba mientras rompía para abrir la bolsa de celofán para encontrar su dulce. Cuando lo vio de cerca por primera vez, se dio cuenta de que no tenía sólo un dulce, sino dos. Su cara seria se transformó instantáneamente un una enorme sonrisa al tiempo que gritaba: “¡Mami, hay dos dulces aquí! ¡Uno para mí y otro para mi hermano!”.

Mi corazón se alegró muchísimo. Las ambiciones por un almuerzo saludable se desvanecieron mientras abría los dulces para mi generosa hija y su hermano.

¿Y cómo actuamos nosotros? ¿Compartimos con los demás? ¿Tratamos de juzgar a otros favorablemente? ¿Somos comprensivos con la difícil situación de la gente que está bajo el ataque de misiles en Israel o con la gente que muere de hambre en Sudán?

Nuestros sabios dijeron: “En toda generación en la que el Templo no es reconstruido, esa generación es juzgada como si lo hubiese destruido”.

Esto nos enseña que tenemos el poder de cambiar el patrón que nos exilió para crear uno de amor. Aunque pasaron 2000 años, Dios no ha renunciado a nosotros. En cambio, espera que cada uno de nosotros repare la falta, que construya Su casa con ladrillos de amabilidad y comprensión.

El 10 de tevet es uno de los ayunos en el calendario judío que están designados para reflexionar sobre la destrucción del Templo. El rabino Eliahu Kitov describe el objetivo de estos días de ayuno:

“El sufrimiento no es el punto principal del ayuno, ¡el sufrimiento que hubo en los días en los que la destrucción tuvo lugar fue suficiente! En cambio, la idea del ayuno es despertar al corazón, abrir el camino para el retorno…”.

El próximo ayuno, no voy simplemente a repetir cómo destruí el Templo con mis palabras, sino cómo voy a reconstruirlo desde ahora. El rabino Najman de Breslov enseñó: “Si crees que puedes destruir, entonces puedes reparar”.

El fuego tiene la capacidad tanto de destruir como de dar calor. Ese día en la oficina del doctor yo encendí un fósforo y se lo tiré al Templo Sagrado. Ahora es momento de encender un fuego diferente: de compasión y afecto, de construcción y reparación.