Seamos justos

Para apreciar completamente este artículo realmente deberías conocer a Jana, y no sólo porque es mi hija. Pero es suficiente decir que lo que sea que ella hace, lo hace con pasión, ánimo y entusiasmo…  muchísimo entusiasmo.

Y así fue hace algunos meses atrás, cuando su profesora de sexto grado, la Sra. Fried, explicó una tarea a la clase, Jana estaba saltando de su asiento como un pedazo de pizza caliente en una lengua desprevenida.

“El Tabernáculo que estamos estudiando, el que los judíos construyeron en el desierto”, explicó la Sra. Fried, “era igual al de los dos grandes Templos que se construyeron muchas generaciones después”. 

Jana y sus compañeros de clase, estaban recibiendo su primera exposición del concepto del Templo, el cual servía como punto focal de la vida judía, las prácticas, y los servicios durante 830 años hasta el año 70 E.C. Las primeras impresiones pueden durar una vida entera y la Sra. Fried era una experta en hacer que una lección muy importante cobrara vida para sus niñas. Mostrar el Templo como algo más que una estructura física ornamentada o incluso una gran sinagoga, era el desafió que se había propuesto.

“¿Pueden imaginar lo que sería si nosotras – la clase de niñas de sexto grado – realmente pudiéramos construir el Templo? ¿No sería increíble?”.

No todas entendieron a que se refería la Sra. Fried. Ellas sabían que no eran constructoras, ingenieras, arquitectos o contratistas, entonces ¿Cómo podrían hacerlo? “Además”, susurró una niña. “¡Escuché que sólo el Mashiaj será capaz de construir el tercer Templo!”.

“Déjenme explicarles. Vamos a separar la clase en grupos pequeños. Cada grupo se juntara en la noche y construirán pequeños modelos de secciones del Templo. Luego, en dos semanas, cuando se hayan completado las partes, las juntaremos todas. Cada grupo presentará su proyecto a toda la escuela. ¡Luego juntaremos las partes y crearemos un magnifico modelo del Templo completo!”.

Para entonces toda la clase estaba comentando con anticipación y emoción. La Sra. Fried anunció los participantes de cada grupo y que sección tendrían que completar. A Jana y a sus tres amigas les tocó construir el Mizbeaj Nejoshet, el Altar de Cobre, con su enorme y majestuosa rampa.

Jana difícilmente podía esperar para llegar a casa y contarnos acerca del excitante proyecto. De hecho, no lo hizo – llamó desde el teléfono publico del colegio durante el recreo. Describió cada diminuto detalle de su sagrada misión y preguntó si el grupo se podía reunir en nuestra casa (por supuesto) esa misma NOCHE, para comenzar a trabajar en el modelo. ¿Cómo podíamos decir que no?

Unas pocas horas después la puerta de entrada de la casa se abrió y 4 niñas, fuertes, de sexto grado, que prometían ser grandes constructoras, de pronto ingresaron al salón, todas hablando al mismo tiempo y chocando unas con otras. Era un espectáculo.

“Voy a buscar unas Tijeras”.

“¿Dónde está el cuchillo cartonero?”.

“¡Miren! Encontré un diagrama a color del Templo en este libro”.

“¿Podemos quedarnos a dormir hoy, mañana y pasado mañana?”.

Eran adorables. La pasión con la que estas niñas se embarcaron en su nueva aventura era un testimonio vivo del entusiasmo de la profesora y de sus propias ganas de aprender.

Este era su bebé y no querían que nadie más se intrometiera.

El equipo se esforzó por varias horas aquella primera noche de trabajo, sin sacar mucho en limpio. Pero a su favor, ellas trabajaron por si solas. El inestable modelo se veía como una mezcla entre un piano cojo y una creación anticipada de los Hermanos Wrigth, pero ninguna de ellas consideró pedir nuestra ayuda o nuestra opinión. Bien por ellas. Este era su bebé y no querían que nadie más se intrometiera.

Imperturbables, las niñas finalmente terminaron la jornada de trabajo determinadas a obtener un mejor resultado la noche siguiente. Quedarse dormidas, por lo menos para Jana, no fue un trabajo simple; demasiada excitación, expectativas y adrenalina. El resto del grupo, escuchamos, tuvo una experiencia similar.

Durante las noches siguientes el progreso fue lento pero consistente, mientras la creatividad de las niñas iba haciendo estragos. Al final de la semana, el modelo alcanzó un nivel que casi podría definirse como “reconocible”. Y como un bono, el grupo también comenzó a estudiar el propósito, el esplendor y el significado detrás del servicio del Templo relacionado con el altar y las otras instalaciones.

Pero el reloj seguía corriendo. Con sólo unos días para completar la aventura, las niñas trabajaron a paso apresurado. Nuestro comedor se había transformado literalmente en una planta de manufacturación con un montón de poliestireno expandido, fósforos, cinta adhesiva, papel celofán, pegamento, huinchas de medir, e incluso virutas de madera desparramadas por todos lados.

Sus propios diagramas sirvieron como planos para la sagrada labor, y a juzgar por el tono de sus voces en las últimas horas de producción, estas mujeres de 11 años estaban aprendiendo increíbles lecciones, tanto en colaboración y respeto como en diseño y construcción. Era algo para ver y admirar.

A medida que la segunda semana llegaba a su fin, el altar, la rampa y todos sus compartimientos y tramos estaban siendo completados. Todo había sido medido, cortado, formado y limitado. Los detalles eran en verdad impresionantes.

Era la noche anterior a la entrega y las sonrisas en sus pequeños rostros relataban una gran historia de determinación, logro y orgullo. Jana casi no podía sacar las palabras de su boca:

“¡Estamos listas para pintar!”.

Armadas con latas de pintura en spray y protegidas con delantales sagrados, nuestras heroínas marcharon triunfantes, transportando cuidadosamente su creación a través de nuestra puerta principal. Mi esposa y yo observábamos desde la cocina recriminándonos por no haber grabado en video la ocasión para la posteridad. Lo habían logrado realmente – y todo por sí mismas.

Era casi la hora de la cena y las sombras del otoño lentamente se transformaban en oscuridad. Sabíamos que todo el proceso de la pintura no tomaría demasiado tiempo, y pronto, la tropa nos llamaría para que saliéramos a ver el producto totalmente terminado.

Pero cuando el llamado llegó, no fue el esperado. Los gritos nos calaron los huesos. 

“¡¡¡MAMI!!! ¡¡¡PAPI!!! ¡OH NO!”.

Salimos volando de la casa y encontramos a 4 niñas empapadas en lágrimas.

“¡Miren!, gritó Jana, apuntando hacia la maqueta.

Volteamos nuestras cabezas y vimos el modelo, en muchos pedacitos, rodando por la calle – atrapado en una ráfaga de viento. Algunas partes quedaron bajo autos estacionados, otras atascadas en los arbustos. Otros pedazos aparentemente habían desaparecido.

“Llegó de repente, de la nada”, gritaban las niñas histéricas.

“En un minuto estábamos pintando – y al minuto siguiente ya no estaba”.

“Traté de correr tras el, pero el viento fue muy rápido para mí”.

Corrí por la calle tratando de recuperar lo irrecuperable, pero no obtuve ningún resultado. Momentos más tarde, volví con los pedazos de un valiente proyecto que de alguna manera no debía ser. Por cierto, las niñas estaban inconsolables.

Limpiar todo fue muy triste. Salvamos algunos vestigios de valor, más por recuerdo que por utilidad, y luego de algunos minutos ingresamos a una casa silenciosa. Realmente no había mucho que decir. La impotencia lo decía todo.

Durante las próximas horas ya habían recogido a todas las niñas. Volvieron a sus casas con las manos vacías. Jana se fue a dormir. Afuera el viento estaba tranquilo.

Mi corazón estaba roto por ella mientras me sentaba a su lado y acariciaba hacia atrás los rulos que tapaban sus mejillas llenas de lágrimas. Su sentimiento de pérdida era muy profundo y debían ser tratados como los de cualquier doliente.

Procesamos todos los eventos de las últimas semanas y recordamos los violentos y los jubilosos detalles. Juntos recordamos como se veía la estructura en los primeros días e incluso Jana llegó a reírse con el recuerdo. La sanación había comenzado. Era obvio que el dolor iba continuar por lo menos un tiempo, pero yo sabía que la recuperación llegaría muy pronto. 

¿Pueden imaginar sólo por un momento lo que el pueblo judío sintió hace 2000 años atrás, cuando el verdadero Templo fue destruido?

Le di el beso de las buenas noches y le dije lo orgulloso que estaba y lo mucho que la quería. La puede ver sonriendo con el reflejo de la lámpara de noche. Saliendo por la puerta, pensé en una ultima cosa para decirle. Me detuve y considere las implicaciones. ¿Era demasiado pronto? ¿Es algo que puede escuchar en este momento? ¿Estaba yo exagerando? No estaba seguro, pero decidí decirle. 

 

Me di vuelta y volví a su cama. Me senté nuevamente.

“Sabes Jana, esta noche es una noche muy triste para ti y para tus amigas. Ahora, tú sientes mucho dolor. Y cuando tú estás dolida, Mamá y yo también estamos dolidos. Algún día, cuando tú seas Mamá, lo entenderás aún mejor”.

“Pero a pesar de tu dolor, ¿puedes imaginar por un sólo momento lo que el pueblo judío sintió, hace más de 2000 años atrás, cuando el verdadero Templo fue destruido? Tú construiste un modelo de un altar en dos semanas – ellos perdieron todo. ¡El Templo fue su Hogar por más de 400 años!”.

No tuve que esperar mucho por una reacción. Su cara era una extraña mezcla entre sorpresa y angustia. Me miró y se tapó la boca. Creí haber escuchado un grito. Ella había comprendido.

La besé de nuevo y me fui de la habitación. No le sugerí que tal vez, sólo tal vez, Dios había elegido la destrucción del modelo como vehículo para enseñarles a ella, a sus amigas, a los padres y a la clase, el infinito impacto de los eventos de Tisha B’Av y la destrucción de los dos Templos. ¿Cómo podía saber si eso era cierto?

Pero tenía un presentimiento de que esas niñas, en esa ventosa noche, en su conmovedora tristeza, se acercaron mucho más de lo que la mayoría de nosotros jamás podrá, a entender el verdadero significado de Tisha B’Av.