Una vez más, estábamos sentados en el piso, comiendo la comida de los dolientes. Pan y un huevo, untados en cenizas. Aunque la familia completa estaba allí, casi no hubo conversación. Fue una comida consumida en soledad, cada persona por si misma, cada uno envuelto en su luto individual.

Esta vez estábamos lamentándonos por el Bet Hamikdash, el Sagrado Templo de Jerusalem, destruido hace 2000 años.

Dos semanas antes también nos habíamos sentado en el piso. Todos juntos, todos solos, con una tristeza que abarcaba todo, suspendida en el aire sobre nosotros. Fue duro - no, imposible - entender que papá se había ido. Él estaba tan vivo, era tan vibrante. Justo el día anterior habíamos estado todos juntos riéndonos en la cocina, comiendo conos de helado sin preocuparnos por el mundo, preparándonos para el paseo familiar de fin de semana. Y ahora estábamos todos sentados en el piso, nuestra cuantiosa familia con niños todavía pequeños, sin él.

Me encontré a mí misma errante, sin rumbo fijo, a través de la casa vacía, que permaneció irreversiblemente vacía sin importar cuánta gente venía a consolarnos, buscando algo, alguien, nadie.

Durante los primeros momentos, un dolor devastador se alojó en alguna parte de mi pecho, asentándose ahí como una roca, sin moverse. Nunca en mi vida había estado tan intensamente consciente de nada como lo estaba de ese objeto inmóvil. Si quería hablar, necesitaba de algún modo que las palabras pasaran por sobre y alrededor de esa piedra de dolor; de otra manera, no había forma de que salieran de mi garganta. Una sonrisa era aún más difícil.

 Entonces sentarme en el piso durante dos semanas después de la muerte de papá fue fácil. Ahí es donde quería estar de todas maneras.  

 Pero cuando estás cara a cara con la muerte, ya no hay lugar para las banalidades ni la falsedad. La verdad cobra un nuevo significado, y supe que lo que estaba haciendo ahora no era una extensión de mi sufrimiento personal.

Aunque he consumido esta comida previa a Tishá B'Av cada año desde que puedo recordar, ese año mi comprensión de lo que estaba haciendo era mucho más profunda. Las leyes alguna vez esotéricas del mes de Av cobraron un nuevo significado. Ya no podía quejarme por no bañarme tan a menudo como quería por un período de nueve días o por no escuchar música. Después de todo, durante el período de luto por papá, ni siquiera hubiese soñado con tratar de recibir alguna exención.

Cuando hacemos duelo por un pariente cercano, las leyes de luto tienen un efecto positivo. Las leyes nos fuerzan a vivir en el presente aunque puede ser que a menudo elijamos el pasado. Al proporcionar una estructura firme, las leyes nos ayudan a ver nuestra pérdida de una manera constructiva. Pero esas acciones no representan todo lo que estamos sintiendo. Lo que estamos sintiendo es demasiado profundo y demasiado pesado para ser manifestado mediante acciones simples. Las acciones son simplemente un desahogo de nuestra conmoción interna.

Aquel dolor que se alojó en mi corazón después de la muerte de papá, ése es el dolor que deberíamos sentir por nuestra pérdida nacional.

Cuando hacemos duelo por el Bet Hamikdash, nuestras acciones deberían ser también un desahogo de nuestro luto por la destrucción y nuestro anhelo por su reconstrucción. No escuchamos música, no porque no podamos, sino porque no queremos. Nos sentamos en el piso y comemos nuestra comida de pan untado en cenizas porque ese es el único sitio en donde nos podemos sentar en este momento, y eso es todo lo que podemos tragar. Aquel dolor que se alojó en mi corazón después de la muerte de papá, ése es el dolor que deberíamos sentir por nuestra pérdida nacional.

Es fácil ver los nueve días como algo restrictivo, enfocándonos en todas las cosas que no podemos hacer pero que quisiéramos hacer. Sería lindo ir a nadar, atacar la pila de ropa sucia que rápidamente está adquiriendo proporciones montañosas, aliviar la atmosfera en casa con algo de música alegre. Pero no podemos, entonces esperamos un poco ansiosamente que los nueve días terminen para poder continuar con la vida de la manera en que queremos vivirla.

Pero tal vez deberíamos ver esos días no como restrictivos, sino como una oportunidad anual que deberíamos tomar y aferrarnos a ella, tratando de obtener lo máximo de este tiempo antes de que se escurra como inevitablemente lo hará. Cuando hacemos duelo por un ser amado, no esperamos ansiosamente que termine el período de luto, porque las leyes están en sintonía con nuestras emociones y no hay ningún otro lugar en el que quisiéramos estar. Durante los nueve días también podríamos profundizar nuestra apreciación por nuestro glorioso pasado y por nuestra inmensa pérdida. Podemos tratar de poner nuestras emociones en sintonía con las leyes, para que los nueve días sean realmente el lugar en donde queramos estar.

Cuando hacemos duelo por personas, el luto nos ayuda a sentirnos cerca de nuestros seres queridos, pero eso no los trae de vuelta. Cuando sinceramente hagamos duelo por el Bet Hamikdash, cuando nuestra pérdida se sienta más profunda y más pesada que cualquier pérdida personal que jamás hayamos sufrido, quizás finalmente seremos merecedores de la redención y de la reconstrucción.