Yo crecí rodeada por sobrevivientes, mis abuelos, algunos héroes de los libros que leo y vecinos ancianos. Puedes decir que yo era una tercera generación de víctimas del Holocausto. Recuerdo despertarme por pesadillas, salir disparada de la cama, con los dientes chillando mientras me apuraba a llegar a la zona segura de la bombilla de luz que colgaba del cielorraso del armario. Los Nazis que me perseguían por las calles, sus largos rifles apuntando a mi espalda, sus burlas viciosas ridiculizándome, eran tan visibles en mis sueños como si hubiera estado realmente reviviendo algo que ya había experimentado.

Mientras otros chicos de mi edad temían por el estallido de una guerra nuclear, por la OLP o por la Unión Soviética, mi mente estaba preocupada con idear estrategias para rutas de escape, procurar lugares de escondite y decidir qué gentiles podrían ser confiables para escondernos y no traicionarnos, no sea que surja la necesidad con el retorno de los nazis.   

La señora Weinreb vivía en nuestra cuadra. Una viuda anciana, la única sobreviviente de una gran familia, vivía en una soledad desalmada y cruel. Mis padres la recibían en nuestra casa y le hacían sentir que era parte de nuestra familia. Ella trataba de encontrar vegetales para pelar, platos para lavar, o recurría a sus propias tácticas creativas, siempre para probarse a si misma que era necesitada y útil.

“Nunca vas a saber lo que pasó allí. A mí misma me resulta difícil creerlo”.

En ocasiones, cuando ella estaba enferma o simplemente se sentía abandonada, mi madre nos enviaba a nosotros a visitarla. Jugábamos juegos de mesa y escuchábamos sus recuerdos sobre los buenos viejos tiempos. Sus paredes estaban cubiertas con fotos de una era que ya había pasado. Los retratos de su madre y su padre, sus abuelos, tíos y tías, sus hermanas y hermanos, todos nos miraban fijamente, un testimonio silencioso de un mundo que una vez existió. Pero las fotos que me resultaban más difíciles de mirar eran las de sus hermosos gemelos vestidos encantadoramente con trajes de marineros, con inmensos lazos blancos enganchados en sus pelos. Niños que fueron arrancados de sus manos y arrojados en los fuegos de Auschwitz.

Cuando la señora Weinreb descargaba sus recuerdos dolorosos en mi madre, yo miraba con los ojos bien abiertos y con un nudo en la garganta. Una vez se dirigió a mí, puso su mano sobre mi frente y con sus ojos llenos de angustia me dijo: “Nunca vas a saber lo que pasó allí. Nadie sabe realmente. A mí misma me resulta difícil creerlo. Yo me pregunto ‘¿Cómo es que pasé por esa guerra y permanecí viva, con mi cordura intacta?’. No”, dijo ella meneando sabiamente su cabeza, “Tú nunca lo entenderás”.   

A medida que pasaban los años, aprendí a dejar de lado el Holocausto. También había un lado feliz en la vida. La vida era demasiado corta como para caer en un abismo de historias deprimentes de tragedia y pena.

Pero llega Tishá B'Av, el día designado para hacer duelo por la destrucción del Templo, la más importante destrucción, que sin dudas llevó a todas las tragedias futuras. Yo me permito contemplar las historias trágicas del Holocausto. Aunque este día conmemora principalmente la destrucción del Templo, es un día acorde para reflexionar sobre las muchas otras tragedias del pueblo judío.

Y el Libro de las Lamentaciones que leemos en la noche de Tishá BeAv es tan apropiado hoy como lo era en el tiempo del Holocausto y de la inquisición española, y no menos verdadero que durante la destrucción del Templo cuando el profeta Jeremías escribió esas palabras.

En este día yo pienso sobre las victimas como la señora Weinreb y lloro por ellos, los sobrevivientes que emergieron de las cenizas con nada más que sus dolorosas pérdidas, recuerdos insoportables, y a menudo dolorosos sentimientos de culpa, que los acompañarán por el resto de sus vidas

 ¡Ay, ella se sienta en soledad! La ciudad que era grandiosa con gente se ha convertido en una viuda… Ella llora amargamente en la noche y su lágrima está en su mejilla… Aquellos a quienes yo aprecié y crié, mi enemigo los ha eliminado. (Lamentaciones, 1:1,2; 2:22).

“Fuimos puestos a trabajar empacando bananas para ser enviadas al frente”, me relataba la señora Weinreb. “No tienes idea cómo el ver esas bananas nos atormentaba. ¿Puedes imaginar el olor tentador que desprendían? El guardia nazi nos controlaba, moviendo amenazadoramente su fusta con una mano, y su rifle en la otra. Nuestra hambre desgarraba nuestros intestinos, la tentación era humanamente imposible de soportar.”

El Señor me ha entregado en las manos de aquellos a quienes no soporto… Vierte tu corazón como agua en la presencia del Señor; eleva tus manos a Él por la vida de tus hijos, quienes se desmayan por hambre… (1:14, 2:19).

“Una joven parada a mi lado sucumbió. Por un momento, pareció como si el nazi se hubiese dado vuelta y ella apuradamente metió una banana en su boca, con cáscara y todo. Todos nos congelamos, nuestros dedos continuaron trabajando en piloto automático.

‘Sabe bien, ¿no?’, se burló el guardia arrogantemente. ‘Toma, te daré otra, abre tu boca’. Apuntó su rifle. La bala fue directamente dentro de su boca”.

…Sus enemigos la vieron y se regodearon en su caída… Desde lo alto Él envió un fuego a mis huesos y los destruyó… ¡O, trae el día que has proclamado y déjalos sufrir como yo! Deja que toda su maldad vaya ante Ti e inflígelos como me has infligido a mí por todas mis transgresiones… (1:7, 13, 21, 22).

En Tishá B'Av pienso en el impresionante hambre. Seres humanos eran, en ocasiones, reducidos a gatear sobre sus piernas para conseguir un bocado de pan y recuerdo las crónicas de desesperación que escuché decir:

Un tren proveniente de Francia arribó a Auschwitz. Este grupo elite de prisioneros descendió, aún usando sus altos sombreros de seda, abrigos de piel, y llevando valijas de diseñador - banqueros, hombres de negocios, ciudadanos ricos - judíos traídos a Auschwitz.

Dos semanas después, uno de ellos, un famoso ex-banquero se paró temblando en el rincón más lejano de las barracas. El traje a rayas de prisionero que ahora reemplazaba a su abrigo de piel, colgaba de su cuerpo extremadamente delgado frente a un oficial de la S.S. apoyado tranquilamente contra una pared, fumando un cigarro. El banquero buscó en su bolsillo, sacó una bolsita de terciopelo negro y la vació en la mano extendida del nazi. Una bolsa llena de diamantes cayó en su mano. A cambio de eso, recibió una rodaja de pan. Esto costaba una rodaja de pan en Auschwitz.

El enemigo extendió su mano por sobre todos sus tesoros… Toda su gente está suspirando por pan. (1:10, 11)

En Tishá B'Av, yo lamento la pérdida de aquellos que murieron "al kidush Hashem",santificando el nombre de Dios, y no olvido aquellos que vivieron toda su vida de la misma manera, "al kidush Hashem".

Un día, mientras todos los otros habían ido a sus lugares de trabajo, los prisioneros de dos campos de concentración fueron comandados a quedarse para limpiar las barracas. Mientras barrían los pisos mojados, uno de ellos descubrió, bajo una tabla del piso que estaba floja, una rebanada de pan y llamó entusiasmadamente a su amigo a venir y compartir esta visión espectacular.

¡Una rebanada de pan en Auschwitz!

“Yo sé a quién le pertenece”, dijo uno. El pan le pertenecía a un prisionero polaco, un vicioso antisemita, también preso en esas barracas. Por un largo momento, se miraron el uno a otro, con sus punzadas de hambre suplicándoles, hasta que la decisión fue tomada: “Devolvamos el pan. ¡Que los gentiles digan que los judíos no roban!”.

Aquí los líderes eran como ciervos que no encontraban lugar para pastar, caminaban sin fuerza delante de su perseguidor (1:6).

A través del largo exilio, la nación judía ha sido objeto una y otra vez de odio y persecución. Y sin embargo el espíritu indomable del judío ha perdurado a través de las generaciones.

Las lágrimas que derramamos en Tishá B'Av, año a año, son testimonio del fervor de nuestro anhelo y de nuestra esperanza. 

Hoy, tantos años después de la destrucción de nuestro Sagrado Templo, es difícil de comprender, mucho más lamentar la enormidad de la pérdida. Nunca vimos su esplendor, tampoco experimentamos el sentimiento de cercanía con Dios que generaba. Sin embargo Tishá B'Av ha permanecido como un día de tragedia a través de las generaciones, un potente recordatorio de dónde estamos y adónde pertenecemos, un momento de duelo comunitario en recuerdo del pasado judío, tanto reciente como antiguo, a través de los años del exilio.

En este día ocurrieron las destrucciones del Primer y Segundo Templo, la expulsión de los judíos de Inglaterra en 1290, y de Francia en 1306. En 1492, se firmaron los edictos de la inquisición en España. Y no nos olvidemos de la tragedia de nuestros tiempos. Hoy, vivimos en una era de oscuridad espiritual, una época en la que la aniquilación en masa de almas judías se está dando a nuestro alrededor.

Mis ojos derramaron ríos de lágrimas por la destrucción de mi pueblo. Mis ojos fluirán y no cesarán, sin alivio, hasta que Dios mire hacia abajo y preste atención desde el cielo… Recuerda, Señor, lo que nos pasó, contempla nuestra desgracia… Tráenos de nuevo hacia ti, Dios, y nosotros retornaremos, renueva nuestros días como los días de antaño (3:48, 49, 5:1).

 Las lágrimas que derramamos en Tishá B'Av, año tras año, son testimonio del fervor de nuestro anhelo y de nuestra esperanza. En el futuro, este día de duelo trascenderá todos los sufrimientos, y se convertirá en un día de indescriptible alegría. Tishá B'Av es el cumpleaños del Mesías que nos llevará de vuelta a la Jerusalem de antaño.

Que las lágrimas que derramemos este Tishá BeAv sean las últimas, y que nos regocijemos con el cumplimiento de la bendición: “¡Aquellos que hacen duelo por Jerusalem atestiguarán su alegría!”.