Me acomodé para mirar la película “Milagro”’ con los campistas de la academia Sportstar, en la que yo trabajaba durante los veranos, esperando ver una típica película de deportes.

Una escena de esta película, que cuenta la historia del equipo olímpico de hockey de 1980, llamó mi atención.

Herb Brooks fue el encargado de dirigir a este equipo. Él afronta la intimidante tarea de preparar jugadores de edad universitaria para jugar en contra de equipos profesionales y experimentados de otros países.

Durante las primeras prácticas con este equipo, Brooks le pide a los jugadores presentarse a sí mismos ante el resto del equipo. El diálogo siempre sigue el mismo patrón de la primera secuencia de introducción.

El entrenador se dirige al jugador y le dice: “¿Cuál es tu nombre?”.

“Mark Johnson”.

“¿De dónde eres Mark?”.

“Madison, Wisconsin”.

“¿Para quién juegas?”.

“Universidad de Wisconsin, entrenador”.

Cada jugador se presenta de la misma manera. Nombre, ciudad de origen, y en respuesta a la pregunta de para qué equipo juegan, responden con el nombre de la universidad.

Cinco meses antes de las Olimpiadas, el equipo juega un juego amistoso en contra de Noruega. El resultado final es 3-3 y el entrenador Brooks siente que su equipo no ha hecho su máximo esfuerzo.

A medida que el equipo sale de la pista de hielo, el entrenador Brooks los hace quedar en el hielo para patinar “suicidas” – patinar desde la línea de gol hasta ¼ de la pista y luego volver, después hasta ½ y luego volver, hasta ¾ y luego volver, la pista completa y luego volver. Esto continúa una y otra vez, quebrando sus esperanzas de que la siguiente sea la última secuencia.

El entrenamiento continúa hasta que el administrador del estadio apaga las luces y el entrenador médico da su advertencia. Pero el entrenador insiste: “¡Otra vez!”.

Pasan horas con el equipo siendo forzado a patinar ida y vuelta, otra y otra vez. Jugadores colapsan, tosiendo y escupiendo, pero el entrenador insiste: “¡Otra vez!”.

De pronto, una voz cerca de la línea de gol grita:

“¡Mike Eruzione!”.

El jugador está respirando dificultosamente y apenas reúne la fuerza para responder… “¡Winthop, Massachusetts!”.

El entrenador Brooks pregunta inmediatamente: “¿¡Para quién juegas!?”.

El jugador, y actual capitán del equipo, Mike Eruzione, se esfuerza y dice: “Yo juego para… ¡los Estados Unidos de Norteamérica!”.

El entrenador Brooks contesta suavemente: “Eso es todo caballeros”. Ellos pueden volver al vestuario.

Él logró hacer que se identifiquen como un equipo unificado y no como individuos viniendo de entornos y universidades diferentes.

Esto los pone en su camino para eventualmente batir a los imbatibles soviéticos en las semifinales olímpicas y finalmente ganar la medalla de oro.

Al mismo tiempo, esto nos transmite un mensaje fundamental a nosotros como judíos, especialmente durante esta época del año, a medida que nos acercamos a Tishá B'Av.

El pueblo judío fue perseguido por miles de años. Después de cada ronda de asesinato y tortura, todo lo que hemos querido es un momento de calma y saber que ha terminado. Pero luego, al igual que el técnico gritando “¡Otra vez!”, somos forzados a atravesar nuestra siguiente ronda de sufrimiento. Sobrevivimos, asumimos que ha terminado, y luego escuchamos el ineludible “¡Otra vez!”.

El nueve de Av es una fecha del calendario judío en la que reflexionamos sobre todos los sufrimientos de los últimos 2000 años. Intentamos corregir nuestras fallas y rezamos por la salvación. Hoy en día, esto incluye un momento de reflexión por nuestros hermanos y hermanas que son bombardeados en Sderot y en otras ciudades del Néguev, por gente que vive diariamente con la amenaza de ataques terroristas, por los soldados que arriesgan diariamente sus vidas por nosotros, y por los judíos alrededor del mundo que viven con miedo al antisemitismo y a lo que podría venir a continuación.

Mientras vivimos Tishá B'Av y reflexionamos sobre lo que hace falta para sacarnos de este ciclo de persecución llamado “exilio”, posiblemente deberíamos llevar la idea de Mike Eruzione al corazón.

Nuestros sabios del Talmud nos enseñan que estamos en exilio por el odio que existe entre los judíos. La única manera de corregir esa falla es repararnos a nosotros mismos en esa área.

Posiblemente la respuesta a nuestro largo y doloroso exilio es ver a los otros judíos como miembros de un mismo equipo y familia.

Posiblemente, cada vez que Dios nos pone en otro round de sufrimiento y proclama “¡Otra vez!”, está esperando que dejemos de identificarnos a nosotros mismos como judíos individuales viniendo de entornos y culturas diferentes. “Yo soy ortodoxo moderno”. “Yo soy reformista”. “Yo soy jasídico”. “Yo soy secular”. “Yo soy conservador”. “Yo soy yeshivish”.

Aquellas caracterizaciones polarizan a la nación y hacen que nos sea imposible funcionar juntos como equipo. Somos frenados por el mismo odio infundado que se mete cuando no somos una unidad.

Posiblemente Dios está esperando que todos proclamemos al unísono: “Soy judío”. Así de simple.

Todavía más importante, quizás Dios está esperando que dejemos de vernos como “Él es ortodoxo moderno”. “Él es reformista”. “Él es jasídico”. “Él es secular”. “Él es conservador”. “Él es yeshivish”.

Posiblemente la respuesta a nuestro largo y doloroso exilio sea alcanzar el punto en donde veamos a los otros judíos como miembros de un mismo equipo y familia. Judíos y nada más.