Pocas escenas son más dolorosas que ver a un niño siendo separado a tirones de su padre. Se vuelve aún más insoportable cuando eres cómplice del acto.

Como trabajadora social comunitaria, he tenido unos cuantos casos difíciles. Todas las partes feas de la vida y de la naturaleza humana, las partes que usualmente intentamos hacer desaparecer, me enfrentaron cara a cara día tras día. Pero el caso Cohen* fue particularmente desgarrador.

David y Naomi Cohen comenzaron su matrimonio con las cartas en contra. El primer matrimonio de Naomi había sido particularmente difícil, y sus dos hijos adolescentes se habían involucrado en el mundo del crimen, por el dinero y la emoción que no podían encontrar en otro lugar. David había soportado una infancia difícil y su psique estaba dañada. Pero ambos estaban decididos a construir una vida mejor para ellos.

Por un tiempo sus sueños parecían estar haciéndose realidad. Su matrimonio era feliz, tenían cinco hijos a los que adoraban, y la casa más o menos funcionaba. Luego el hijo mayor de Naomi fue encarcelado. Dificultades económicas hicieron de cada compra, de cada comida, una presión. Los niños estaban creciendo, y necesitaban más de sus padres – apoyo emocional que ellos no podían proveer.

Naomi nunca había sido emocionalmente estable, y ahora, su endeble estabilidad comenzó a flaquear. Ella se volvió cada vez más impredecible, propensa a arrebatos de furia, y a menudo, desaparecía por varios días seguidos sin pensar en el bienestar de sus hijos. David intentó ser comprensivo y apoyador, pero a medida que ella se deterioraba, él se encontró imposibilitado de seguir casado con la mujer en la que ella se había transformado. Se divorció de Naomi y se concentró en criar a sus hijos solo.

“Llévatelos. No puedo criarlos solo”.

Yo conocí a David poco después de que Naomi había dejado la casa para siempre. Le pregunté sobre los niños.

“Llévatelos”, me rogó. “Lo intenté, realmente lo hice, pero no puedo criarlos solo. Necesito trabajar, y no puedo estar en casa cuando ellos llegan. Rara vez tengo tiempo para cocinar o lavar la ropa. Ponlos en hogares adoptivos en donde tendrán una mejor vida”.

En todas las agencias en las que he trabajado, hemos creído firmemente en que en la gran mayoría de los casos no hay un mejor lugar para la educación de un niño que su propio hogar con uno, o ambos padres. Ningún extraño, por más devoto que sea, puede igualar el amor de un padre. Concedido, siempre hay circunstancias atenuantes y a veces un niño debe ser rescatado de las personas que deberían amarlo, pero si un padre solamente está abrumado, es mejor darle apoyo que quitarle a sus hijos.

Con esto en mente, me puse a trabajar intentando aliviar las presiones de David. Organicé que sus hijos fueran a programas después de la escuela, en donde recibirían un almuerzo caliente, ayuda con sus deberes escolares, y una ducha. Me aseguré de que su hija con dificultades de aprendizaje recibiera clases particulares. Le pedí a la organización local de caridad que lo ayudara con comestibles.

Durante algunas semanas, las cosas parecían andar bien. Luego los vecinos y los profesores comenzaron a llamar.

“Acabo de ver al niño Cohen de tres años en la calle nuevamente. Esta vez casi lo atropella un autobús”.

“Jana Cohen viene a la escuela sucia y mal cuidada. Hace tiempo que su ropa no ha sido lavada y las otras niñas se están quejando del olor”.

Invité a David a una reunión. Cuando le pregunté como iban las cosas, el suspiró pesadamente. “Los niños necesitan una madre”, me dijo con tristeza. “Aprecio tu ayuda, pero no es suficiente. Están las mañana, las noches, los fines de semana, al parecer no puedo estar encima de ellos todo el tiempo. Cinco niños menores de diez años – es demasiado. Hablo en serio cuando digo que quiero que te los lleves. Será mejor para ellos”.

Hablamos por un rato y llegamos a un doloroso compromiso. Yo intentaría recibir aprobación para la acogida de sus dos hijos más pequeños – niños de tres y cuatro años. Él entonces dedicaría su tiempo y energía a los tres niños mayores. Con menos niños, y menos trabajo, esperábamos que tuviera éxito. Tomó una cantidad sorprendentemente corta de tiempo conseguir aprobación para la acogida. De mala gana, llamé a Michelle, la trabajadora social de la agencia de acogida. Le conté de los niños Cohen y le detallé el tipo de familia que ellos necesitarían.

Michelle me llamó dos semanas después, emocionada y entusiasmada. Ella había encontrado a la familia perfecta. Meir y Anat Porter tenían todo lo que David y Naomi no tenían – un matrimonio seguro, hijos prósperos, excelentes ingresos, una casa hermosa. Sus cuatro hijos estaban creciendo y ellos querían compartir su buena fortuna con aquellos menos bendecidos. La pareja era bien educada y cariñosa, los niños Cohen tendrían todas las ventajas de la vida.

Sonaba bien, pero fue con el corazón pesado que levanté el teléfono para llamar a David. Él estaba feliz de escuchar acerca de la familia, pero parecía sorprendido cuando le dije que había arreglado que los niños conocieran a la familia adoptiva en un lugar neutral la semana siguiente. “¿Tan pronto?”, preguntó.

“Si esto es lo mejor para ellos, ¿para qué posponerlo?”, respondí. “¿A menos que estés con dudas?”. Una pausa, y luego David me aseguró que no era así.

La reunión inicial estuvo bien, y arreglamos para que los niños se mudaran con los Porter diez días después. La mañana de su mudanza yo fui a la casa de los Cohen a ayudarlos a empacar. Tristemente había muy pocas cosas que empacar. Su revoltijo de ropa ni siquiera llenaba una pequeña bolsa de compras. No había pijamas, cepillos de dientes, ningún juguete querido o animales de peluche. Los restos de su desayuno estaban aún sobre la mesa – una botella de refresco y una barra de chocolate. Me sentí reforzada en saber que esta mudanza le daría a los niños una oportunidad de florecer.

Nos encontramos con Michelle y luego conducimos hasta la casa de los Porter en un pequeño pueblo cercano a nuestra ciudad. Los niños para ese entonces estaban volviéndose cada vez más aterrados y sospechosos.

“¿Qué les dijiste?”, le pregunté a David.

“Nada”, admitió.

Mi corazón se hundió. Michelle les explicó delicadamente a los niños lo que estaba por ocurrir. Sus ojos se abrieron enormes, pero no dijeron nada.

En la casa de los Porter, David observó el brillante piso de mármol, los pericos, el piano de cola, el bien cuidado jardín. Él sonrió mientras miraba a Anat Porter arrodillarse y hablar con los niños, escuchaba mientras ella les decía cuan feliz estaba ella y su familia de que vinieran a vivir con ellos. Pero los niños no sonreían. Se aferraron a su padre. David los abrazó por un momento y luego se puso de pie.

“Es mejor que me vaya”, dijo incómodamente. Él intentó soltar a los niños de sus rodillas pero ellos se aferraron con más fuerza. El caminó hacia la puerta mientras ellos se aferraban a él como si sus vidas estuvieran en juego. Luego cruzó el jardín y se detuvo en la puerta del jardín.

“Niños”, dijo con voz quebrada, “debo irme ahora. Volveré a visitarlos. Estarán muy bien aquí”.

David les dio un último adiós con la mano, lanzó un beso más, se dio vuelta y se alejó. Él no miró hacia atrás.

Los niños comenzaron a gemir y continuaron aferrándose. Michelle y yo nos acercamos para ayudarlo. Él sacó a los niños de sus piernas, dándonos un niño a cada una. Luego se deslizó a través de la reja. Anat cerró la reja. Los niños estaban histéricos, gritando, agarrándose de los barrotes, intentando escalar la reja.

“¡Papi, Papi!”, gritaban. “¡No nos dejes!”. Michelle, Anat y yo teníamos lágrimas corriendo por nuestras mejillas. David les dio un último adiós con la mano, lanzó un beso más, se dio vuelta y se alejó. Él no miró hacia atrás. Entró a su auto y se alejó manejando. Y los niños continuaron gimiendo.

Pienso en estos niños ahora, mientras entramos al periodo de tres semanas de luto por el Templo, el Beit Hamikdash y todo lo que simbolizaba. Hubo una época en que morábamos al lado del Palacio de nuestro Padre. Una época en la que podíamos ver Su cara cuando lo deseábamos. Una época en la que teníamos un conducto directo por el cual brotaban tanto bendiciones físicas como conexión espiritual.

Pero no apreciamos todo lo que teníamos. Rechazamos a Dios, que estaba tan cerca. Pecamos a la sombra del edificio en el cual Su presencia residía. Dios envió cientos de profetas para advertirnos, para rogarnos que cambiáramos nuestro comportamiento. Pero hicimos oídos sordos a sus palabras. Finalmente, solamente quedó una forma de redimirnos. Dios destruyó el Beit Hamikdash y nos envió al exilio. Nuestro Padre tuvo que presenciar como éramos arrancados de todo lo que amábamos.

No estábamos yendo a un cálido hogar adoptivo; íbamos camino a un duro exilio en donde seríamos burlados y abusados, en donde seríamos torturados y asfixiados con gas. Mientras la terrible realidad finalmente se asentaba, y nos dábamos cuenta demasiado tarde de todo lo que perderíamos, nos dimos vuelta y lloramos por nuestro Padre, le imploramos que nos regresara. Pero Él tuvo que darnos vuelta la espalda, sabiendo que solamente en el exilio podríamos rectificar nuestros errores.

La última vez que hablé con Michelle, justo antes de dejar mi trabajo, ella me dijo que los niños Cohen estaban felices y asentados. Las llamadas a sus hermanos eran cada vez más infrecuentes y rara vez visitaban a su padre. Su definición de familia estaba cambiando. No tardaría mucho en que la casa de los Porter fuera lo que ellos llamarían hogar.

Casi 2,000 años han pasado desde el fatídico día en que nuestro Padre tuvo que enviarnos fuera. ¿Cuán a menudo le clamamos? ¿Cuándo fue la última vez que le rogamos que nos regresara? ¿Qué es lo que llamamos hogar?

*Nombres y detalles han sido cambiados