Ayunar siempre me pareció muy contraproducente. La mayoría de los ayunos judíos conmemoran catástrofes que le ocurrieron a nuestro pueblo hace mucho, mucho tiempo. Cuando ocurren tragedias debemos hacer duelo y asimilar la pérdida, además de corregir los errores que las generaron. Debemos hacer introspección y arrepentirnos de las faltas que hicieron que la tragedia ocurriera.

Sin embargo, ayunar pareciera ser algo sumamente contraproducente. Nos debilita y nos vuelve apáticos, incapacitándonos para realizar la profunda introspección sin la cual es imposible realizar una verdadera mejora. Si el objetivo del día es el arrepentimiento, ¿por qué no mantenemos nuestra productividad al máximo, consagrando el día para introspección y autoexploración? Deberíamos ponernos de pie y arrepentirnos, hacer algo sobre nuestros errores. Pero en cambio pasamos hambre y terminamos deseando más una siesta que la introspección.

Más aún, ¿acaso estar deprimido y sentirse triste por las calamidades pasadas es el camino del judaísmo? ¿No es el judaísmo una religión de acción positiva, de esforzarnos para corregir los errores en lugar de quedarnos sentados sufriendo por ellos?

Mi maestro, el rabino Iojanán Zweig, tuvo en una ocasión la difícil experiencia de visitar a una mujer que atravesaba la etapa final de una enfermedad terminal, quien presumiblemente se veía tan mal como su prognosis. ¿Qué le dices a una persona así? ¿Cómo puedes confortarla, animarla, hacer que se siente bien en una situación tan desesperante? Por más experiencia que haya tenido el rabino, entró a la habitación del hospital con la mayor de las incomodidades.

Sorprendentemente, la mujer no sólo estaba satisfecha y aceptando su destino, sino que estaba radiante. Rebozaba de alegría y felicidad por la vida en un nivel muy difícil de encontrar incluso entre las personas sanas.

Durante el curso de la visita, Rav Zweig reunió el coraje para preguntar lo que creía que debía preguntar: ¿Cómo lograba estar tan feliz y positiva en su condición? ¿Cómo superó la obvia tristeza de su situación para estar tan llena de vida y vitalidad?

Básicamente, ella respondió de la siguiente forma: “Ahora que no me queda nada en la vida, sé qué cosas son realmente importantes para mí. Antes de la enfermedad tuve una vida feliz: un buen marido, hijos maravillosos, una buena carrera, un buen nivel de vida. No me faltaba nada. Pero ahora realmente tengo una relación con mi marido y con mis hijos. Me convertí en una mejor persona, mucho más apreciativa de lo que soy y de lo que Dios me ha dado. Mi vida pasada era un hermoso sueño, pero podría haber seguido dormida durante toda la vida sin jamás descubrir quién soy realmente”.

Y luego, casi para su propia sorpresa, el rabino le hizo una pregunta aún más filosa: “¿Crees que valió la pena, que era mejor que Dios te diera esta enfermedad en lugar de que te dejara en tu vida previa?”.

Ella respondió, sin dudar: “Sí, la forma en la que le estoy devolviendo mi alma a mi Creador es mucho mejor ahora”.

Cuando ayunamos, atravesamos la misma experiencia de una manera mucho más benigna. Negarnos la comida y la bebida nos ayuda a quitarnos las capas exteriores y a reconocer qué cosas son realmente importantes para nosotros. Durante el resto del año es fácil engañarnos a nosotros mismos. ¿Para qué vivimos? ¿Acaso ese delicioso almuerzo es lo que le trae verdadera felicidad a mi vida?

Pero cuando vivimos sin esas comodidades, podemos hacer una introspección más profunda. ¿Qué es lo que realmente le da significado a mi vida? ¿Qué es realmente importante para mí? Cuando disfrutamos lo superficial podemos distraernos con ello; cuando tenemos que dejar lo superficial de lado, podemos ver más allá y reconocer qué es lo que realmente nos importa.

Al negar lo físico reconocemos que, en esencia, somos personas espirituales.

Entonces, el primer paso hacia el arrepentimiento es el ayuno. Minimizamos nuestros placeres físicos, las cosas que generalmente creemos que nos hacen disfrutar de la vida. En cierto sentido esto es hacer duelo por la pérdida, pero también nos ayuda a reordenar nuestras prioridades: a quitar lo secundario y a entender la esencia de la vida. Al negar lo físico reconocemos que, en esencia, somos personas espirituales. Las comodidades mundanas son sólo un medio hacia la felicidad, no el objetivo.

Después, cuando ya hemos absorbido este mensaje básico, podemos hacer el duro trabajo del arrepentimiento. Podemos analizar con cuidado nuestro comportamiento y encontrar lo que hicimos bien y lo que necesita ser mejorado. El primer paso es conocerse a uno mismo, observar más allá de las comodidades y las superficialidades en las que tan a menudo nos encontramos sumergidos y darnos cuenta de quiénes somos en realidad.