Mi hijo estaba alerta y vigilante desde el minuto en que el avión aterrizó en Israel. Durante todo el camino desde el aeropuerto yo podía ver cómo brillaban sus pequeños ojos de cuatro años mientras contemplaba la Tierra Santa por primera vez. Él era un pequeño hombre con una misión, ver el Beit HaMikdash, el Sagrado Templo judío, sobre el cual había escuchado tanto.

Él aprendió en la escuela el concepto judío de que cada mitzvá (buena acción) que un judío realiza agrega un “ladrillo” para reconstruir el Templo destruido. Y esperaba ansiosamente ver el Tercer Templo en proceso de reconstrucción, ladrillo tras ladrillo, mitzvá tras mitzvá. Pueden imaginarse cómo se cayó su cara y se rompió su corazón cuando llegamos al sitio del Kotel, el Muro de los Lamentos.

“Mami, ¿esto es todo?”.

“¿A qué te refieres con esto es todo?

“¿Dónde está el Beit HaMikdash? Lo único que veo es un muro Mami, ¿dónde están los ladrillos por los que he estado trabajando, dónde están todos los ladrillos extra?”.

“Vienen en camino cariño, algún día, si Dios quiere más temprano que tarde, van a venir”.

Pero mi respuesta no fue suficiente. Él se quedó ahí paralizado, tristemente insatisfecho, esperando de alguna forma que los ladrillos aparecieran milagrosamente. Cuando vio que esto no ocurría, comenzó a deambular por el lugar; era el único que lloraba en el Kotel durante los preciados momentos de nuestra corta visita ahí.

“Mami, ¿dónde están los ladrillos?”

Durante el resto de nuestros paseos alrededor del país la pregunta se quedó en su mente y él preguntaba en los lugares más aleatorios, “Mami, ¿dónde están los ladrillos?”, como si de alguna manera fuesen a aparecer flotando en la superficie del Mar Muerto o a materializarse en la cima de Masada.

Encontrando los ladrillos

Y entonces vino nuestra visita a Yad La-Shiryón en Latrún, el museo de tanques conocido por su diversa colección de tanques y vehículos blindados. Era un día caluroso y nos subimos a los tanques en exhibición, e hicimos lo que todos los turistas hacen ahí mientras esperábamos secretamente obtener un poco de sombra. Finalmente, mi esposo reunió a nuestros cinco hijos para ir a ver el largo muro con nombres grabados, dedicado a los soldados de las unidades de tanques de las FDI que cayeron defendiendo a la patria judía en diversas guerras.

Mi esposo le contó a los niños que la misma ubicación del museo y el memorial era una locación histórica. Fue el lugar donde Yeoshua Bin-Nun hizo que el sol y la luna se quedaran quietos durante la guerra de los israelitas contra los amoritas. Fue el lugar donde los macabeos finalmente ganaron la batalla en contra de Antiojus y vencieron a su ejército. Y en tiempos más recientes, fue el lugar donde la unidad blindada más conocida como la 7ma División, luchó para abrir los caminos y liberar a una sitiada Jerusalem durante la Guerra de la Independencia.

Mi esposo explicó cómo cada ladrillo en ese memorial era una representación de mesirut nefesh, 'auto sacrificio', de los soldados que habían muerto en las guerras de la patria judía para permitir que nos convirtamos en una nación unificada en nuestro propio país. Los ladrillos —grandes bloques de cemento conectados para crear el muro— representaban como estos soldados, a través de su increíble valentía, habían ayudado a fortalecer nuestra nación.

Mis hijos mayores estaban tan fascinados que apenas noté a mi hijo de cuatro años, cuyos ojos brillaban incluso más fuerte que en el camino desde el aeropuerto. Yo estaba escuchando tan atentamente a mi esposo que casi no advertí la pequeña voz a mi lado mientras mi hijo observaba cada bloque de cemento —cada uno de estos “ladrillos”—, escaneando los nombres de los soldados caídos.

“Mami, ¡estos son! ¡Encontramos los ladrillos! ¡Estos son los ladrillos para el Beit HaMikdash!”.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. De cierta forma, su alma había entendido algo sumamente profundo en este lugar en donde soldados a lo largo de la historia judía, desde la época del Tanaj hasta hoy en día, habían fallecido glorificando el nombre de Dios, defendiendo la patria judía y ayudándonos a avanzar hacia nuestro destino. Podía ver el resplandor en su rostro. Él había encontrado los ladrillos que demostraban que la promesa de redención de Dios estaba en camino.