El jueves pasado me informaron sobre la muerte de una mujer que yo no conocía. Era relativamente joven, sólo tenía 64 años. Dejó atrás a tres hijos y varios nietos.

Era un día húmedo y caluroso, la temperatura estaba por encima de los 30 grados. Manejé 115 kilómetros para oficiar en el funeral de una mujer que nunca conocí.

Al final le pedí al director de la funeraria —que era judío y quien también conducía el coche fúnebre— si tenía un cuchillo para la kriá (desgarrar las prendas). Me pasó el cuchillo, ayudé a los dolientes con la kriá y le devolví el cuchillo a su dueño.

Partimos rumbo al cementerio donde sería el entierro. Cuando llegamos llevamos el ataúd a la tumba y comenzamos la ceremonia. Los presentes se turnaron para echar tierra con palas hacia la fosa y todos nos ayudamos mutuamente en el entierro.

El día era muy caluroso y la mayoría de los hombres se quitaron las chaquetas. Sus frentes estaban llenas de transpiración y sus pantalones se ensuciaron con el caliente polvo que se arremolinaba alrededor. Los hijos de la difunta estaban desconsolados.

Todos estábamos cansados; agotados, tanto emocional como físicamente.

Todos sentimos el calor del sol y el dolor y la pena de los dolientes; fue una experiencia muy emotiva.

Concluyó el funeral y volvimos cada uno a su auto. Estaba agotado por los eventos del día.

Todo funeral está lleno de pena y dolor. Sin embargo, quizás por el calor y la edad relativamente joven de la difunta, estaba más cansado de lo normal.

De repente, miré hacia arriba y vi al director de la funeraria que estaba parado junto a la ventada de mi auto. Entonces me preguntó: “¿Me devolviste el cuchillo? Es el único que tengo y no lo encuentro”. Me sentí muy mal ante la posibilidad de no haberle devuelto el cuchillo y comencé a buscar en mis bolsillos. Le dije al hombre: “Lo siento, no lo encuentro. Te conseguiré otro”.

Unos diez minutos después, cuando ya todos habían vuelto a sus autos y estábamos a punto de salir del cementerio, me di cuenta que debía conseguir la dirección del director de la funeraria para enviarle un cuchillo nuevo. Me acerqué a su auto y dije: “Lamento mucho haber perdido tu cuchillo”. Me miró y dijo, en lo que me pareció una expresión completamente seria: “No te preocupes, ¡tengo una larga lista de quejas sobre ti!”.

Quedé sorprendido y desconcertado.

Acababa de conocer a este hombre hacía unas dos horas y nuestra interacción me había parecido limitada al préstamo del cuchillo. ¿Había dicho o hecho algo durante el funeral que lo había ofendido? Mi mente trabajaba a toda velocidad tratando de encontrar qué había hecho para ofender a este hombre que ahora tenía una larga lista de quejas sobre mí.

Lo miré y le dije con sinceridad: “Lo siento mucho, por favor dime qué hice para ofenderte”.

Su cara pasó ahora a una amplia sonrisa y dijo: “Oh, estoy bromeando. No hiciste nada para ofenderme y no te preocupes, encontré el cuchillo, tú me lo habías devuelto. Me gusta bromear con la gente. De paso, aquí está mi tarjeta”.

Sonreí con timidez, tomé su tarjeta y volví a mi auto. Cuando me senté, descubrí que estaba temblando.

Hay algo mal aquí, ¿qué es?”, me pregunté a mí mismo.

Acabábamos de enterrar a una mujer de 64 años, madre de tres hijos. No era momento para bromear.

Acabábamos de enterrar a una mujer de 64 años, madre de tres hijos. La temperatura exterior era de casi 40 grados. Todos estábamos cansados y teníamos la ropa y los zapatos llenos de tierra después de enterrar a una madre judía, ¡y este hombre me dice que le gusta hacerle bromas a la gente!

A mí también me gusta hacer bromas. Sin embargo, como enseña el Rey Salomón, “[Hay] un tiempo para llorar y un tiempo para reír, un tiempo para lamentar y un tiempo para bailar” (Eclesiastés 3:4). ¡Este no era un tiempo para reír!

Pensando en esto camino a casa, me di cuenta que dado que este hombre estaba siempre ocupado con la muerte y los entierros, se había desensibilizado y ya no le afectaba la tragedia de la muerte. Para él, era una parte normal de su vida.

La muerte se había convertido en una norma de su vida.

Mientras seguía manejando, pensé también que estamos en medio de las Tres Semanas, el tiempo de duelo nacional por el Beit HaMikdash, el Templo Sagrado de Jerusalem.

¿Cómo uno puede andar por ahí diciendo bromas en un tiempo como este? ¿Cómo puedo sonreír y reír cuando se supone que debo estar sumido en el duelo por la destrucción de ambos Templos? ¿Acaso no estoy mostrando exactamente el mismo comportamiento insensible y arrogante que me pareció tan inapropiado en el director de la funeraria? ¿Cómo puedo sonreír y bromear cuando en esta época del año miles y miles de judíos estaban siendo asesinados y, finalmente, el Beit HaMikdash fue destruido?

¿Acaso mis reacciones ante la muerte se han vuelto tan casuales y arrogantes como las del director de la funeraria?

Mientras más pensaba en esto, menos presumido me sentía sobre mí mismo y menos desdeñoso me sentía con el director de la funeraria. Comencé a sentirme cada vez más avergonzado de mí mismo por mi falta de sensibilidad en esta época del año.

¿Me he vuelto insensible porque viví toda mi vida sin un Beit HaMikdash? ¿Ha dejado mi corazón de ser sensible ante el dolor de la nación?

Mientras manejaba me fui sintiendo cada vez más triste, no tanto por la nación como por mí mismo. Me entristeció darme cuenta que la destrucción se había vuelto una rutina en mi vida, era algo normal, rutinario y, lo peor de todo, casi natural.

Cuando esa consciencia llegó a mi corazón, paré a un costado de la autopista y lloré.

No lloré por el Beit HaMikdash, ni tampoco por la destrucción de Jerusalem. Lloré por mí y por haberme dado cuenta de que yo también me había convertido en un director de funeraria.

Extraído del libro de Rav Eisenman: For Everything a Time (Para todo hay un tiempo).